El compromiso personal por la profesión de eventos y protocolo

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(Reunión de delegados territoriales de la AEP celebrada en Madrid).
 
(Confío que si empiezas a leer esta reflexión lo hagas hasta el final porque solo así podré considerarte profesional de verdad. No por lo que yo piense, sino por la importancia de los temas que se tocan en este, quizá, largo artículo. Porque hay cosas que no se pueden decir en tres palabras, aunque las tenía: “Haz algo ya”).
El 4 de abril la Asociación Española de Protocolo (espero que pronto se añada la expresión: “y Eventos”), AEP (AEPE), elegirá su presidencia, vicepresidencias y Junta Directiva. Concurre para su reelección Juan Ángel Gato, en el que sería su segundo mandato al frente del colectivo. A la fecha actual, sólo se conoce su candidatura, que presentará cerca de doscientos avales, lo que representa un tercio del total afiliados. Este dato es significativo, porque de haber un único candidato éste se convertiría en presidente por aclamación, según los estatutos, cuestión para la que resulta importante valorar la legitimidad moral y política y ésta nos la da, no solo el acreditado trabajo realizado en el periodo que se extingue, sino el número de personas que le avalan. Este tercio de socios que han hecho llegar su apoyo representa el mayor número de avales presentados en la historia de la Asociación y triplica el quórum habitual que acude a las asambleas que convoca esta entidad. Confiemos, por cierto, que en esta Asamblea los socios comiencen a ejercer su responsabilidad y la primera de ellas sea acudir a esta gran cita.
El posible reelegido o el nuevo presidente (si fuera el caso) de la AEP debe enfrentarse a tres retos fundamentales y que a mi juicio vertebran la esencia de este mandato, ya que resultan claves para el futuro desarrollo de una profesión que, aunque algunos sean escépticos, sí se está consolidando, aunque no por donde algunos piensan.
Reto 1: la colegiación
El primer reto es sentar las bases necesarias para plantear al conjunto de las administraciones (nacionales y autonómicas) la creación de los colegios profesionales en aquellas comunidades autónomas donde haya número suficiente de miembros que cumplan los requisitos que la normativa establece. Ese asentamiento pasa por una labor compleja, en el ámbito interno (deberá definirse el alcance real de esta profesión), y el externo, (convencer a nuestros representantes públicos de la verdadera realidad de nuestro sector).Crear un colegio hoy parece un sueño o algo inalcanzable. No es cierto, aunque los colegios no atraviesan el mejor momento, la creación del Colegio es factible y legalmente posible, pero no se hace de la noche a la mañana. Hay que dar pasos muy bien pensados y ganarse la confianza de la Administración y contar con el compromiso de los profesionales, especialmente los que están en ejercicio.
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 Presidentes de las asociaciones de Cataluña, Baleares, Española y Galicia,, respectivamente, tras la reunión  celebrada el día 15 de febrero en Madrid
Segundo reto: la Federación (paso previo)
El segundo reto, que es previo al primero o en cualquier caso paralelo, pasa necesariamente por la convergencia y la unión. Nunca ha resultado tan crucial y necesario que la profesión se muestre compacta y unida, sin fisuras en esta cuestión, porque solo de esa manera podremos ser admitimos como interlocutores de peso ante cualquier instancia donde debamos reclamar presencia o acudir en caso de necesidad.
Por iniciativa de cuatro asociaciones, la española, catalana, gallega y balear, el pasado día 15 de febrero, se alcanzó un primer acuerdo –diría que histórico- por el que se comprometen a iniciar un proceso de común acción que derive en un plazo máximo de apenas un año en la creación de una Federación de Asociaciones de todo el país. Hay que felicitarse por esta iniciativa que requiere del apoyo general y hay que animar a sus legales representantes para que no pierdan esta oportunidad de unidad, cuestión que no tiene por qué ir contra las singularidades de cada parte. Es importante reseñar que en el acta del acuerdo se dice textualmente que en tanto dura este proceso todos los socios de las diferentes asociaciones gozarán de los mismos servicios y prestaciones, al considerarse entre sí “socios corporativos”.  Como decimos, esta puesta en común no está reñida con la autonomía propia que debe gozar cada asociación a la hora de elegir sus representantes, fijar sus actividades, cuotas o políticas que estimen necesarias para el cumplimiento de sus estatutos y las exigencias de los socios.
Este objetivo conllevaría la modificación del modelo asociativo que tenemos en nuestro país: una asociación española con ámbito en todo el país y varias asociaciones autonómicas o locales y que sobreviven con mayor o menor respaldo, y con más o menos visibilidad y representatividad. Ha de avanzarse hacia un modelo de asociacionismo territorial, acorde a la España actual, de tal forma que en cada comunidad autonómica haya una asociación fuerte en la que se integren todos los profesionales (no solo de protocolo como tal) y que todas ellas se integren en la Federación.
