Mayor precedencia protocolaria para el presidente autonómico

Hace ya bastante tiempo que vengo dando vueltas y reflexionando acerca de la idónea precedencia que debe de tener tanto el Presidente de la Comunidad Autónoma como el Alcalde, cuando se celebran actos de carácter general en el territorio de sus competencias. Es evidente que suscitará mi opinión polémica, posturas divergentes o apoyos, pero no busca nada de eso, sino comenzar a construir un debate profesional, lejos de la politización e intereses concretos, acerca de los cambios que más tarde o más temprano han de introducirse en el Real Decreto 2099/83 sobre el Ordenamiento General de Precedencias en el Estado. He intentado no dejarme influir para nada de la coyuntura actual, sino del balance de las tres décadas de vigencia de esta normativa (en agosto cumplió 30 años y su aniversario pasó sin pena y sin gloria, lo que demuestra el aprecio que le tenemos) y el desarrollo institucional y autonómico de nuestro país, siempre en el máximo respeto a la normativa vigente.
Aunque precisa de debate sosegado, contrastado, quiero al menos abrirlo desde esta página. Voy a la premisa principal que defiendo:  en los actos de carácter general que se celebren en el ámbito de una comunidad autónoma, si su vocación o contenido es claramente autonómico, el presidente de la Comunidad en mi modesta opinión debiera subir su puesto y colocarse inmediatamente detrás del Presidente del Gobierno si asistiera al evento, o si no tras los Reyes, Príncipes e Infantas, y si no acudiera ninguno de ellos el primero o tras el anfitrión. Casi de forma similar defiendo que en los actos de carácter general cuya vocación es claramente municipal, el Alcalde debería situarse inmediatamente después del Presidente de la Comunidad, sino estuvieran presentes los máximos representantes de los tres poderes del Estado y el Constitucional..
Para llevar a cabo esto es necesario que el Real Decreto redefina la clasificación de los actos, general y especial, matizando el factor antes aludido de “vinculación, vocación o competencia” autonómica o local. La Constitución reconoce para el Presidente de la Comunidad la representación ordinaria del Estado, tal y como dice el artículo 152, apartado 1: “(…) y un Presidente, elegido por la Asamblea, de entre sus miembros, y nombrado por el Rey, al que corresponde la dirección del Consejo de Gobierno, la suprema representación de la respectiva Comunidad y la ordinaria del Estado en aquélla (…)”.
En virtud a esto, y al notable peso político que las comunidades autónomas han tomado desde su creación hasta ahora, parece de sentido común, que en su ámbito territorial ocupen un puesto por encima al menos de los presidentes del Congreso, Senado, Poder Judicial y Constitucional. Resulta obvio que esta precedencia no sea de aplicación cuando sean actos convocados de carácter general por las instituciones centrales del estado en la Villa de Madrid, en su condición de capital del Estado.
Apelando a la lógica resulta extraño e incoherente que el Presidente autonómico se vea relegado al puesto 10 en su comunidad, por detrás de los presidentes de aquellos poderes. Si tiene la “suprema representación” no es coherente que sea dispuesto detrás del Presidente del Poder Judicial (salvo que el acto sea promovido por el Poder Judicial o esté dentro de sus posibles competencias).
En nuestra defensa, apelamos igualmente a la consideración social que tienen los presidentes del Congreso y Senado, que aunque sean legales representantes de los ciudadanos, tienen menor peso político. Y lo mismo podría decirse del resto de los poderes fuera de sus estrictas competencias. Claro que no puede admitirse como argumento la “sensación ciudadana”, salvo qué ésta sea a juicio de los expertos un fiel reflejo de la realidad. El vecino de a pie es consciente -sea de su corriente política o no- que quien realmente le representa es el presidente del Gobierno, el Presidente autonómico y el Alcalde. De lejos ve a los presidentes de los poderes y mucho más al presidente de la Asamblea Legislativa o del Delegado del Gobierno.
Soy consciente, de que esta reflexión que abro precisa de muchos matices, de mayor argumentación y más apoyo jurídico. Por ahora solo quería trasladar lo que noto en la calle y el Protocolo si quiere sobrevivir debe ser sensible a la realidad, sin menosprecio de la Constitución y el legal valor de la representación. Nadie quita valor a nadie, pero otra cuestión es cuál debe ser el ordenamiento adecuado en actos que se celebren en el territorio de una Comunidad. Insisto que es una primera reflexión, con la que se ha iniciado un amplio estudio al respecto en el Instituto Universitario de Protocolo de la Universidad Camilo José Cela, cuyos resultados esperemos conocer pronto.
En otro momento, justificaremos con mayor abundamiento la defensa de la mejora del puesto para el Alcalde del municipio.

¿Qué esconden los pocos que se oponen a la existencia del Grado en Protocolo y Organización de Eventos?

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Observo que algunas personas que se dicen miembros activos (¿?) del sector de Protocolo, incluso con responsabilidad en algunas asociaciones profesionales, siguen empeñados en intentar denostar la carrera de Protocolo y Organización de Eventos. ¿Por qué? En las conclusiones de la casi totalidad de los congresos, jornadas, simposios, encuentros internacionales, nacionales, europeos, etc, la reivindicación de la oficialidad de los estudios siempre ha estado presente. El sector lo ha venido demandando continuamente y la realidad demuestra que hay espacio suficiente para estos nuevos estudios, que sí habilitan claramente para la organización de eventos. Si alguien tiene dudas le bastaría con chequear los programas Periodismo y Publicidad y Relaciones Públicas y opinar si se habilita desde ellos para esta profesión nuestra.

Es más amenazan con el fracaso y quieren incluso apuntar nombres de responsables en caso de que eso ocurriera. Es lamentable que uno de los éxitos más preciados que ha tenido la profesión, reivindicada desde la Organización Internacional de Ceremonial y Protocolo y todas las asociaciones españolas, se alcen voces de algunos ejecutivos tirando dardos envenenados contra una profesión que por la vía de sus estudios ha sido reconocida por el Consejo de Ministros. Olvidan estos denostadores que en Europa existe esta carrera desde hace décadas y que las salidas profesionales son claras y evidentes. Olvidan que nada menos que el 7 por ciento del producto interior bruto español se mueve en torno a este mundo.

 

Se dice que los relacionistas y periodistas pueden cubrir esta franja profesional, pero en los planes de estudio de ambas carreras en España apenas hay más de una asignatura (quien la tiene) que tenga que ver con el Protocolo y la organización. Tengo muy claro qué deben hacer los relacionistas, que tienen campo sobrado, y los periodistas. Pero también no me cabe la menor duda de que los de Protocolo y Organización de Eventos tenemos el nuestro.

 

Vuelvo a hacerme la pregunta: ¿qué intereses guardan quienes día sí, y día también no hacen más que intentar desprestigiar los estudios de la UCJC (y ahora los de la UMH) de Protocolo? Sospecho cuáles son esos intereses, pero deben tener el pudor de decirlos. Los estudios de Protocolo existen en España desde hace mucho tiempo, y la primera Escuela que los puso en marcha tuve el honor dirigirla. Ofreciamos entonces estudios propios de diferentes universidades, porque no había otra opción, y muchas siguen ofreciéndolos, porque hay lugar para todos y nada sobra. Muchos de esos estudios eran de tres años. Ahora se han convertido en estudios oficiales, ¿qué hay de malo en ello? Antes criticaban que eran títulos sin valor, ahora pretenden quitarles el valor que reclamaban.

 

Jugar a la confusión es fácil, pero hay que ser más leal a la profesión, a los profesionales. No critican los másteres porque consideran que es la mejor vía para se formen los interesados en Protocolo, pero en cuanto una universidad consigue que el Máster se oficialice también se critica, y se dice que da igual, que sea oficial o no. Miren, perdónenme, la oficialización de unos estudios, la gran demanda de esta profesión, significa mucho más allá que las tonterías que se dicen. Entre otras cosas porque un técnico de protocolo, con su Grado, tiene la misma cualificación que un licenciado o graduado en otras disciplinas del ámbito de la comunicación. Solo por eso ya merece la pena. Además, si toda la carrera se centra en enseñar a organizar eventos y conocer el protocolo de hoy, con la transversalidad de disciplinas que debe tocar, es muy positivo para todos.

 

Por eso digo, que solo personas que juegan a otros intereses pueden oponerse, y sobre todo cuando están erre que erre… ¿Qué buscan con ello?

 

Por cierto, ¿cuántas cabezas habría que cortar a quienes convirtieron en oficial la carrera de Relaciones Públicas y hoy apenas tiene salidas? Insisto, ¿por qué ese afán en desprestigiar este importante avance. Que lo pueda decir alguien que no conoce nuestro oficio puedo entenderlo, pero ilustres doctores que hacen gala de la necesidad del buen protocolo, de su investigación, de la adaptación de las normas, de establecer una ética profesional, de que se nos trate como personas cualificadas, es incomprensible. Y como tal solo hacen que desacreditarse.

