Periodistas y público gráficos en los eventos

Buena Clinton

¿Cómo trabaja así un periodista gráfico? Imposible.

En la sociedad de la globalización y la inmediatez, los periodistas gráficos (fotógrafos y cámaras de TV) lo tienen cada día más complicado en determinados eventos por la cada vez mayor proliferación de los otros gráficos (el público y sus móiles), si los organizadores no toman las medidas pertinentes. Esta fue una de las reflexiones que aportó en el V Congreso Universitario de Comunicación y Eventos celebrado recientemente en Madrid, el fotógrafo profesional, Nacho Rubiera. Una cuestión ésta en la que a veces no se repara a la hora de planificar, pero es cierto que constituye un severo problema para los anfitriones que pueden verse privados de las fotos que quieren. Hoy hay que planificar ya los eventos teniendo en cuenta que los propios invitados pueden ser la primera barrera que haga imposible la visión limpia y nítida que precisan los profesionales de la imagen. “Muchas veces nos quedamos sin la foto”, dice Rubiera. Y me imagino la cara de los jefes o clientes cuando se les dice que nada de nada. Continue reading

Las arras en las bodas o la señal para el contrato

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La cuestión la lanzó, a propósito del lenguaje que se utiliza en las ceremonias Regina Mª Pérez Marcos, Profesora Titular de la Facultad de Derecho de la UNED, en el transcurso de un curso de verano organizada por esta Universidad a distancia española en Ávila. Definía la profesora las arras, tal y como dice en su primera acepción la RAE, “cosa que se da como prenda o señal en algún contrato o concierto”.  En su segunda las define como “conjunto de trece monedas que, al celebrarse el matrimonio religioso, sirven como símbolo de entrega, pasando de las manos del desposado a las de la desposada y viceversa”, Y en su tercera definición “Entrega de una parte o depósito de una cantidad con la que se garantiza el cumplimiento de una obligación”. En conclusión, la profesora universitaria recomendó a quienes se quisieran casar que no utilizasen las mismas porque con ello se daba a entender que se estaba comprando a la novia mediante el depósito de una cantidad a cuenta.

Sin quitarle razón alguna a Regina Pérez, a uno inmediatamente se le viene a la cabeza cosas que se han incorporado a la tradición singular de determinadas ceremonias pero que ya poco tienen que ver con su sentido original. Es cierto, que ya desde la antigüedad y hasta no hace mucho, los matrimonios se concertaban entre padres. El padre del novio ponía el dinero y el padre de la novia la dote, definido igualmente por la RAE como “Conjunto de bienes y derechos aportados por la mujer al matrimonio, que tiene como finalidad atender al levantamiento de las cargas comunes y que le deberá ser devuelto una vez disuelto aquel”.

 

Entre arras y dotes los padres llegaban al acuerdo con independencia de lo que pensaran los hijos. Eso que originariamente respondía a un contrato social, con los siglos se ha incorporado a las bodas religiosas -no tiene razón de ser en las civiles, aunque ahora como todo se copia quién sabe, de hecho muchos organizadores de bodas civiles las incluyen en el Protocolo-. En el momento más ceremonioso de la boda religiosa, en el que la pareja se compromete de por vida, se intercambian los anillos y las arras con el simbolismo que antes recogíamos.

 

Según algunos expertos, “la tradición viene de muy antiguo y tiene su origen en Oriente. Posteriormente fue recogida por el derecho romano y establecida en España a través del derecho Germánico-Visigótico y el apoyo de la iglesia. Una tradición que, antiguamente, tenía connotaciones relacionadas con la entrega de la dote o con un premio que se pagaba por la virginidad de la esposa. Hoy en día, su significado está alejado de esta arcaica concepción del matrimonio y son un símbolo de la unión y el deseo de compartir los bienes en el matrimonio”.

 

Otros expertos afirman que “antiguamente era solo el novio quien las ofrecía, representando que le permitía a su esposa compartir sus riquezas. Tenía también la función de actuar como señal o compensación en caso de incumplimiento. En época medieval se refrendaba la entrega simbólica del patrimonio con un documento por escrito dónde se detallaban las propiedades entregadas y que se llama Carta de Arras. Las arras son de oro o plata, pero todas del mismo metal, para acentuar el simbolismo de las riquezas de los bienes presentes y futuros. Al estar hechas de un metal precioso se une el valor sentimental al real y son un objeto que se transmite al primer hijo que se case, y así sucesivamente. El número trece en este caso representa la buena suerte. En este punto se contemplan distintas explicaciones: desde la representación de Jesús y sus Apóstoles, las riquezas de los doce meses del año más uno que se entrega a los pobres o el recuerdo de las monedas pagadas a Judas”.

 

Otros expertos abundan al respecto: “Además de simbolizar los bienes a compartir, hay muchas otras teorías acerca de su significado, como que el novio las entrega como “premio” a la virginidad de su futura esposa. Suelen ser 12 de oro y una de plata o platino. Últimamente se acostumbra a que en lugar de comprarlas los propios novios sea la madrina quien las regale o bien que se hereden de padres a hijos para que su valor sentimental aumente mucho más, lo que le daría mayor significado a su entrega. Suelen guardarse en una bolsa o bandeja”. Otros especialistas hablan de una mezcla de oro, plata y bronce. En esto hay teorías para todos los gustos.