La apuesta por esta Federación, que debe ser una realidad operativa en 2015,  obliga a que la Asociación Española de Protocolo deba abandonar, por el momento, otras iniciativas fracasadas a nivel internacional (caso de la OICP, que tanto dinero le cuesta a la AEP y de la que no recibe absolutamente nada a cambio, ni tiene  el mínimo control y peso aún cuando es la Asociación más fuerte en este momentos en el ámbito iberoamericano; para que todos nos hagamos una idea, el voto de todos los socios españoles vale lo mismo que el de un solo vicepresidente o de un responsable de Comisión que pueda nombrar el presidente de turno). La AEP debe centrarse en este mandato en contribuir al orden del panorama nacional y, después, ya abordará, en el marco federativo, su representación en foros internacionales, que obviamente pasa por una auténtica Federación Internacional.
Cambio del modelo territorial asociativo
La Asociación Española debe reconvertir su modelo organizativo para dar paso a asociaciones territoriales, en algunos casos ya incipientes gracias a la existencia de las denominadas “delegaciones territoriales” (Andalucía, Galicia, Comunidad Valenciana, Murcia, Canarias), en otras muy consolidadas caso de Cataluña, Galicia (aunque ésta deberá hacer un esfuerzo por abrirse más al sector), Aragón (que debería comenzar a potenciar sus acciones y hacerse más visible) y Baleares (que también tendría que sufrir un proceso de reinvención) y, finalmente, en otras comunidades autónomas donde ya hay suficiente cultivo para lograr la creación de asociaciones como es el caso de Asturias y Castilla-La Mancha. Existen, otros colectivos locales muy activos, como en Córdoba, que igualmente deberían afrontar procesos de renovación.
En el resto de las comunidades deberían surgir grupos de personas con capacidad de liderazgo que pusieran en marcha su propia asociación e ir creciendo con el tiempo. El principal cometido de estas asociaciones regionales pasa por concienciar al sector de la necesidad de que en esta primera fase lo importante es estar y, más adelante, cuando tengan número y proyectos suficientes, comenzar a dar servicios y prestaciones. No pueden invertirse los términos como muchos piensan. La famosa frase que tanto hemos oído (“no me asocio porque no me dan nada”) es indicativo de la poca concienciación que existe sobre “hacer colectivo”.
Para “recibir” y sentirse arropado, defendido y reciclado hay que “estar” primero. A partir de ahí todo es posible. Ese es un déficit muy importante que está lastrando el movimiento asociativo español, y aunque nos duela hay que culpabilizar a la falta de compromiso personal de muchos profesionales en ejercicio. Ellos son los que deben practicar con el ejemplo y salir de sus “trincheras” para integrarse en los movimientos de base, abandonando su “guarida”. A medio plazo, ese aislamiento solo reportará soledad y  falta de apoyos cuando los precise.
La unión en las redes, el ejemplo de QOE
En este contexto, hay que pensar que el presente y el futuro del asociacionismo pasa por potenciar su ejercicio a través de las redes sociales y las nuevas tecnologías. Es bueno juntarse y compartir en el marco de los encuentros físicos, pero éstos son puntuales y resultan cada vez más difíciles por desplazamientos y gastos. Sin embargo, el encuentro en las redes está permitiendo un nuevo concepto de asociacionismo, mucho más activo, puntual y abierto y está reportando mejores resultados en el día a día.
Un buen ejemplo es el modelo “Queremosorganizareventos” (QOE), que con su millar de seguidores en Facebook y otros tantos en Twiter –unos más activos que otros, pero con unos impactos estadísticos de vértigo (más de cinco millones en su primer año de vida)-. QOE ha sido y está siendo capaz de hacer un genuino asociacionismo sin que la distancia sea una barrera. No obstante, le falta la operativas y la estructura. Por ello, sería entendible que QOE diera el salto hacia una Asociación virtual y pueda seguir ejerciendo su contribución a través de las redes, pero con una estructura que permita aprovechar la rentabilidad que irradia cada día. El modelo QOE, una experiencia sin precedentes, debería ser analizado con detalle pues sus aportaciones al concepto profesional y al respeto del sector son encomiables. No tratamos con ello de poner en la balanza el peso de cada opción, sino sencillamente no despreciar nada ni a nadie, pues la suma de todos es ahora esencial.
Resulta obvio que en esta Federación deberían integrarse todo tipo de asociaciones que funcionan en España relacionadas con el protocolo, los eventos, la investigación aplicada, etc. Hay que hacerles una llamada para que den pasos firmes hacia la unidad. Todos buscamos lo mismo, cada uno desde su óptica o desde su ámbito competencial: hacer profesión y que ésta no sólo sea reconocida (cada vez más), sino socialmente aceptada y considerada, evitando así los periódicos “ataques” que de forma injustificada se producen desde ámbitos, políticos, periodísticos, empresariales e, incluso, universitarios.
Tercer reto: abrir el sector
El tercer reto es abrirse. La profesión tiene que dejarse de mirar al ombligo y elevar su mirada para que el bosque no le impida la visión del horizonte. La apertura, en nuestra modesta opinión, pasa por integrar a todo el sector de la organización y sus gestores, a los niveles que sean, de tal forma que acabemos con esa absurda situación que desdobla la profesión entre quienes se aferran a lo estrictamente protocolario y quienes, por el contrario, derivan hacia la organización y producción de eventos, sector éste hoy controlado cien por cien por las grandes agencias de comunicación, producción y creación de eventos.