 

Por qué además critican unos estudios de Grado y postgrado oficiales que están sometidos a la auditoria permanente del Ministerio, a criterios docentes e investigadores, etc., y no se critica al resto de las opciones formativas, que tienen menos controles públicos. Está claro por dónde van los tiros. Son muy, muy, poquitos los que critican, pero somos miles los que decimos que lo mejor que le ha pasado a la Profesión de Protocolo es que hayan sido reconocidos sus estudios. Y los periodistas a lo suyo, y los relacionistas a lo suyo. Quienes nos dedicamos a Protocolo y Organización de Eventos tenemos bastante con lo nuestro. Y muy orgullosos y muy seguros de que se va en el camino correcto. El código ético de la profesión, aprobado por un buen número de asociaciones nacionales, considera grave falta esta forma de denostar. ¿No se van a tomar  medidas? Quizá es a los responsables de que se cumpla ese código a quien habría que pedirles responsabilidades desde ya.

La etiqueta oficial y social del siglo XXI está por llegar

Al pasar por el kiosco para comprar mi periódico diario, los ojos se me fueron enseguida al titular de una revista muy conocida que en grandes caracteres titulaba: “¿Qué es Cool hoy? EL NUEVO PROTOCOLO. Tocados, pelo suelto, colores pastel, brazaletes, algo dorado…y un toque barroco”. Aunque el tema está centrado en el nuevo look que las novias buscan ahora para “The Big Day” (“Es época de cambios; las novias buscan otras fuentes de inspiración y reinventan su estilo”, cita textual del antetítulo del reportaje en páginas anteriores, que precede en grande a “El nuevo protocolo”).

No voy a hablar del cool de las novias, que en su derecho están de sentirse más modernas con su toque personal -por cierto, parece ser que el tocado logra más fácilmente ese propósito que el velo o el peinado a secas-. En el día de su fiesta y compromiso, que lo celebren a su manera y como mejor lo deseen. Nada que decir.

 

Sin embargo, a propósito de lo visto en esta Revista, resurge la necesidad de seguir reflexionando sobre los aspectos de la etiqueta que rodean al mundo del protocolo, ceremonial y los eventos en general. No comparto para nada que a la etiqueta se le llame protocolo, aunque es cierto que ambos comparten espacios y eventos, por lo que no hay que demonizar para nada la etiqueta, ni para actos oficiales, ni empresariales ni sociales. Es un tema del que hay que hablar y reflexionar, porque efectivamente estamos en un mundo sometido a cambios permanentes y la etiqueta no se queda al margen.

 

En muchas ocasiones la etiqueta se utiliza como un factor de distinción, ya sea personal o social.  Cada persona, en su concurrencia pública, allá donde vaya, busca una etiqueta que considere acorde con su propio estilo, o le resulte cómoda o adecuada para su actividad. Esa etiqueta personalizada, esa que cada mañana decidimos tras la dicha despertadora, es cuestión de cada persona y tampoco queremos entrar en ello. Pero en cambio, sí quisiéramos hacer una reflexión general sobre la etiqueta que afecta al mundo de los eventos.

 

Hemos defendido en numerosas ocasiones que indicar en una invitación la etiqueta alivia a muchos invitados a la hora de encontrar la ropa adecuada, la que no desentonaría, a la que cada uno luego puede darle su toque de distinción personal acorde a su identidad o imagen. Sin embargo, creo que en muchas ocasiones se fuerzan mucho etiquetas para eventos donde no sería necesario ser tan rigurosos. Incluso llegan a despersonalizarlo y a perder su propia identidad y objetivo. Parece que un acto sino se pide el traje oscuro para caballeros y el corto o de cóctel o largo para señoras no tiene el empaque que el anfitrión le quiere dar. Algo para nosotros absurdo. Y qué se puede decir cuando se piden etiquetas a las que muchos deben de recurrir a tiendas de alquiler para salir del paso, como el esmoquin, el chaqué o el frac.

 

Insistimos en no demonizar etiqueta alguna, sino solo reflexionar. Por ejemplo, se nos ha hecho muy extraño que en la tradicional cita veraniega en el Palacio de Marivent, en Palma de Mallorca,  el pasado 14 de agosto, del Rey -que pasa allí sus vacaciones- con el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ambos concurrieran con corbata. No digo que sea incorrecto o adecuado, ni mucho menos,  sino que se hace raro que mientras la España estival, entre olas de calor,  hicieran su reunión de trabajo con traje y corbata, como si fiera pleno invierno en La Zarzuela. Soy consciente que con estos atuendos se pretende transmitir una imagen de trabajo, ya que de aparecer en mangas de camisa o sin corbata pudieran entenderse que ambos se han juntado para pasar un día de playa. Pero la gente que ve la imagen no es tan tonta.

 

Personalmente, creo que políticos, empresarios y otras personalidades que dan por hecho que allá donde vayan oficialmente han de hacerlo en corbata, caso de hombres, o su correspondiente en las mujeres, es algo que debiera de irse asumiendo en su no obligatoriedad. Hemos estado unos días de vacaciones en un lugar costero conocido del sur de España, y encontrarnos con algún ministro, conocido empresario o alto directivo, caminando por el paseo marítimo o cenando en una terraza con su pantaloncito corto, sus chanclas y su polo (a cual más divertido). Incluso, ante algún conocido decirle “casi no te reconozco con esta ropa”, a lo que nos respondió: “Lo importante de las vacaciones es olvidarte del traje y la corbata”. La respuesta tiene sentido, pero inmediatamente uno se dice: pero si es la misma persona e incluso va más jovial y elegante.

 

Aunque es evidente que en el ámbito institucional y de los negocios no puede uno vestir igual que si estuvieran en la playa, pienso que en el caso masculino nos hemos aferrado excesivamente a la corbata como una prenda obligatoria de la que no se puede prescindir porque  pues vas a considerar que te mirarán raro en ese entorno. No compartimos para nada la obligatoriedad que nos imponemos para utilizar estas prendas clásicas, salvo en los claros casos que lo justifica. Para mí Mariano Rajoy es el mismo que acude a ver al Rey en corbata o que al día siguiente asiste a un mitin sin ella o sencillamente en mangas de camisa (y decimos Rajoy como podríamos decir cualquier político).

 

Es evidente que estamos en un mundo en cambios y que la crisis ha acelerado drásticamente muchas cosas. Los políticos se azaran enseguida en anunciar sus recortes en gastos de protocolo, pero siguen mostrándose distantes con gran parte de la sociedad que les ve en el “club de los corbata”, esos que tienen trabajo, ingresos suficientes, que parecen más poderosos, que se sitúan por encima de los demás. No debe renunciarse insisto a la etiqueta cuando el guión lo exige, pero se abusa mucho de determinadas prendas de las que se podrían desprender en numerosas ocasiones. Parece incluso que la corbata va con el capitalismo, porque en otros países que dicen ser contrarios a él, se han deshecho sus políticos y empresarios de esta prenda, a la que solo recurren -y no todos- cuando conviene en las relaciones internacionales o en los negocios. Y con la crisis hoy los políticos y empresarios deberían pensar en cambiar la estrategia de su vestimenta.

 

Es probable que a muchos se les haga duro pensar que debemos dar pasos hacia una etiqueta nueva, propia del siglo XXI. Creemos que en las comidas o cenas oficiales o similares no oficiales el frac, el chaqué o el esmoquin está ya fuera de lugar en estos momentos. Creemos que la corbata como uniforme permanente de trabajo -en cualquier lugar- no siempre está justificado. Nos alegra ver a personalidades y hombres de negocios con atuendos alternativos, elegantes y apropiados, pero lejos de esa uniformidad que ya es del siglo XX. Vemos una frivolidad que en muchas bodas testigos e invitados tengan que llevar el chaqué y todos los invitados pasarse antes por la boutique de marca para dejarse como mínimo sus trescientos euritos, que unido al regalito sube un pico. Y además, es absurdo. Lástima que incluso en las más jovencitas se haya introducido ese afán de que a las fiestas haya que ir vestidas “de protocolo” o de “glamour”.

 

Esta sociedad sufre permanentes vaivenes en cuestiones de moda y etiqueta. Cuando lo” cool” se pone de moda lo clásico pierde valor. Cuando quieres distinguirte un poco más juegas entre el “cool” y el “retro” o lo clásico. El asunto es marear la perdiz. Sin embargo, en el ámbito de los eventos, de todo tipo, la etiqueta del siglo XXI no termina de encontrar su hueco. En el caso de los hombres la corbata deja de tener valor porque es lo habitual, y aunque las mujeres tienen mayores vías de escape algo parecido está ocurriendo. Por eso el caso de ellas las marcas encuentran su agosto ofreciendo nuevos estilos para ser más “cool” sin renunciar a ciertas cosas clásicas, mientras nuestros políticos y empresarios siguen ahogándose en su corbata o en su chaqueta falta/pantalón. Estamos convencidos de que la etiqueta de este siglo está por llegar, y confío que los inventores de la moda no frivolicen y sepan capaces de sacarnos de un atuendo que estimamos ya antiguo.