 

Esta última afirmación viene a poner de manifiesto la evolución de lo que era. De una señal de compra o contrato, a un testimonio visual de la igualdad de la pareja, donde ambas partes se comprometen a compartir todos sus bienes, “en las alegrías y las tristezas” como dice el ceremonial eclesiástico.  Algo que luego resulta chocante cuando días antes ante notario han hecho la correspondiente separación de bienes como cada vez más se hace, ante el temor de un posible divorcio.

 

Nada tengo contra estas tradiciones, porque no son obligatorias de cumplir y quien quiera cumplirlo está en su derecho y quien no también. Pero sería saludable que todos supiéramos lo que significan las cosas, en este caso determinadas tradiciones que han dejado de tener el valor original y se han incorporado a la pomposidad de la ceremonia a veces sin saber su auténtico simbolismo.  Insisto que no voy a afirmar estar en contra de todas estas tradiciones, pero me hace reflexionar que muchas de ellas aún esconden determinados “servilismos” o “dependencias” que una sociedad moderna debería dejar de lado.

 

Aún me sigo preguntando muchas veces por qué hay que inclinar la cabeza o la rodilla ante un miembro de una Familia Real. Pero, por otra parte, cómo voy a plantearme cosa tan trivial como ésta si la Semana Santa tiene un significado  de recogimiento muy profundo en la creencia católica, y para la sociedad actual no es más que una magnífica oportunidad para tomarse unos días de vacaciones. Por eso, que cada cual actúe, pero insisto que sepa lo que significan determinados elementos ceremoniosos y desdeluego que no se pontifique, que para ser más papista que el Papa solo basta con observar el gran precepto para una novia en el día de su boda:

 

“Ponerse algo viejo, nuevo, prestado y de color azul”.

 

Todo es simbólico. Lo viejo significa la conexión de la novia con su pasado familiar, por ello se le suele dejar una joya e incluso un vestido de novia perteneciente algún familiar. Lo nuevo simboliza sus esperanzas de iniciar una nueva vida prospera y feliz. Lo prestado simboliza la amistad, suele ser entregado a la novia por otra mujer que lo llevo anteriormente en su boda. Lo de color azul simboliza la fidelidad de la pareja. En a antigüedad las novias vestían de azul, hasta que la Reina Victoria estableciese el color blanco como propio de las novias.

Duquesa sí, además de princesa

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Se ha generado una polémica de esas bonitas tras la boda real británica a propósito de cómo dirigirse a Catalina, si como princesa o como duquesa (de Cambrige). Los muy puristas defienden en medios de comunicación de cierto alcance que el hecho de que la Reina haya concedido a su hijo Guillermo y a su nueva esposa el título de Duques de Cambrige es para que lo usen y se evite en la medida de lo posible la expresión Príncipes de Gales o Princesa de Gales. Sea lo que sea lo que la Reina quiera o los periodistas intentar utilizar, hay una cosa cierta: por historia, tradición y normativa, los herederos directos, en este caso Carlos en primer lugar y Guillermo en segundo lugar, llevan como título oficial Príncipes de Gales. Ambos el mismo. Algo que ya de por sí es cuando menos anacrónico. Deberían distinguirse entre uno y otro reservando el Príncipe de Gales exclusivamente para el primer heredero (como en España el Príncipe de Asturias, que sus hijas son infantas y seguirán siéndolo hasta que el padre sea rey). Pero como eso no es así, resulta muy difícil que quien siempre ha sido príncipe y como tal se le trataba se quiera ahora de convertirle en duque. Eso es una majadería. Y si es príncipe, su esposa es princesa, consorte pero princesa. Por supuesto que también son duques y como tales pueden hacer uso del mismo, como en España (volvemos a lo nuestro) hablamos de S.A.R. la Infanta doña Margarita, duquesa de Soria, y el excelentísimo señor D. Carlos Zurita y Delgado, duque de Soria.
Dicen que la Reina quiere evitar con esta medida la existencia de otra princesa (supongo que del pueblo), y que lo mismo que quiere que se llame a la esposa del Príncipe Carlos duquesa de Cornuelles, quiere que sea lo mismo con Catalina. Ésas son claves internas de la Casa Real Británica en la que ni entramos ni salimos. Sencillamente, conviene recordar que a efectos de protocolo, tanto la esposa del Príncipe Carlos como la del Príncipe Guillermo son princesas consortes de Gales a todos los efectos, además de duquesas de lo dicho. Y, por cierto, lo mismo podemos decir del duque de Edimburgo, esposo de la Reina, que aun teniendo ese título cuenta con la dignidad de príncipe (ya nació como  nació Príncipe de Grecia y Dinamarca al ser hijo de Andrés de Grecia y Dinamarca y de Alicia de Battenberg). No hay que olvidar que el tratamiento de Alteza Real solo lo tienen los príncipes y princesas, y en el caso español, los infantes.
Guillermo y Catalina, vayan donde vayan en los actos oficiales tendrán el sitio como príncipes. Eso ya denota lo que son.
Por tanto, una cosa es lo que son y el tratamiento que se les puede dar (que probablemente haya que respetar en la mayoría de los casos), y otra cómo quiere la Casa Real británica y sus miembros que se les trate públicamente. Pero en el caso de Catalina, me parece que los medios no podrán evitar la expresión princesa. Vende más queduquesa. Y es que además todo esto de duques, condes, barones, lores, etc. suena tan antiguo que la mayoría prefiere hablar de nuevos príncipes y princesas que nos alegren los duros días de la crisis actual que vive el mundo.