Esta dualidad no tiene sentido en el mundo actual. Todos somos gestores de eventos, unos en el ámbito oficial, otros en el empresarial, deportivo, social, etc. No es menos importante el profesional que se dedica a comercializar asesoramiento en la organización de bodas, que el que se ofrece de consultor para un evento deportivo, o de quien ejerce en un ayuntamiento o en una empresa. Existen especializaciones, como en la medicina o el derecho, pero todos son médicos y abogados y permanecen como tal unidos entorno a los colegios, con independencia de que haya asociaciones de pediatría, cirugía vascular, psiquiatría o laboralistas, penalistas o administrativos. Es necesario superar con cierta urgencia estos reinos de taifas que se han creado en aras a intereses que ya no van a parte alguna.
El sector ahora es muy amplio y yendo juntos seremos fuertes porque estamos moviendo la primera industria de este país (sí, la primera). Caben todos y no tiene sentido alguno que expertos en eventos, proveedores de servicios para eventos, OPC’s, universitarios, azafatas o auxiliares, etc., sigan caminos diferenciados. Todos trabajamos en el sector y, respetando las singularidades a través de los marcos idóneos, debemos converger en una misma plataforma.  No debería ser un sueño, sino una realidad.
El carné profesional
Es evidente que los responsables del siguiente mandato de la AEP tienen muchas más cosas que hacer y ofrecer, pero hemos querido reseñar lo que consideramos que deben ser los tres ejes que conduzcan toda la estrategia asociativa global en nuestro país, con independencia de quienes estén llamados a llevarla a cabo. Sólo si se logra esto tendrá sentido el “carné profesional”, ése que debe habilitar la futura Federación (has la existencia del Colegio), una vez se fijen los criterios de quienes tiene derecho a él (indudablemente los que ejercen en el sector, en cualquiera de sus campos, y de quienes acrediten la superación de una formación  cualificada en las áreas propias de los eventos). Podrán establecerse categorías, especializaciones, etc., pero el carné es necesario para frenar el indebido intrusismo, las indecorosas actuaciones sin ética alguna, el descontrol en la formación, la guerra de tarifas y precios, el abuso de los contratadores al exigir precios por debajo de mercado, la indefensión del funcionario, el vapuleo periodístico, la consolidación de un perfil realista que sea respetado por los servicios de personal y recursos humanos a la hora de contratar, el reconocimiento de nuestro trabajo por parte de las administraciones y la sociedad en su conjunto, y un largo etcétera que requieren de actuaciones a corto, medio y largo plazo.
El riesgo de la soledad
Este es el panorama actual y mi opinión personal, que defenderé en foros públicos, sobre el mapa asociativo y profesional del sector. Este es, por otra parte, los retos que en un sentido u otro los nuevos responsables de la AEP deben asumir como prioritarios. Es preciso que los órganos de gobierno actuales y futuros sean conscientes que es necesario aglutinar personas con ideas claras, capaces de liderar y dispuestos a actuar. Y, una vez más, hay que apelar a cada uno de los profesionales para que se impliquen más, porque aunque ahora se pertrechen en el puesto que tienen, mañana podrán sufrir una tremenda soledad e incomprensión. No estamos legitimados ahora para quejarnos de que se pongan a dedo puestos de trabajo, que se contrate gente inexperta, que se saquen eventos a concurso cuyas bases no tienen ni pies ni cabeza, que haya oposiciones a la carta, que “protocolarios” y “eventistas” se enzarcen en acotar sus territorios, cuando muy al contrario deberían ir de la mano.
Solo de darse estos pasos veo un buen futuro a esta profesión que pese a ser de las más fuertes sigue siendo mirada como auxiliar o poco relevante. ¿Por qué tenemos que disfrazarla bajos epígrafes como comunicación, relaciones institucionales… para que no nos vean como los bichos raros, rancios, demodé, antiguos, que lleva el desgastado cuño de “protocolo”? Ese por qué tiene varias razones, la primera y más urgente: no hay un compromiso severo personal de quienes ejercen en la actualidad con la profesión en su vertiente asociativa y corporativa. A veces se me cae la cara de vergüenza cuando veo determinados “líderes” profesionales e institucionales mirando por encima del hombro al resto del sector y desentendiéndose de él. Un mal favor a todos, pero también una actitud suicida.
Debemos de lograr en nuestro sector, porque los hechos lo demuestran, que en no estar asociado en su colectivo profesional proyecte una imagen negativa, y que el hecho de estarlo sea la garantía de la auténtica profesionalidad. Temas tan importantes como la seguridad, la arquitectura, la cobertura legal… en los eventos sería otra cosa en nuestro país si desde el propio mapa asociativo se fijaran las bases y exigencias legales correspondientes que eviten daños irreparables y que la administración vea en esas plataformas el interlocutor idóneo para regularizar el sector y establecer las exigencias que se deriven de nuestros trabajos.
No es momento todavía de pedir a las asociaciones servicios concretos (que ya dan y algunos muy importantes). Lo prioritario ahora es unirse para que nos respeten, para mostrar fortaleza. El profesional para que sea respaldado. El recién titulado para que encuentre su oportunidad. Y eso solo se logra asociándose y federándose. Esa es la respuesta que entiendo debe darse a ese agnóstico que pregunta: ¿Y qué me aporta la asociación (la que sea)? Inmediatamente, deberíamos realizar la contrapregunta: ¿Qué haces tú por la profesión, además de querer ser obviamente un buen y ético profesional…, que se presupone?
No puedes exigir, sino das. Esa es la cuestión. Y el reto.
(Amigo y compañero profesional: si has llegado hasta aquí y de estas líneas puedes sacar algunas conclusiones habrá merecido la pena).