 

Somos conscientes de que reflexiones de este tipo tendrán sus defensores y detractores. Nos hemos limitado a trasladar nuestras impresiones y algunos razonamientos, porque es un tema al que hay que empezar ya a coger los toros por los cuernos. Y que los fabricantes de corbatas no se enfaden, pero que potencien alternativas dignas de nuestro tiempo (que ya hay muchas, aunque en este mundo al que nos referimos no ha calado aún). Pero como todo, al tiempo.

Las arras en las bodas o la señal para el contrato

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La cuestión la lanzó, a propósito del lenguaje que se utiliza en las ceremonias Regina Mª Pérez Marcos, Profesora Titular de la Facultad de Derecho de la UNED, en el transcurso de un curso de verano organizada por esta Universidad a distancia española en Ávila. Definía la profesora las arras, tal y como dice en su primera acepción la RAE, “cosa que se da como prenda o señal en algún contrato o concierto”.  En su segunda las define como “conjunto de trece monedas que, al celebrarse el matrimonio religioso, sirven como símbolo de entrega, pasando de las manos del desposado a las de la desposada y viceversa”, Y en su tercera definición “Entrega de una parte o depósito de una cantidad con la que se garantiza el cumplimiento de una obligación”. En conclusión, la profesora universitaria recomendó a quienes se quisieran casar que no utilizasen las mismas porque con ello se daba a entender que se estaba comprando a la novia mediante el depósito de una cantidad a cuenta.

Sin quitarle razón alguna a Regina Pérez, a uno inmediatamente se le viene a la cabeza cosas que se han incorporado a la tradición singular de determinadas ceremonias pero que ya poco tienen que ver con su sentido original. Es cierto, que ya desde la antigüedad y hasta no hace mucho, los matrimonios se concertaban entre padres. El padre del novio ponía el dinero y el padre de la novia la dote, definido igualmente por la RAE como “Conjunto de bienes y derechos aportados por la mujer al matrimonio, que tiene como finalidad atender al levantamiento de las cargas comunes y que le deberá ser devuelto una vez disuelto aquel”.

 

Entre arras y dotes los padres llegaban al acuerdo con independencia de lo que pensaran los hijos. Eso que originariamente respondía a un contrato social, con los siglos se ha incorporado a las bodas religiosas -no tiene razón de ser en las civiles, aunque ahora como todo se copia quién sabe, de hecho muchos organizadores de bodas civiles las incluyen en el Protocolo-. En el momento más ceremonioso de la boda religiosa, en el que la pareja se compromete de por vida, se intercambian los anillos y las arras con el simbolismo que antes recogíamos.

 

Según algunos expertos, “la tradición viene de muy antiguo y tiene su origen en Oriente. Posteriormente fue recogida por el derecho romano y establecida en España a través del derecho Germánico-Visigótico y el apoyo de la iglesia. Una tradición que, antiguamente, tenía connotaciones relacionadas con la entrega de la dote o con un premio que se pagaba por la virginidad de la esposa. Hoy en día, su significado está alejado de esta arcaica concepción del matrimonio y son un símbolo de la unión y el deseo de compartir los bienes en el matrimonio”.

 

Otros expertos afirman que “antiguamente era solo el novio quien las ofrecía, representando que le permitía a su esposa compartir sus riquezas. Tenía también la función de actuar como señal o compensación en caso de incumplimiento. En época medieval se refrendaba la entrega simbólica del patrimonio con un documento por escrito dónde se detallaban las propiedades entregadas y que se llama Carta de Arras. Las arras son de oro o plata, pero todas del mismo metal, para acentuar el simbolismo de las riquezas de los bienes presentes y futuros. Al estar hechas de un metal precioso se une el valor sentimental al real y son un objeto que se transmite al primer hijo que se case, y así sucesivamente. El número trece en este caso representa la buena suerte. En este punto se contemplan distintas explicaciones: desde la representación de Jesús y sus Apóstoles, las riquezas de los doce meses del año más uno que se entrega a los pobres o el recuerdo de las monedas pagadas a Judas”.

 

Otros expertos abundan al respecto: “Además de simbolizar los bienes a compartir, hay muchas otras teorías acerca de su significado, como que el novio las entrega como “premio” a la virginidad de su futura esposa. Suelen ser 12 de oro y una de plata o platino. Últimamente se acostumbra a que en lugar de comprarlas los propios novios sea la madrina quien las regale o bien que se hereden de padres a hijos para que su valor sentimental aumente mucho más, lo que le daría mayor significado a su entrega. Suelen guardarse en una bolsa o bandeja”. Otros especialistas hablan de una mezcla de oro, plata y bronce. En esto hay teorías para todos los gustos.

 

Esta última afirmación viene a poner de manifiesto la evolución de lo que era. De una señal de compra o contrato, a un testimonio visual de la igualdad de la pareja, donde ambas partes se comprometen a compartir todos sus bienes, “en las alegrías y las tristezas” como dice el ceremonial eclesiástico.  Algo que luego resulta chocante cuando días antes ante notario han hecho la correspondiente separación de bienes como cada vez más se hace, ante el temor de un posible divorcio.

 

Nada tengo contra estas tradiciones, porque no son obligatorias de cumplir y quien quiera cumplirlo está en su derecho y quien no también. Pero sería saludable que todos supiéramos lo que significan las cosas, en este caso determinadas tradiciones que han dejado de tener el valor original y se han incorporado a la pomposidad de la ceremonia a veces sin saber su auténtico simbolismo.  Insisto que no voy a afirmar estar en contra de todas estas tradiciones, pero me hace reflexionar que muchas de ellas aún esconden determinados “servilismos” o “dependencias” que una sociedad moderna debería dejar de lado.

 

Aún me sigo preguntando muchas veces por qué hay que inclinar la cabeza o la rodilla ante un miembro de una Familia Real. Pero, por otra parte, cómo voy a plantearme cosa tan trivial como ésta si la Semana Santa tiene un significado  de recogimiento muy profundo en la creencia católica, y para la sociedad actual no es más que una magnífica oportunidad para tomarse unos días de vacaciones. Por eso, que cada cual actúe, pero insisto que sepa lo que significan determinados elementos ceremoniosos y desdeluego que no se pontifique, que para ser más papista que el Papa solo basta con observar el gran precepto para una novia en el día de su boda:

 

“Ponerse algo viejo, nuevo, prestado y de color azul”.

 

Todo es simbólico. Lo viejo significa la conexión de la novia con su pasado familiar, por ello se le suele dejar una joya e incluso un vestido de novia perteneciente algún familiar. Lo nuevo simboliza sus esperanzas de iniciar una nueva vida prospera y feliz. Lo prestado simboliza la amistad, suele ser entregado a la novia por otra mujer que lo llevo anteriormente en su boda. Lo de color azul simboliza la fidelidad de la pareja. En a antigüedad las novias vestían de azul, hasta que la Reina Victoria estableciese el color blanco como propio de las novias.

El desembarco del Protocolo en el Periodismo

El sector periodístico “serio” debiera plantearse muy seriamente la importancia que tiene el Protocolo en la labor diaria que realizan cuando sus representantes hacen la cobertura de determinados eventos y escriben la crónica correspondiente. Por una parte, se cometen demasiadas ligerezas en los comentarios e interpretaciones sobre determinados asuntos que para nada se ajustan a la verdad. Si uno de los propósitos del profesional de la comunicación es informar verazmente de lo que ha visto, e interpretarlo lo más adecuadamente posible, no puede dejar a su intuición o a su “sentido común perceptivo”  determinados elementos que están presentes en el hecho noticiable y que provienen del ámbito del Protocolo. Hay demasiadas cosas, con mucho significado, que pasan desapercibidas para la opinión pública sencillamente porque el periodista no dispone de formación ni de información sobre cuestiones derivadas con otras disciplinas como la que es objeto de este comentario.

El cómo se dispone una ordenación de autoridades, el orden de las intervenciones, la colocación de las banderas, manera de producirse los recibimientos, la escenografía, etc., aportan una extraordinaria información añadida que para quienes conocemos el mundo del Protocolo nos permite profundizar aún más sobre el alcance de que todo el mundo puede ver pero no todos saben comprender o interpretar. Es ya exigible, dado que el Protocolo es algo que está presente en la totalidad de los eventos que cubren los medios de comunicación, que los redactores o locutores tengan unos mínimos conocimientos para ayudar al lector, al oyente o televidente a conocer el entorno y la globalidad del alcance de la noticia y de la información que de ella pueda desprenderse.

Creo que es absolutamente imprescindible que los planes de estudios de todas las carreras vinculadas a las Ciencias de la Comunicación -desdeluego, periodismo o cualquiera de las especialidades de Comunicación- incluyan una buena dosis de créditos de estudios relacionados con el Protocolo y la Organización de Eventos.

Protocolo y Organización de Eventos, bien que le pueda pesar a algunos, es una Ciencia dentro de la Comunicación -así reconocida por el Gobierno español y otros extranjeros- y debe servir, además de la función en sñí mismo que tiene, para contribuir a una mejor Comunicación global. Así como para hacer Protocolo es absolutamemte necesario tener una buena base de lo que representa la Comunicación y sus necesidades, las demás carreras han de prever lo mismo. Es notorio cómo al público se le usurpan muchos detalles, muy significativos, porque el periodista no repara en ellos o sencillamente no sabe valorarlos.

Aunque a veces hagan referencias a temas de Protocolo no llegan a averiguar su significado, limitándose a contar las cosas como si fueran una mera descripción de lo que ven sus ojos. Lo observamos a diario este problema, y a la inauguración de los Juegos de Verano de Londres me voy a remitir -por citar una gran evento internacional- para que se observe la pérdida de eficacia comunicativa que no se explique bien el alcance del ceremonial olímpico. Es una pena, porque detrás a veces hay más información de lo que aparentemente se ve.

No voy a ser tan atrevido de solicitar que en eventos complejos aparezca la figura del asesor de protocolo, que, así todo, debería de estar cuando realmente es necesario. Pienso que bastaría en principio con una adecuada formación de los periodistas a quienes, además, se les debería dotar de materiales a los que puedan recurrir para realizar las consultas pertinentes. Es obvio, que habrá situaciones donde sería conveniente la presencia de los expertos, pero en el día a día es el periodista quien debe de “saber leer más allá”.

En consecuencia, estimo que quienes estamos en el lado de la Organización, a través de nuestros representantes legales, que son las asociaciones, deberíamos propiciar acuerdos de colaboración que vayan encaminados en esta línea. Es obligado que las asociaciones de protocolo y de periodistas, la Academia de televisión, etc., lleguen a acuerdos encaminados a esta seria necesidad. Con ello se lograría, además, acabar con la frivolización del Protocolo, expresión que para muchos periodistas solo es cosa de reyes, corbatas y tacones, por citar tres tópicos. Creo que las asociaciones deberían tomar muy en serio propuestas de este tipo en beneficio de todos. También se puede decir que hacer Protocolo hoy de espaldas a la Comunicación y sin conocer sus exigencias actuales es suicidarse profesionalmente. Al margen de lo que hagan las asociaciones, al menos uno está ya en esa batalla.

Llega la hora del compromiso de los profesionales de Protocolo y Eventos

Llevo ya un tiempo sin escribir en este blog. No ha sido por falta de ganas, sino por falta de tiempo para sentarte unos instantes y  meditar sobre cosas que nos interesan. Y a lo largo de este período he ido anotando  cuestiones que merecían espacio, unas de actualidad, otras de profesión, de estudios, de oportunidad… Sin embargo, el siempre complicado final de cada curso, me ha impedido abrir este blog y escribir, algo que me apasiona. De eso algún día os hablaré, de cómo me inicié en este mundo, desde que con apenas unos añitos sorprendiera a mis padres, a la vuelta de la Vigilia Pascual de la noche de Sábado Santo, se encontraran una “mini fiesta” en casa en base chocolate y galletas.
Pero como digo, eso será otro día en el que uno tenga una carácter más intimista y sea capaz de abrir su alma para contar un testimonio más de cómo se puede cuando se emplea uno a fondo llegar a alcanzar tus objetivos.
Sin embargo, mi reflexión de este primer domingo de junio, quisiera dirigirla a los importantes acontecimientos que en estas jornadas pasadas hemos vivido. Se ha celebrado el primer foro nacional de Queremosorganizareventos, un éxito sin precedentes en la profesión, donde no sólo se ha conseguido reunir a un buen número de expertos en tiempos económicamente difíciles, sino donde se ha posibilitado algo que normalmente en los congresos no se alcanza: que cada asistente sea un ponente, porque todo el mundo tiene algo que decir sobre los temas que se ponen en la mesa. Se ha generado ilusión, amistades, contactos, ofertas, sinergias, equipos. Gente con más y menos experiencia hemos compartido por igual la esperanza de nuestros objetivos. No ha habido “poltronas” para sabios, sino sillas para todos los que con sus palabras piensan que pueden aportar. El Foro ha marcado un antes y un después en la profesión, porque ha integrado a generaciones emergentes que cada vez toman más la batuta.
Me ha resultado muy chocante ser receptor de algún comentario de profesionales que recelan de este movimiento. Estamos en un país, ya se sabe, que cualquier iniciativa siempre cuenta con la crítica de alguien. En vez de sumarse para mejorar, se despotrica, y normalmente sin razón. ¿Es posible cuestionar que un millar de personas se reúnan en torno a una red social y hablen de lo suyo, y que en un momento dado sus caras dejen de ser una foto y se encuentren físicamente? ¿Se puede tener recelos de que la gente trate de organizarse para mover la profesión y sacarla del atasco actual? No tengo el dato exacto, pero QOE ha generado más de trescientos impactos directos positivos en medios de comunicación influyentes en apenas un mes. ¿Quién se beneficia de ello? Que nadie recele de que QOE es alternativa a nada, salvo al pesimismo y al derrotismo, y desde luego un acicate que estará dando fuerte para que las asociaciones cumplan con su cometido. Queremosorganizareventos, donde conviven gente de protocolo, de eventos, marketing, comunicación,  es un gran lobby positivista que pone todas sus herramientas al servicio de este sector que está esperando de nosotros un importante cambio conceptual y pragmático, al tiempo que reclama un nuevo marco en el que se mueva el protocolo. Recelar no tiene sentido alguno.
Sin embargo, uno sí recela de quien recela, y perdonen el juego de palabras. Llevo 32 años en esta profesión, y desde siempre he venido oyendo la reiterada petición de que nuestra profesión debe ser oficializada. Bueno, ese momento ya ha llegado y ahora que está aquí, muchos expertos se sienten amenazados por esas nuevas generaciones que accederán a la profesión por donde debe ser, a través de los estudios oficiales. ¿Amenazados? Como en todas las profesiones, nos vamos a encontrar con el típico y ya denostado comentario: donde realmente se aprende es en la calle. No lo dudo. Pero yo aprendí más rápido en la calle cuando al lado tenía personas que me enseñaban, y no sólo las técnicas, sino el por qué de las mismas. Hemos conseguido oficializar la profesión, y ahora a los profesionales nos queda el compromiso de ser consecuentes y ayudar. Nadie va a perder el puesto por esto, y en cambio tiene mucho que ganar, especialmente en el respeto y la autoridad en nuestra competencia, cuando lo que hacemos ha sido dignamente reconocido por el Estado.
Es evidente que hay un antes y un después, en el que debe respetarse el deseo de las nuevas generaciones por encontrar su oportunidad y que al mismo tiempo no se cuestione a quienes se han ganado su reconocimiento por el esfuerzo y el trabajo durante años. Pero lo mismo que los maestros, tras tres años de estudios en Magisterio y de llevar en muchos casos años impartiendo clases, han tenido que hacer un curso de adaptación para acceder al Grado y no quedarse atrás, los profesionales deberían plantearse cómo van a acometer su reciclaje y su reconocimiento personal. No basta con pedir los estudios oficiales y luego cuestionarlos cuando vemos que ello implica un esfuerzo personal añadido.
Desde la Asociación Española de Protocolo y las universidades, entre ellas la Camilo José Cela, está haciendo un esfuerzo ímprobo para que los profesionales puedan “regularizar” su situación al respecto, sin que ello suponga una inaccesible carga ni de trabajo ni económica. Ya hay un buen número de profesionales que han dado el paso, otros tendrán que darlo y, es cierto, que para otros -los menos- no será necesario, pero éstos últimos deben volcarse en ayudar a consolidar el reconocimiento obtenido. Solo con compromisos así pienso que de verdad se es consecuente con la histórica demanda.
Desde la aprobación oficial del Grado, parece que todas las puertas oficiales y empresariales se han abierto de par en par. Desde el ofrecimiento del Gobierno a poner sobre la mesa la normativa oficial de Protocolo para su actualización, la revisión del Derecho Premial, la redefinición del término protocolo en la Real Academia Española, la aprobación de un Máster Oficial en Protocolo y Eventos, en todas sus modalidades (lo que permite que llegue a todo el mundo y que el factor ciudad ya no sea excusa), la posibilidad de doctorarse para hacer frente a la creciente demanda de profesores que en numerosas carreras, diferentes a la nuestra, han incorporado el Protocolo y los Eventos, los próximos acuerdos con la CEOE, son algunos ejemplos de este importante cambio. El día 22 de junio salen a la calle los primeros graduados de quienes habiendo superado en su momento un Título Propio Universitario han hecho el curso de adaptación. Más del cincuenta por ciento de los mismos trabajan ya, por cierto, y han sido consecuentes con su reivindicación. Ahora se muestran totalmente legitimados para exigir el respeto merecido. En 2014 saldrá la primera promoción oficial de quienes desde septiembre de 2010 se han venido formando en el Grado conforme a los criterios de Bolonia y el reconocimiento del Estado. Será seguramente uno de los momentos más felices, al menos en mida.
En esta profesión están ocurriendo muchas cosas y me da la sensación a veces de que no todo el mundo es realmente consciente de lo que está significando el nuevo estatus de nuestra profesión tras su reconocimiento. La Asociación Española de Protocolo, ahora con un tercio de afiliados que serán Graduados el 22 de junio, está obligada a capitanear con buena mano izquierda y con criterio muchas de estas cuestiones. La primera de ellas y la más urgente propiciar la creación de una Federación de Profesionales de Protocolo y Eventos, que integre todas las asociaciones existentes y las muchas que a partir de ahora irán saliendo desde los diferentes territorios. Apostar por ello con humildad, con el único afán que de verdad estemos unidos y fijemos reglas de juego que están en nuestras manos. De no hacerlo se corre una grandísimo riesgo de que otras posibles plataformas, con planteamientos más actuales y al día, puedan dinamitar lo que tanto ha costado fraguar en el seno de las asociaciones.
Volviendo a atrás, se ha criticado que muchos miembros del QOE no lo son de las asociaciones. Aún reconociendo que ciertamente no todos lo son, gran parte sí. En cambio, dejo la pregunta en el aire: ¿cuántos profesionales de Protocolo en ejercicio de nuestro país son miembros de una Asociación profesional? No llega ni al uno por ciento. Para meditar.