“Foto de Estado”, asignatura pendiente

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Hace unos días se me ocurrió subir a mi Facebook (https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10152157476020452&set=a.10150253253230452.371123.551705451&type=1&theater) la foto del Presidente del Gobierno imponiendo la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil al Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Guido Westerwelle, en el transcurso de un sencillo evento celebrado en el Palacio de La Moncloa el pasado 9 de diciembre, en presencia de nuestro ministro de la diplomacia, José Manuel García Margallo.
Subía la imagen porque francamente me llamaba mucho la atención la imagen que había publicitado el propio servicio de prensa de la Presidencia. Es decir, no se trataba de montaje alguno, ni mala intencionalidad por parte de algún gráfico o medio. Era la imagen que esta alta institución española decidió difundir, junto a otras tres más.
Hasta la hora en que se escribe esta crónica ha habido 43 comentarios de personas que conocen bien este mundo y de ninguno de ellos salen comentarios positivos. Falta de sentido del Estado en la escenografía general, simpleza, poca solemnidad, parecido a la entrega de un premio “Míster”, muñecos de cera, comunicación penosa, falta de cortesía en la cesión de la derecha, críticas a la ausencia de criterio por parte de la Jefatura de Protocolo del Estado, poca naturalidad, desacierto con el fondo del árbol… Así una opinión tras otra.
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Había puesto la imagen porque veía a nuestro presidente entregando una alta distinción en mitad de un bosque, en un posado forzado, de esos que transmiten simple compromiso, sin calor alguno y carente de valor significativo. Por otra parte, tampoco estaba muy de acuerdo que el gobierno de España tuviera que dar este tipo de condecoración al Ministro alemán, habiendo otras más propicias. Pero esto quizá ya me importa menos ante la cantidad de desatinos que se cometen con la entrega de estos premios del Estado, que más bien parecen artículos del bazar institucional del que se tira sin criterio alguno para compensar determinados compromisos. Son distinciones que no llegan al ciudadano, en su doble sentido: ni se la dan generalmente a él, ni entiende por qué se las dan a otros.
La necesaria reforma del Derecho Premial.
Comparto plenamente la teoría de algunos expertos, como Fernando García-Mercadal y Alfonso de Ceballos-Escalera, que consideran urgente y necesario renovar todo el Derecho Premial español, en primer lugar porque está muy desfasado y no responde a la realidad actual y, en segundo lugar, porque existe exceso de tipos de condecoraciones que hacen restarse valor unas a otras. Me decanto claramente, a semejanza de otros países democráticos, por ir a una nueva legislación que unifique en una o dos condecoraciones con diferentes grados (conservando el nombre de aquellas más históricas y simbólicas -caso de Isabel la Católica y Carlos III-), definiendo claramente quiénes pueden tener derecho a ellas y abriéndolas a todo tipo de ciudadanos.
Defiendo, además, que se entreguen en una o varias ceremonias solemnes anuales, bajo la presidencia de una autoridad de relieve (en este sentido guardo ejemplos vergonzantes) y dándole mucho más relieve institucional al evento. De esta forma se acabaría por una parte con la dispersión de ceremonias y tipo de cargos que las presiden, el secretismo y falta de transparencia en la burocracia de su concesión, el evidente amiguismo que rodea su otorgamiento y el carácter endógeno que las envuelve. Todo ello quita valor a la concesión de quienes realmente se han hecho merecedoras de la condecoración. Para algunos, de hecho, recibir estas distinciones ya es cuestión de coleccionismo. Hay casos sangrantes al respecto.
Hay que buscar la nueva foto del Estado.
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Sobre la “ceremonia” objeto de la foto y el debate en mi FB, es cierto que carece de sentido institucional, y que su formato no responde a la comunicación pretendida. No soy muy partidario de la excesiva oficialización en la puesta en escena, en consecuencia de recargarla con excesivos símbolos oficiales (banderas, escudos, tapices, etc.), pero sí de que se confiera más solemnidad positiva -ello no significa insisto más aparataje, sino mayor valor al evento-, y se frene esa inevitable tentación de pensar que detrás de la acción hay un evidente compromiso institucional o una mera excusa para decir adiós a alguien o agradecerle que nos haya hecho algún recadillo que otro.
Posar ante un árbol navideño francamente no me parece la imagen más adecuada, con un trasluz de fondo inadecuado (no sé por qué La Moncloa insiste una y otra vez en este marco). Parece un encuentro de amigos donde uno le pone al otro una banda cuyo significado, por otra parte, desconoce la mayoría de los españoles. Parece que quedaron a tomar un té en los jardines de La Moncloa y que en un momento determinado el anfitrión le entregue una banda de “Míster” a su invitado de honor. Los comentarios habidos en el Facebook son bastante benévolos, porque lo cierto es que no es de recibo que se “juegue” de esta forma con unos premios que son del Estado, es decir, de todos los españoles.
Alguien debería explicar al Presidente del Gobierno cuándo debe dar la derecha a sus invitados de honor -por ejemplo en esta ceremonia- porque se confunde demasiadas veces y, al mismo tiempo, cuándo debe dar la razón a quienes se dedican a organizar sus eventos frente a los “mercenarios” comunicadores de La Moncloa que por huir de imágenes muy protocolarias hacen añicos el sentido de Estado. Entre lo “casposo” del desfasado protocolo y la imagen de ternura navideña, donde parece que Papa Noel ha dejado la Gran Cruz para el alemán al pie del árbol, hay un término medio.
Tiene uno la sensación que La Moncloa carece de una estrategia clara de protocolo, que sus altos responsables lo ven como un mal necesario, y que tratan de dulcificarlo recurriendo a formatos donde normalmente el resultado es peor todavía porque termina por decontextualizarse. Veo bien y necesario que el Gobierno busque nuevos formatos para sus eventos, que transmita una imagen más actual y próxima, más natural y menos oficializada. Pero eso no se hace colocando un arbolito junto a un repostero o delante de una puerta que da al campo.
Nuestros gobernantes deberían dejar a los verdaderos técnicos de protocolo que hicieran su labor, si los que tienen están debidamente preparados para encarar la necesaria reforma de la escenografía general de los actos de Estado, harina de otro costal. Sí, porque nuestras instituciones mostrarán más cercanía si saben planificar mejor sus eventos y hacer la adecuada puesta en escena. Y ésta requiere especialistas en la materia, y no diplomáticos, militares o similares que al respecto saben lo que yo de física cuántica.
Invertir en protocolo.
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Está bien invertir en comunicadores, pero que no se olviden que hay que hacer lo mismo con verdaderos expertos en protocolo, capaces de hacer algo más que colocar banderas, tapices, micrófonos o asignar precedencias. El protocolo requiere una adecuada puesta en escena y un sentido comunicacional del significado de un evento. Esa es una de las carencias que tiene nuestro protocolo oficial. Las instituciones del Estado suspenden gravemente en la asignatura de saber transmitir a través de los eventos. Lo hace tan mal, que cuantos menos genere mejor. Lástima, porque debería hacer más, pero bien concebidos. Subyugadas a la tiranía de determinadas políticas de comunicación, se olvidan que a través de los eventos es muy probable que se conecte mucho mejor con ese pueblo que da la espalda a los políticos y a las instituciones. Seguro que en ese desencuentro algo tiene que ver el mal entendido protocolo y la grave ausencia de especialistas reciclados en la cuestión. No basta ya con la experiencia de sus profesionales, sino que éstos deben empezar a convencer de la necesidad de reformar la “foto de Estado” y para ello hay que saber mucho más que el Real Decreto 2099/83.
Al protocolo institucional le queda mucho por avanzar. Está atascado en viejos formatos, y cuando busca nuevas puestas en escena su resultado es malo. Eso me hace pensar que realmente no existe una estrategia clara y definida del protocolo como un instrumento claro y necesario de comunicación.
Todo eso y más me da que pensar cuando veo estas fotos: necesitamos una auténtica “revolución” en la imagen de los eventos de Estado. Hoy nos hemos centrado en este sencillo acto, pero es ya muy preocupante lo que está ocurriendo en otros eventos e instituciones cuyo protocolo se empeña en no contribuir a la imagen de un Estado moderno, sencillo y cercano. Por ejemplo, es sorprendente (para mal) las felicitaciones oficiales de este año de nuestro Rey y su Heredero. Y así sucesivamente. Tema del que hay que seguir hablando.
¡Feliz Navidad para todos los lectores!
¡Feliz creatividad para 2014!