Protocolo 0 – Eventos 1

Evento
Es evidente que estamos en momentos difíciles para el Protocolo por la asociación que de su término se hace a gastos, poder, saber estar, mundo oficial. Sin embargo, nadie cuestiona Eventos, aunque pueda criticarse el alto coste de un acto y lo innecesario del mismo. Me comentaba ayer un buen amigo, alto responsable de la organización de actos de una comunidad autónoma, que en su “casa” practicamente no podía hablar de Protocolo porque era cuestión maldita. Que a la hora de cerrar presupuestos más que de Protocolo prefería hacer referecia a eventos institucionales. “No veas cómo cambia la cosa”, me decía.
La verdad es que llevo años defendiendo que los técnicos de Protocolo somos auténticos gestores de actos (o eventos), cuestión que ya expresé con claridad en 2001 en el Congreso de Protocolo de Mallorca. El hecho de que en el mundo más desarrollado se hable de Events (eventos) cuando se refieren a la organización de actos en general, está provocando que Protocolo se asocie más a lo estrictamente oficial. Por eso, siempre recordaré, que en un foro profesional que promoví hace tres años, cuando la Universidad Camilo José Cela nos encomendó preparar el proyecto de documento que se debía presentar al Ministerio para solicitar el Grado Oficial en Protocolo y Organización de Eventos, un reconocido responsable de una Consultora de Organización de Actos espetó delante de todos los asistentes (representantes del mundo oficial y empresarial) que él defendía por encima de todo Protocolo “porque es fundamental para cuando lo precisemos quienes organizamos eventos”.
Me dejó medio humillado. Es decir, vino a señalar que hagan ustedes Protocolo que nosotros nos dedicamos a organizar los eventos. En el ámbito estrictamente empresarial, y me remito a la realidad (asomaros a Linkedln), la mayoría de los servicios que se dedican a esta cuestión se denominan Eventos o similar. Cada día se nota más ese abismo, esa diferencia entre Protocolo (asociado al Poder institucional, su jeraquización y tratamiento) y los Eventos (asociado a la organización en general, especialmente en el ámbito empresarial). Esta dualidad es un trampa, porque quienes se dedican al Protocolo tanto en el ámbito oficial como no oficial son auténticos organizadores de eventos. Sin embargo, muchos “manager” de eventos desconocen las reglas esenciales del Protocolo y su organización cualificada.
Esta brecha ya existe y está perjudicando desgraciadamente al Protocolo, no porque el término no responda a lo que es, sino porque la sociedad lo ha quemado al convertirlo incluso en algo frívolo como el arte de comer el huevo frito o cómo colocar la corbata o atender el teléfono en la oficina. Tanto que en ocasiones, cuando negocias determinadas cuestiones es preferible omitir el tradicional término, y presentarte como experto en la organización de eventos. Me duele la cuestión, porque desde siempre he defendido y lo sigo haciendo que Protocolo en su acepción profesional es la organización de actos y eventos. Pero la realidad viene demostrando poco a poco, y vuelvo a remitirme al panorama internacional, que esa batalla se puede perder si profesionalmente no actuamos con habilidad. No pienso renunciar a seguir luchando y acreditando mediante estudios, investigaciones y realidades que el Protocolo profesional no es solo el arte de aplicar precedencias y  la atenciónde autoridades, sino que tebiendo en cuenta la evolución de los tiempos es la gestión y la organización de todo tipo de actos. Pero hay muchos intereses en juego en este campo, de tal forma que es claro que existe una estrategia bien pensada para que Protocolo siga siendo visto como los actos del Rey y las altas autoridades y Eventos todo lo demás que es nada menos que la parte fundamental de la tarta.
Por esa razón, las empresas de eventos defienden la existencia del Protocolo, para que se quede ahí, incluso nos contratan cuando en su actos hay necesidad de tirar de atender autoridades. Afortunadamente, la Universidad Camilo José Cela tuvo la cordura de investigar en el contexto  internacional cómo estaba la cuestión y, además, valorar la singularidad y significado del Protocolo en España. Por esa razón presentó en su Propuesta de Grado un título que engloba ambos términos para evitar confusiones o malas interpretaciones, y puedo asegurar que la carrera oficial no hubiera salido adelante sino fuera por la convivencia de ambas expresiones. Por la misma razón que hubo que retirar las palabras Relaciones Institucionales porque inducían al error frente a Relaciones Públicas, cuestión que comparto.
Los profesionales que nos dedicanmos a la organización de actos tenemos que hacer una reflexión en serio en este sentido, porque francamente Protocolo está perdiendo el partido frente a la oytra expresión. Ya desde aquí propongo abiertamente que la Asociación Española de Protocolo -lo mismo diría de otras asociaciones- contemplen la palabra Eventos porque corren el riesgo de que se le etiquete como lo que no es, o de que surjan movimientos que se ajusten más a lo que es la realidad en este momento. Sé que muchos colegas de Protocolo no compartirán conmigo esta reflexión, pero les invito que más allá de sus departamentos y sus “mundos” observen el panorama, estudien la cuestión y miren al exterior. Se darán cuenta que en este momento o damos el paso para acreditar que realmente Protocolo es el nombre en español de la profesión de quienes organizamos eventos, ya sean oficiales o empresariales, o perdemos el partido como digo. Y mientras creo que es necesario que asociemos siempre Protocolo y lo que para mí es su alma gemela en otro idioma, events (Eventos), siempre desde lo que es la definición de la profesión, no el significado de su término desde el punto de vista del diccionario. La Real Acadenia tampoco nos saca de dudas porque frente a la definicion de Protocolo como “Regla ceremonial diplomática o palatina establecida por decreto o por costumbre”,  se superpone la de Evento como “eventualidad, hecho imprevisto, o que puede acaecer”. Solo en Cuba, El Salvador, México, Perú, Uruguay y Venezuela, según la casa madre de la Lengua Española, se define como “Suceso importante y programado, de índole social, académica, artística o deportiva”. Pero también omite su vinculación a lo oficial, incluso a lo empresarial.
Hoy en el mercado general global decir que eres técnico en Protocolo es limitarte. Señalar que eres gestor de eventos o Event management vende mucho más. Siento mucho decir esto, pero o pisamos tierra o nos entierran. Sé que académica o científicamente Wikipedia carece de valor, pero en muchas cosas es fiel reflejo de realidades sociales. Os invito a que miréis esto, algo que se me ocurrió mientras escribía esta reflexión y  media España sufría la pasión del Barça-Madrid:
Lo que sí es realmente un hecho es que la mayoría de mis colegas profesionales en el ámbito empresarial (salvo excepciones honrosas) llevan de apellido en su cargo Events Manager. Es la primera vez que escribo tan contundente en este sentido, y seguiré defendiendo al director de Protocolo profesional como el event manager auténtico, pero la realidad como bien se sabe va por delante de muchas cosas. Debemos admitir que Protocolo y Eventos es una pareja ya inseparable. De esa forma la cosa se pondrá en un claro 2-1. Desde el punto de vista de la ciencia y la historia la palabra idónea es Protocolo, cuyo técnico es el responsable de la organización general de los actos (hoy ya más llamados eventos). El Event manager es tan reciente que ni tan siquiera tiene soporte científico. Lo tendrá cuando se asocie a Protocolo. Me pregunto yo si nuestro amigo Vatel viviera hoy ¿como se llamaría? ¿Director de Protocolo? ¿Director de Eventos? O probablemente se dejaría de tonterías, parara sus labores organizativas, más allá de la simple jerarquización, y se vendría a buscar asiento en un bar próximo para ver cómo acaba el partido que tiene al límite a la España futbolística.

Precedencias y la tabla del 9

multiplicaciones
Estaba con mi hija haciendo los deberes de matemáticas previstos para hoy. Tocaba la división por tres. Se volvía “tarumba”. Tras todo el día jugando y viendo una peli, no hay manera de que se concentre esta tarde en dividir 256.897 entre 237. Lo entiendo, pero parece que este reparto del tiempo entre jugar y asumir la responsabilidad de estudiar, en la proporción adecuada es buena, según los expertos. Un baño después, pijama y cena y todo presto para el descanso, al menos para la peque.
Precisamente, mientras hacía de “profesor” de mate, me acordaba de algunos alumnos que he tenido y tengo cuando intento explicarles el por qué de determinadas precedencias entre las autoridades y personalidades cuando hay que conformar una presidencia para un acto. ¿Quién organiza el acto?… Pues preside… Pero, ¿hay algún motivo para ceder? Y si lo hay ¿a lo clásico o a lo moderno? Y luego colocar al resto según precedencias.
– ¿Pero dónde pongo al concejal que no está en la lista de precedencias? ¿Y al presidente de la Cámara?
Entonces se les vuelve más difícil que hacer aquella división por muchas vueltas que le den. Al fin y al cabo las matemáticas son fórmulas que te dan una respuesta exacta si las sabes aplicar bien. Y en caso de no saberlas, te queda el recurso de la calculadora, algo que hasta los más pequeños saben manejar. Pero en Protocolo no existen ni las fórmulas para la exactitud, ni la calculadora de recurso.
Hacer precedencias es, salvo los casos cantados, probablemente de lo más difícil que hay en Protocolo, y, por cierto, donde más “cojean” expertos y no tan expertos. No es ciencia exacta, razón por la cual hay que recurrir a normas cuando las hay y a razonamientos en el resto de los casos, valorando las circunstancias, sentido del acto y relación de las personas con el evento, entre otros muchos factores.
Las precedecias en protocolo es como las matemáticas para los niños. Cuando hacen una división y la hacen bien piensan que ya saben dividir. Pero les pones una segunda y vuelta a empezar. Y mira que las fórmulas son las mismas. Así hasta que las aprenden bien. En Protocolo ocurre parecido pero sin fórmulas. Cuando hacen una, o dos o tres presidencias piensan que ya saben ordenar autoridades. Error. Entre saber y aplicar correctamente hay una abismo. Aquí no hay fórmulas ni programas matemáticos, afortunadamente.
Para manejar bien el protocolo de la ordenación exige conocer muchas experiencias, analizar adecuadamente, valorar, y entrenar una y otra vez. Y cuando te llegan los casos reales hay que volver a empezar, pero recordando lo que has ido consolidando en tu fase de aprendizaje. Nunca se podrán hacer bien precedencias sin tener cultura general, sin inquietud por saber aplicar la normativa e interpretarla, por buscar comparaciones, por analizar lo que hacen los demás, etc… Algo que a los más jóvenes les cuesta mucho. No es llegar y aplicar el Real Decreto, eso ayuda poco. Hay que ejercitar todo lo demás. Por eso es tan importante conocer el entorno, la realidad y practicar.
Veo a mi hija pequeña hacer divisiones en su cuarto. Y a la mayor precedencias en el suyo. No sé quién lo pasa peor. Los que quieran aprender protocolo no deben olvidarse que no sólo es organizar y crear un evento sino hacer bien las precedencias, factor que nos diferenciará para bien con respecto a la competencia profesional. Es como si quisiéramos ser brillantes matemáticos y no saber bien sumar. Odiando las comparaciones, un buen experto en Protocolo y Organización de Eventos nunca podrá llegar a serlo sin dominar las matemáticas del Protocolo: las precedencias. Y lo malo es que eso lleva más tiempo y años que aprender la tabla del 9.

Ahora la falda de la princesa Kate

Foto Kate
De nuevo la etiqueta femenina se ha convertido en carnaza para determinados Medios de Comunicación.Y cómo no el asunto se haconvertido en una cuestión de Protocolo de Estado. La noticia, facilitada al parecer por unas declaraciones de la Reina de Gran Bretaña, al Dail Mail, hace referencia a que la Princesa Kate debe utilizar faldas un poco más largas. Según recoge Noticias24 horas, la cosa va como sigue:
[box]La reina Isabel II de Gran Bretaña pidió a Kate Middleton, la esposa de su nieto Guillermo y nueva duquesa de Cambridge, “alargar un poco” las faldas que viste en público.[/box]
[box]”La reina nunca ocultó que ve en Kate un enorme potencial, pero también piensa que la joven debe realizar algunos cambios en el modo en que se comporta en público, y ello incluye alargar los extremos de sus faldas”, escribió hoy el Daily Mail, citando a una fuente de palacio. [/box][box]Según indiscreciones del Palacio de Buckingham, a la monarca le agrada Kate, por lo que está tratando de ayudar a la ex plebeya a evitar los “errores” cometidos en su momento por Lady Diana.[/box]
Ante la “importancia” de la declaración, muchos medios españoles se han echado a la calle para ocuparse de la cuestión: ¿cómo ha de ser el vestuario femenino de nuestras princesas de hoy, posibles reinas del futuro, cuando concurren a actos públicos? Ya tenemos polémica. Vale con observar bien las fotos que hemos tomado del citado diario.
Como era de prever los comentarios de los foros virtuales en torno a esta noticia no dejan precisamente bien a la monarca inglesa. Tampoco es para menos. Si las declaraciones son realmente ciertas uno se queda absolutamente sorprendido. ¿Alargar la falda de la esposa del segundo heredero de la monarquía británica? Según algunos entendidos es cuestión de que la jovencita princesa estire sus vestidos unos 15 centímetros para tapar las rodillas. Ahora que precisamente se cumple los 70 años de la aparición de la minifalda, afirmaciones como esas nos retrotraen muchas décadas atrás.
Las monarquías, especialmente la parte femenina de ellas, siempre está en el ojo del huracán con estas cuestiones estéticas y de moda. Fue durante tiempo los tacones de Letizia, ahora es la corta falda de la Kate. La más bonita y elegante princesa europeael día de su boda, es hoy para la Reina y algunos mediáticos, un “niña” atrevida que enseña pierna. Y lo peor y de ahí la justificación de este comentario: es un problema de protocolo, señalan algunos periodistas. La Kate no debe llevar una falda por encima de la rodilla porque las normas de protocolo para actos oficiales lo prohibe. ¿Dónde está esa prohibición? Viendo la foto donde aparece la Reina con su nuera y con la esposa del nieto, las dos mayores parecen del siglo XIX.
Nadie debe apelar al protocolo en estas cuestiones. En primer porque no es un porblema de protocolo, sino de estética o de imagen. El Protocolo que mide la ropa de la mujer por centímetros está felizmente superado. Pertenece al pasado. Me recuerda esta polémica al uso del pantalón por las mujeres, algo que socialmente originó todo tipo de problemas, debates e incomprensiones. Hay que ir vestidos conforme a la etiqueta de los tiempos, y eso es igual para familias reales o para la gente plebeya. No puede pedirse que la joven princesa vista similar a la abuela de su marido. Las generaciones evolucionan en todos los aspectos, incluidos en el vestuario. No me parece nada mal que busquen las nuevas princesas su propio estilo y se les deje de dar consejos sobre cómo vestir, y menos de si lo correcto es llevar falta por encima de la rodilla o por debajo. Es absurda la polémica, pero ya están todas las redes sociales con el tema.
Es curioso, siempre es la mujer la que está en el ojo del huracán. Ya puede ir su marido vestido como desee, que como ella no cumpla con lo estricto se ha armado el lío.
Que todo el mundo opine lo que quiera pero que nadie hable que el Protocolo exige esto o lo otro. En el pasado quizá, hoy desdeluego no es un problema de protocolo. Además que la princesa, al menos por las fotos objeto de la polémica va estupenda. Y que tomen ejemplo de ella muchas personas cada vez que la vean entrar en Zara a comprar sus vestidos.
Es evidente que en actos oficiales, llevar una minifalda muy aparente no está bien visto, lo mismo que si un hombre acude de pantalón vaquero. Pero hay que comenzar a decir que la cuestión de si el vestido corto es por debajo de las rodillas y el largo tapando los zapatos. Hace décadas probablemente nos dirían que así era. Hoy, al menos en el vestido corto, ya no se puede decir eso. Dependerá del propio vestido, de la persona que lo lleve y de otras circunstancias excepcionales.
Vaya día con los periodistas llamando sobre la veracidad o no de los quince centímetros arriba o abajo en los actos oficiales. Por Dios, que estamos en el siglo XXI.

La reinvención del nuevo saber estar y del protocolo social

Teléfono

Han pasado ya quince años desde que escribiera mi primer artículo en La Hora de Asturias sobre un tema de protocolo social y, obviamente, hemos dejado atrás otro número igual de años. ¿Cuánto ha cambiado la sociedad española y mundial a lo largo de este tiempo, si lo analizamos exclusivamente desde el punto de vista del saber estar, las formas, el trato, las relaciones sociales, la urbanidad, el protocolo…? Para algunos quince años es mucho tiempo; para otros, ha sido un suspiro. Pero, sea lo que sea, pocas cosas ya son iguales en tan escaso plazo de tiempo. Hace quince años mojar la yema del huevo con pan en público era casi “un delito”; hoy lo es pero, no hacerlo. La sociedad española ha variado mucho su percepción de lo que es un buena educación social, aunque es cierto que aún muchos se aferran a la vigencia de las mismas, otros estiman denostadas gran parte de ellas, e incluso otros que hacen de esa llamada buena educación un armapara mostrarse públicamente como más modernos bien a través de un estricto cumplimiento o viceversa.