(Fotos Pool Moncloa)

El desembarco del Protocolo en el Periodismo

El sector periodístico “serio” debiera plantearse muy seriamente la importancia que tiene el Protocolo en la labor diaria que realizan cuando sus representantes hacen la cobertura de determinados eventos y escriben la crónica correspondiente. Por una parte, se cometen demasiadas ligerezas en los comentarios e interpretaciones sobre determinados asuntos que para nada se ajustan a la verdad. Si uno de los propósitos del profesional de la comunicación es informar verazmente de lo que ha visto, e interpretarlo lo más adecuadamente posible, no puede dejar a su intuición o a su “sentido común perceptivo”  determinados elementos que están presentes en el hecho noticiable y que provienen del ámbito del Protocolo. Hay demasiadas cosas, con mucho significado, que pasan desapercibidas para la opinión pública sencillamente porque el periodista no dispone de formación ni de información sobre cuestiones derivadas con otras disciplinas como la que es objeto de este comentario.

El cómo se dispone una ordenación de autoridades, el orden de las intervenciones, la colocación de las banderas, manera de producirse los recibimientos, la escenografía, etc., aportan una extraordinaria información añadida que para quienes conocemos el mundo del Protocolo nos permite profundizar aún más sobre el alcance de que todo el mundo puede ver pero no todos saben comprender o interpretar. Es ya exigible, dado que el Protocolo es algo que está presente en la totalidad de los eventos que cubren los medios de comunicación, que los redactores o locutores tengan unos mínimos conocimientos para ayudar al lector, al oyente o televidente a conocer el entorno y la globalidad del alcance de la noticia y de la información que de ella pueda desprenderse.

Creo que es absolutamente imprescindible que los planes de estudios de todas las carreras vinculadas a las Ciencias de la Comunicación -desdeluego, periodismo o cualquiera de las especialidades de Comunicación- incluyan una buena dosis de créditos de estudios relacionados con el Protocolo y la Organización de Eventos.