En tan escaso espacio de tiempo han cambiado mucho las cosas desde el prisma de la conducta social o la buena educación. Creemos que la mayoría de estos cambios han sido para bien, aunque también se ha puesto de moda saltar aspectos de la buena educación tradicional con el ánimo de alejarse de un mal entendido protocolo. En estos tiempos, quienes no terminan de entender adecuadamente el Protocolo con mayúsculas, por una parte, y la Educación Social, por otra, optan por saltárselo sólo con la finalidad de mostrarse más rompedores o transgresores. No compartimos esa visión. La buena educación y el buen saber estar no es cosa de antiguos, retros o desfasados. Tampoco síntoma de distinción, sino sencillamente de respeto y apuesta por una buena convivencia.
No voy a entrar en señalar qué es para mí lo correcto o lo incorrecto en cada caso, porque francamente me interesa poco y además tampoco soy nadie para decir lo que está bien y lo que está mal. El propósito de estas líneas es sencillamente reflejar que en tan poco tiempo estamos viviendo un cambio sin igual en las formas de relación social. En el mismo han influido notablemente las nuevas formas de comunicación, a través de las tecnologías, la globalización y la cada vez mayor influencia de la sociedad norteamericana. Y también, por qué no decirlo, por ese sentido de lo práctico que todos hemos adquirido en una sociedad de prisas, menos jerarquizada, más igualitaria y menos dramatizada. Pero, sea por lo que sea, hay que registrar la evolución.
La denominada buena educación en términos generales ha evolucionado positivamente en muchos aspectos, aunque también hay que reflejar que la relajación en las formas ha aportado situaciones muy curiosas. Hace precisamente diez años me hacían una entrevista en el diario ABC que titulaba con una expresión mía: “La corbata como prenda obligatoria terminará por desaparecer”. Una entrevista que generó entonces alguna carta de protesta e indignación por determinados estilistas y, sobretodo, por los fabricantes de estas prendas. Pero lo cierto es que una década después hay que decir que el uso de la corbata para eventos sociales donde era imprescindible hoy ya no lo es tanto. Cada vez observamos más en actos que esta prenda ya no es tan esencial y que la moda está dando alternativas dignas que no restan para nada el buen saber estar. La corbata siempre estará ahí, pero no como complemento obligatorio. Es más, la liberación de esta obligación social ha generado claramente una mayor sensación de libertad y autonomía que entendemos positiva, siempre y cuando que el atuendo alternativo esté a la altura de las circunstancias.
A la mesa
Quizá donde más se ha notado la evaluación de las formas sociales es en la mesa. A nadie se le escapa que era habitual comer en casa de una manera y en público de otra. Por mucho que nuestros padres nos dijeran que en casa había que comportarse como lo haríamos fuera de ella, lo cierto es que al final no se hacía. Eso producía –produce– cuando comíamos –o comemos– fuera de nuestro hogar, en situaciones ajenas a los encuentros con los amigos, una cierta incomodidad. ¡Cuánta liberación sentimos cuando a alguien se le ocurre decir al inicio de la comida, “¡nos quitamos las chaquetas!”. Era como hacer que el encuentro gastronómico rompiera la frontera de un saber estar, queriendo estar, pero disfrutando estar.
No se considera hoy de mala educación en la mayoría de los encuentros gastronómicos hincar la mano a la gamba, o mojar con pan el huevo (con la ayuda del tenedor), o compartir unas almejas sin tener que separarte tu ración con una cuchara. Claro está que tampoco parece saludable untar el pan en la salsa de ese plato común. Es muy habitual hoy en las comidas de negocios solicitar uno o varios platos compartidos, para continuar con uno principal individual. Esa comida compartida que queda en el centro de la mesa, y que de acuerdo a las normas clásicas deberíamos retirar nuestra porción con los cubiertos, constituye una buena ocasión para favorecer el diálogo sin tener que estar pendiente de servirte lo tuyo. Vas picando y se favorece algo que hoy es la clave de todo: la naturalidad.
Sin embargo, es cierto que existe un mayor interés de las personas por saber comer adecuadamente, que en este tiempo han proliferado los manuales del saber estar, pero la mayoría ha sabido interpretar que la buena educación en la mesa tiene sus dosis de naturalidad, espontaneidad y sentido común. También es verdad que los restaurantes y las empresas de cáterin han adoptado soluciones que permiten atender esta evolución sin romper las buenas formas. Precisamente, uno de los mayores cambios que se han experimentado en estos últimos quince años ha sido la adaptación de la hostelería en su conjunto. Si hace veinticinco años lo más correcto en un banquete era que los invitados se sirvieran a sí mismos de la fuente o bandeja que presentaba el camarero, hoy se ha impuesto la comidaemplatada, es decir, dispuesto el alimento en el plato para el comensal. De esta manera, el invitado no sufre tanto por la dosis que ha de tomar, la manera de servirse y esa antigua obligación de tener que comerse todo el plato. Los buenos chefs prefieren que la comida llegue al invitado conforme al diseño del cocinero y no a cómo te la pueda servir el anfitrión o uno mismo. Ése, a nuestro entender, ha sido un cambio positivo. En comidas sociales la cantidad es lo de menos, y la calidad se impone. Hemos avanzado hacia una comida variada, generalmente tematizada y cuyos platos ofrecen en su presentación un diseño que más bien parece una obra de arte. Claro está, la tortilla o la croqueta siempre estarán ahí, pero hoy se presentan en estos eventos de forma alternativa y más imaginativa. Estas nuevas presentaciones que incluso a muchos comensales el propio camarero tiene que explicarles lo que es y cómo hincarle el diente.
La parte gastronómica de un evento es un importante acompañamiento a lo esencial del encuentro, que suelen ser las relaciones personales. No hay que olvidar que hace años un buen y amplio cóctel se agradecía porque era menos habitual participar en ellos, pero ahora, allá dónde hay un evento, aparece enseguida la copa y la comida. Se impone hoy sorprender con reducidas porciones de comidas impensables que obviamente gustarán más a unos que a otros. Pero, en este sentido, la tendencia actual avanza por estos derroteros. Se busca que el invitado se vaya satisfecho, pero sobretodo sorprendido y agradecido por la singularidad.
Sencillez y naturalidad
Dejando de lado las situaciones familiares o de amistad, las comidas fuera de casa se han vuelto más sencillas, menos pesadas, más ligeras y favorecedoras del intercambio de la palabra. Hemos pasado, al menos en el mundo de los negocios y las relaciones institucionales, de las comidas interminables a las comidas medidas. En este sentido, siempre me acordaré de lo que me decía una y otra vez Graciano García, director emérito de la Fundación Príncipe de Asturias, que entendía algunos protocolos como una forma de secuestrar a los invitados. “He ido a una comida y nos dieron más de las cinco”, decía el creador de los Premios del Heredero de la Corona. Lo mismo decía de otros eventos no gastronómicos: “En las invitaciones debería ponerse o bien el programa o contenido del acto o al menos el tiempo previsto de su duración, porque he ido a eventos donde calculas por lógica una determinada duración y luego resulta que no hay manera de marcharse cuando ha pasado el tiempo razonable. Es todo un secuestro”, añadía. Y no le falta razón. Creo que, en ese sentido, se ha mejorado bastante, pero aún queda camino por recorrer.
Hasta hace poco había que saludar a los demás de una forma determinada, las mujeres podían hacerlo sin levantarse del asiento, se seguía una cierta jerarquía, unos tratamientos… Hoy, también ha variado: un apretón de manos o abrazos entre ellos, y par de besos para ellas. El  casi ha barrido al usted, e incluso a veces hasta nos suena raro oírlo por ejemplo cuando un político se lo aplica al entrevistador de la tele o de la radio. Comienza a sonar raro la palabra señor o señora, hemos matado ya el señorito oseñorita (salvo para uso despreciativo), y el don ya es cosa de finolis.
Las cartas ya han pasado al olvido salvo la correspondencia oficial que incluso observamos como bichos raros. Todo lo comunicamos vía internet. Tampoco vamos al banco. Nuestra clave personal nos permite acceder a las cuentas en casa y llevarlas con más comodidad, pagamos sin desplazarnos y sin ver al receptor, quien por supuesto ni nos muestra su agradecimiento. Ya parece hortera enviar una felicitación de Navidad y buscamos opciones audiovisuales que circulan por la red. Si según un estudio de hace doce años cada español recibía una media de cuatro felicitaciones navideñas, hoy estamos por debajo de una y, sin embargo, nuestro buzón de correo electrónico en esta fechas se colapsa de felicitaciones impersonales y algunas muy poco originales. Pero claro, ya muchos padres han decidido dejar en segundo plano los Reyes Magos porque regalar en Papa Noel es dar una oportunidad al pequeño para que juegue más tiempo antes de volver al cole, mientras mata las navidades a la vera de sus abuelos, muchos ya convertidos en padres de hecho.
Encierro tecnológico