Protocolo y Organización de Eventos, bien que le pueda pesar a algunos, es una Ciencia dentro de la Comunicación -así reconocida por el Gobierno español y otros extranjeros- y debe servir, además de la función en sñí mismo que tiene, para contribuir a una mejor Comunicación global. Así como para hacer Protocolo es absolutamemte necesario tener una buena base de lo que representa la Comunicación y sus necesidades, las demás carreras han de prever lo mismo. Es notorio cómo al público se le usurpan muchos detalles, muy significativos, porque el periodista no repara en ellos o sencillamente no sabe valorarlos.

Aunque a veces hagan referencias a temas de Protocolo no llegan a averiguar su significado, limitándose a contar las cosas como si fueran una mera descripción de lo que ven sus ojos. Lo observamos a diario este problema, y a la inauguración de los Juegos de Verano de Londres me voy a remitir -por citar una gran evento internacional- para que se observe la pérdida de eficacia comunicativa que no se explique bien el alcance del ceremonial olímpico. Es una pena, porque detrás a veces hay más información de lo que aparentemente se ve.

No voy a ser tan atrevido de solicitar que en eventos complejos aparezca la figura del asesor de protocolo, que, así todo, debería de estar cuando realmente es necesario. Pienso que bastaría en principio con una adecuada formación de los periodistas a quienes, además, se les debería dotar de materiales a los que puedan recurrir para realizar las consultas pertinentes. Es obvio, que habrá situaciones donde sería conveniente la presencia de los expertos, pero en el día a día es el periodista quien debe de “saber leer más allá”.

En consecuencia, estimo que quienes estamos en el lado de la Organización, a través de nuestros representantes legales, que son las asociaciones, deberíamos propiciar acuerdos de colaboración que vayan encaminados en esta línea. Es obligado que las asociaciones de protocolo y de periodistas, la Academia de televisión, etc., lleguen a acuerdos encaminados a esta seria necesidad. Con ello se lograría, además, acabar con la frivolización del Protocolo, expresión que para muchos periodistas solo es cosa de reyes, corbatas y tacones, por citar tres tópicos. Creo que las asociaciones deberían tomar muy en serio propuestas de este tipo en beneficio de todos. También se puede decir que hacer Protocolo hoy de espaldas a la Comunicación y sin conocer sus exigencias actuales es suicidarse profesionalmente. Al margen de lo que hagan las asociaciones, al menos uno está ya en esa batalla.

La reinvención del nuevo saber estar y del protocolo social

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Han pasado ya quince años desde que escribiera mi primer artículo en La Hora de Asturias sobre un tema de protocolo social y, obviamente, hemos dejado atrás otro número igual de años. ¿Cuánto ha cambiado la sociedad española y mundial a lo largo de este tiempo, si lo analizamos exclusivamente desde el punto de vista del saber estar, las formas, el trato, las relaciones sociales, la urbanidad, el protocolo…? Para algunos quince años es mucho tiempo; para otros, ha sido un suspiro. Pero, sea lo que sea, pocas cosas ya son iguales en tan escaso plazo de tiempo. Hace quince años mojar la yema del huevo con pan en público era casi “un delito”; hoy lo es pero, no hacerlo. La sociedad española ha variado mucho su percepción de lo que es un buena educación social, aunque es cierto que aún muchos se aferran a la vigencia de las mismas, otros estiman denostadas gran parte de ellas, e incluso otros que hacen de esa llamada buena educación un armapara mostrarse públicamente como más modernos bien a través de un estricto cumplimiento o viceversa.