La sociedad ha cambiado notablemente. Uno mismo está escribiendo este artículo en el vagón del AVE entre Madrid y Barcelona. He observado la totalidad del convoy y de los 75 que vamos sentados en turista, 63 personas están ensimismadas en su mundo tecnológico. El ruido constante de las teclas y el tacatá de interactivos, mensajes, se rompe constantemente por los cientos de sintonías de los teléfonos portátiles o de las conversaciones donde llegar a conocer prácticamente la vida de un compañero de viaje dos asientos más allá. No se habla ya con el de al lado como en los antiguos vagones de Renfe, ni casi se levanta la vista cuando la azafata te ofrece los auriculares. Los televisores se quedan, como muchas veces en casa, encendidos como si fuera necesario acreditarnos que estamos en casa.
A los niños y jóvenes les gusta cada día salir menos del hogar. Su plataforma de juegos virtuales es más atractivo que ir a mitad del patio del colegio o sencillamente a la calle o a las zonas comunes de una urbanización. Prácticamente entre ellos se comunican más tiempo por la mensajería móvil y por las redes sociales que de palabra. Se hace la foto la niña recién peinada y a los dos minutos la puede ver medio mundo. Manda un twet y moviliza a toda su panda o, sencillamente, gasta una broma al profesor que graba en video y sube luego a las redes para ridiculizar al maestro. Los padres, todavía en proporción muy alta, no ponemos coto al abuso de estos artilugios que indudablemente conducen a la pérdida de determinadas habilidades sociales y a la vida en sociedad. Quizá por ello, cuando llega el momento del encuentro tengan que recurrir a otras hazañas o tirar del botellón sin límite para recuperar su capacidad de iniciativa o su libertad cuando está ante el ordenador. No le gusta estudiar, ni entiende para qué, porque en Internet lo tiene todo y la calculadora ofrece el resultado correcto.
En este sentido, se habla de una o dos generaciones perdidas como consecuencia de la crisis. Pero quienes tenemos la oportunidad de dedicarnos a la enseñanza desde hace muchos años también podemos constatar que una gran parte asiste, tras sus estudios universitarios iniciales, a docenas de cursos especializados. Pero gran parte de ellos carecen de iniciativa, imaginación, creatividad y habilidades, porque estas generaciones ya se han atrincherado en las redes y las tecnologías. Es increíble ir por la calle y ver a un niño de ocho años con su teléfono portátil o usarlo fundamentalmente para jugar o mensajear. O toman prestado del papi o la mami el Ipad para jugar al trivial electrónico o a las nuevas guerras de las galaxias.
Pero no sólo es cosa de niños la llegada de nuevas formas de conducta social. También los maduros hemos modificado maneras que hace bien poco generaban descalificaciones. ¿Quién no oyó alguna vez la frase “Nunca llevaré un móvil porque no quiero esa dependencia”? Hoy llevan móviles (a veces varios) todo el mundo. Incluso a los abuelos, que tanto les costaba manejarse con ellos, no se separan de los mismos un instante. ¿Quién no oyó alguna vez que en los restaurantes debería hacerse como en el Oeste, poner un letrero en la puerta como “En vez de colgar las pistolas aquí”, “Dejen su teléfono”? Hoy llegamos a la mesa y lo primero que ponemos es el teléfono, que normalmente atendemos aunque estemos en compañía, dando excusas con la llamada esperada. Se habla mucho de cuál debe ser el protocolo en estas situaciones, pero es absurdo decir que lo normal es ni sacar el teléfono, ni atenderlo salvo una verdadera emergencia, porque la realidad es otra. ¿A cuántos restaurantes no vamos sencillamente porque tienen mala cobertura, o con esa excusa levantarnos de la mesa cada equis tiempo? En este tema es curioso observar en bares de menú del día a personas solitarias con su Ipad abierto sobre la mesa y atender con una mano su facebook mientras con la otra toma su potaje o, sencillamente, viendo la televisión a la carta.
El fumar
La prohibición de fumar en espacios cerrados ha provocado otro cambio en nuestros hábitos sociales. Quienes no han podido liberarse de las ataduras del tabaco, han tenido que tirar de imaginación para aliviar su ansiedad. Saben de determinados rincones del trabajo donde puedes dar rienda a tu cigarro, o tomar la cerveza a la puerta de esos cientos de bares que se han visto obligados a crear otro tipo de terrazas, bajo setas caloríficas y entre repletos ceniceros. Claro, llegan estas épocas y los costipados, a la orden del día. No hay un lugar público que tenga un acceso digno: o te encuentros un par de ceniceros desbordados de colillas o el suelo de las inmediaciones está asolado de tabaco o un grupo de incomprendidos se encuentra compartiendo el humo de sus pitillos. Fumar ya no es cosa social, ni tampoco de hacer de ese hábito algo con estilo y respeto. La ansiedad puede con todo, incluso con la buena educación de lanzarte a la cara el humo con esa mirada muchas veces desafiante.
Asistimos a cambios importantes en las actitudes ante los demás, está claro. Resulta difícil para los estudiosos de esta materia delimitar ahora mismo qué debería ser correcto o qué no, porque lo práctico lo invade todo. El pantalón vaquero roto, las zapatillas roídas, el pantalón mostrando el tanga o el calzoncillo, la clara influencia del vestir dejado de clara influencia norteamericana invade nuestras calles. A veces en la diversión, pero también en las aulas, en los centros de trabajo y cada vez más en determinados eventos sociales. Choca mucho esta circunstancia, por ejemplo, en los jóvenes de hoy –especialmente ellas– cuando dejan en casa el pantalón raído para ponerse su espléndido vestido y maquillaje para asistir al cumpleaños de la amiga o para salir el viernes por la noche. Y no se conforman con una solución de Zara. El pelo largo ha dado paso a la maquinita en ellos, y en el caso de ellas comienzan a hacerse las mechas cuando apenas pasan los doce. No cuestionamos nada, nos limitamos a recoger estos cambios.
Situándonos en el mundo
Nos hemos vuelto todos muy modernos casi de golpe. Salimos de casa y enviamos un twet avisando al mundo de nuestros primeros pasos matinales y vamos dando muestra de nuestra existencia a lo largo de la jornada. Hay quien incluso va dejando rastros con su móvil de la ubicación en que se encuentra. Y todo pese a que decidimos aislarnos con los auriculares. Es como si se quisiera que todo el mundo supiese lo que uno hace pero que no moleste. No preguntamos al transeúnte cuando nos perdemos porque llevamos GPS. Casi no preguntamos por el nombre del hotel donde nos alojaremos, sino la dirección exacta o para ponerla en nuestro GPS, cosa por cierto ésta que ha aportado un gran servicio aunque alguna vez el artilugio nos haga dar más de una vuelta. Antes de ir a algún lugar nos conectamos a Google Map para echar un vistazo a la zona o ya ni preguntamos por qué zona cae la calle o lugar donde hemos quedado porque en menos de un minuto sabremos dónde está, cómo llegar por dónde y en cuánto tiempo. Y si lo hacemos en transporte público, nos apalancamos en el primer asiento libre, abrimos nuestro ibook y nos ponemos a leer olvidándonos del anciano o disminuido que se queda sin asiento y sin que nadie le ofrezca acomodo.
Uno va de camino al trabajo y observa cientos de tipos de todas las edades que caminan a través de sus rumbos parapetados en dos cascos con los que escuchan su música favorita o su emisora. Y adiós a los insomnios de la pareja, que sus auriculares y un Ifone o Ipad se pone a ver su película preferida y deja de dar vueltas en la cama o lanzar suspiros de desesperación. No necesitamos reloj ni despertador, ni agenda, ni libreta. Todo está en el artilugio. Por eso hoy se ha convertido en todo un drama perderlo o que te lo roben. Casi prefieres dar la cartera antes que tu móvil u ordenador.
Tiempos muy importantes de cambios, donde lo práctico se impone. Por eso, quizá entre tanta modernidad la pretendemos equilibrar a través de los programas televisivos glamurosos, mirando los vestidos de nuestras princesitas y artistas del momento o haciendo de la boda de nuestra… un evento por todo lo alto o tomando a veces decisiones increíbles cuando en un acto sencillo te están pidiendo un traje oscuro para ellos y un traje de cóctel para ellas. Es la contradicción de una sociedad que empieza a frivolizar con las relaciones sociales y no es consciente de la importancia que tienen y de saber estar a la altura de la circunstancias. Pero el mundo ha cambiado en muy poco tiempo y hay que reinventar el nuevo protocolo social. Precisamente ahora que el protocolo y la organización de eventos en su conjunto ya es una carrera oficial de Grado, un grupo de especialistas de la Universidad Camilo José Cela ha creado un grupo de investigación en torno a la Catedrá Ferrán Adriá para reinventar el nuevo protocolo que afecta a la conducta social. Ha de reinventarse porque los tiempos han cambiado y ya no podemos decir que es de mala educación dejar los cubiertos usados encima del mantel cuando reposamos para beber porque en el plato donde nos han servido la comida, cuyo fondo aparece iluminado por una bombillita no hay manera de encontrar una forma de dejar la pieza.
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Texto publicado en el periódico asturiano La Hora de Asturias con opcasión de su número 200. Tuve la oportunidad de escribir en su número 1.
http://www.lahoradeasturias.com/pdf_edicion/PDF_EDICIONES/ESPECIAL%20200.pdf
Páginas 18, 19, 20 y 21