En tan escaso espacio de tiempo han cambiado mucho las cosas desde el prisma de la conducta social o la buena educación. Creemos que la mayoría de estos cambios han sido para bien, aunque también se ha puesto de moda saltar aspectos de la buena educación tradicional con el ánimo de alejarse de un mal entendido protocolo. En estos tiempos, quienes no terminan de entender adecuadamente el Protocolo con mayúsculas, por una parte, y la Educación Social, por otra, optan por saltárselo sólo con la finalidad de mostrarse más rompedores o transgresores. No compartimos esa visión. La buena educación y el buen saber estar no es cosa de antiguos, retros o desfasados. Tampoco síntoma de distinción, sino sencillamente de respeto y apuesta por una buena convivencia.
No voy a entrar en señalar qué es para mí lo correcto o lo incorrecto en cada caso, porque francamente me interesa poco y además tampoco soy nadie para decir lo que está bien y lo que está mal. El propósito de estas líneas es sencillamente reflejar que en tan poco tiempo estamos viviendo un cambio sin igual en las formas de relación social. En el mismo han influido notablemente las nuevas formas de comunicación, a través de las tecnologías, la globalización y la cada vez mayor influencia de la sociedad norteamericana. Y también, por qué no decirlo, por ese sentido de lo práctico que todos hemos adquirido en una sociedad de prisas, menos jerarquizada, más igualitaria y menos dramatizada. Pero, sea por lo que sea, hay que registrar la evolución.
La denominada buena educación en términos generales ha evolucionado positivamente en muchos aspectos, aunque también hay que reflejar que la relajación en las formas ha aportado situaciones muy curiosas. Hace precisamente diez años me hacían una entrevista en el diario ABC que titulaba con una expresión mía: “La corbata como prenda obligatoria terminará por desaparecer”. Una entrevista que generó entonces alguna carta de protesta e indignación por determinados estilistas y, sobretodo, por los fabricantes de estas prendas. Pero lo cierto es que una década después hay que decir que el uso de la corbata para eventos sociales donde era imprescindible hoy ya no lo es tanto. Cada vez observamos más en actos que esta prenda ya no es tan esencial y que la moda está dando alternativas dignas que no restan para nada el buen saber estar. La corbata siempre estará ahí, pero no como complemento obligatorio. Es más, la liberación de esta obligación social ha generado claramente una mayor sensación de libertad y autonomía que entendemos positiva, siempre y cuando que el atuendo alternativo esté a la altura de las circunstancias.
A la mesa
Quizá donde más se ha notado la evaluación de las formas sociales es en la mesa. A nadie se le escapa que era habitual comer en casa de una manera y en público de otra. Por mucho que nuestros padres nos dijeran que en casa había que comportarse como lo haríamos fuera de ella, lo cierto es que al final no se hacía. Eso producía –produce– cuando comíamos –o comemos– fuera de nuestro hogar, en situaciones ajenas a los encuentros con los amigos, una cierta incomodidad. ¡Cuánta liberación sentimos cuando a alguien se le ocurre decir al inicio de la comida, “¡nos quitamos las chaquetas!”. Era como hacer que el encuentro gastronómico rompiera la frontera de un saber estar, queriendo estar, pero disfrutando estar.
No se considera hoy de mala educación en la mayoría de los encuentros gastronómicos hincar la mano a la gamba, o mojar con pan el huevo (con la ayuda del tenedor), o compartir unas almejas sin tener que separarte tu ración con una cuchara. Claro está que tampoco parece saludable untar el pan en la salsa de ese plato común. Es muy habitual hoy en las comidas de negocios solicitar uno o varios platos compartidos, para continuar con uno principal individual. Esa comida compartida que queda en el centro de la mesa, y que de acuerdo a las normas clásicas deberíamos retirar nuestra porción con los cubiertos, constituye una buena ocasión para favorecer el diálogo sin tener que estar pendiente de servirte lo tuyo. Vas picando y se favorece algo que hoy es la clave de todo: la naturalidad.
Sin embargo, es cierto que existe un mayor interés de las personas por saber comer adecuadamente, que en este tiempo han proliferado los manuales del saber estar, pero la mayoría ha sabido interpretar que la buena educación en la mesa tiene sus dosis de naturalidad, espontaneidad y sentido común. También es verdad que los restaurantes y las empresas de cáterin han adoptado soluciones que permiten atender esta evolución sin romper las buenas formas. Precisamente, uno de los mayores cambios que se han experimentado en estos últimos quince años ha sido la adaptación de la hostelería en su conjunto. Si hace veinticinco años lo más correcto en un banquete era que los invitados se sirvieran a sí mismos de la fuente o bandeja que presentaba el camarero, hoy se ha impuesto la comidaemplatada, es decir, dispuesto el alimento en el plato para el comensal. De esta manera, el invitado no sufre tanto por la dosis que ha de tomar, la manera de servirse y esa antigua obligación de tener que comerse todo el plato. Los buenos chefs prefieren que la comida llegue al invitado conforme al diseño del cocinero y no a cómo te la pueda servir el anfitrión o uno mismo. Ése, a nuestro entender, ha sido un cambio positivo. En comidas sociales la cantidad es lo de menos, y la calidad se impone. Hemos avanzado hacia una comida variada, generalmente tematizada y cuyos platos ofrecen en su presentación un diseño que más bien parece una obra de arte. Claro está, la tortilla o la croqueta siempre estarán ahí, pero hoy se presentan en estos eventos de forma alternativa y más imaginativa. Estas nuevas presentaciones que incluso a muchos comensales el propio camarero tiene que explicarles lo que es y cómo hincarle el diente.
La parte gastronómica de un evento es un importante acompañamiento a lo esencial del encuentro, que suelen ser las relaciones personales. No hay que olvidar que hace años un buen y amplio cóctel se agradecía porque era menos habitual participar en ellos, pero ahora, allá dónde hay un evento, aparece enseguida la copa y la comida. Se impone hoy sorprender con reducidas porciones de comidas impensables que obviamente gustarán más a unos que a otros. Pero, en este sentido, la tendencia actual avanza por estos derroteros. Se busca que el invitado se vaya satisfecho, pero sobretodo sorprendido y agradecido por la singularidad.
Sencillez y naturalidad
Dejando de lado las situaciones familiares o de amistad, las comidas fuera de casa se han vuelto más sencillas, menos pesadas, más ligeras y favorecedoras del intercambio de la palabra. Hemos pasado, al menos en el mundo de los negocios y las relaciones institucionales, de las comidas interminables a las comidas medidas. En este sentido, siempre me acordaré de lo que me decía una y otra vez Graciano García, director emérito de la Fundación Príncipe de Asturias, que entendía algunos protocolos como una forma de secuestrar a los invitados. “He ido a una comida y nos dieron más de las cinco”, decía el creador de los Premios del Heredero de la Corona. Lo mismo decía de otros eventos no gastronómicos: “En las invitaciones debería ponerse o bien el programa o contenido del acto o al menos el tiempo previsto de su duración, porque he ido a eventos donde calculas por lógica una determinada duración y luego resulta que no hay manera de marcharse cuando ha pasado el tiempo razonable. Es todo un secuestro”, añadía. Y no le falta razón. Creo que, en ese sentido, se ha mejorado bastante, pero aún queda camino por recorrer.
Hasta hace poco había que saludar a los demás de una forma determinada, las mujeres podían hacerlo sin levantarse del asiento, se seguía una cierta jerarquía, unos tratamientos… Hoy, también ha variado: un apretón de manos o abrazos entre ellos, y par de besos para ellas. El  casi ha barrido al usted, e incluso a veces hasta nos suena raro oírlo por ejemplo cuando un político se lo aplica al entrevistador de la tele o de la radio. Comienza a sonar raro la palabra señor o señora, hemos matado ya el señorito oseñorita (salvo para uso despreciativo), y el don ya es cosa de finolis.
Las cartas ya han pasado al olvido salvo la correspondencia oficial que incluso observamos como bichos raros. Todo lo comunicamos vía internet. Tampoco vamos al banco. Nuestra clave personal nos permite acceder a las cuentas en casa y llevarlas con más comodidad, pagamos sin desplazarnos y sin ver al receptor, quien por supuesto ni nos muestra su agradecimiento. Ya parece hortera enviar una felicitación de Navidad y buscamos opciones audiovisuales que circulan por la red. Si según un estudio de hace doce años cada español recibía una media de cuatro felicitaciones navideñas, hoy estamos por debajo de una y, sin embargo, nuestro buzón de correo electrónico en esta fechas se colapsa de felicitaciones impersonales y algunas muy poco originales. Pero claro, ya muchos padres han decidido dejar en segundo plano los Reyes Magos porque regalar en Papa Noel es dar una oportunidad al pequeño para que juegue más tiempo antes de volver al cole, mientras mata las navidades a la vera de sus abuelos, muchos ya convertidos en padres de hecho.
Encierro tecnológico
La sociedad ha cambiado notablemente. Uno mismo está escribiendo este artículo en el vagón del AVE entre Madrid y Barcelona. He observado la totalidad del convoy y de los 75 que vamos sentados en turista, 63 personas están ensimismadas en su mundo tecnológico. El ruido constante de las teclas y el tacatá de interactivos, mensajes, se rompe constantemente por los cientos de sintonías de los teléfonos portátiles o de las conversaciones donde llegar a conocer prácticamente la vida de un compañero de viaje dos asientos más allá. No se habla ya con el de al lado como en los antiguos vagones de Renfe, ni casi se levanta la vista cuando la azafata te ofrece los auriculares. Los televisores se quedan, como muchas veces en casa, encendidos como si fuera necesario acreditarnos que estamos en casa.
A los niños y jóvenes les gusta cada día salir menos del hogar. Su plataforma de juegos virtuales es más atractivo que ir a mitad del patio del colegio o sencillamente a la calle o a las zonas comunes de una urbanización. Prácticamente entre ellos se comunican más tiempo por la mensajería móvil y por las redes sociales que de palabra. Se hace la foto la niña recién peinada y a los dos minutos la puede ver medio mundo. Manda un twet y moviliza a toda su panda o, sencillamente, gasta una broma al profesor que graba en video y sube luego a las redes para ridiculizar al maestro. Los padres, todavía en proporción muy alta, no ponemos coto al abuso de estos artilugios que indudablemente conducen a la pérdida de determinadas habilidades sociales y a la vida en sociedad. Quizá por ello, cuando llega el momento del encuentro tengan que recurrir a otras hazañas o tirar del botellón sin límite para recuperar su capacidad de iniciativa o su libertad cuando está ante el ordenador. No le gusta estudiar, ni entiende para qué, porque en Internet lo tiene todo y la calculadora ofrece el resultado correcto.
En este sentido, se habla de una o dos generaciones perdidas como consecuencia de la crisis. Pero quienes tenemos la oportunidad de dedicarnos a la enseñanza desde hace muchos años también podemos constatar que una gran parte asiste, tras sus estudios universitarios iniciales, a docenas de cursos especializados. Pero gran parte de ellos carecen de iniciativa, imaginación, creatividad y habilidades, porque estas generaciones ya se han atrincherado en las redes y las tecnologías. Es increíble ir por la calle y ver a un niño de ocho años con su teléfono portátil o usarlo fundamentalmente para jugar o mensajear. O toman prestado del papi o la mami el Ipad para jugar al trivial electrónico o a las nuevas guerras de las galaxias.
Pero no sólo es cosa de niños la llegada de nuevas formas de conducta social. También los maduros hemos modificado maneras que hace bien poco generaban descalificaciones. ¿Quién no oyó alguna vez la frase “Nunca llevaré un móvil porque no quiero esa dependencia”? Hoy llevan móviles (a veces varios) todo el mundo. Incluso a los abuelos, que tanto les costaba manejarse con ellos, no se separan de los mismos un instante. ¿Quién no oyó alguna vez que en los restaurantes debería hacerse como en el Oeste, poner un letrero en la puerta como “En vez de colgar las pistolas aquí”, “Dejen su teléfono”? Hoy llegamos a la mesa y lo primero que ponemos es el teléfono, que normalmente atendemos aunque estemos en compañía, dando excusas con la llamada esperada. Se habla mucho de cuál debe ser el protocolo en estas situaciones, pero es absurdo decir que lo normal es ni sacar el teléfono, ni atenderlo salvo una verdadera emergencia, porque la realidad es otra. ¿A cuántos restaurantes no vamos sencillamente porque tienen mala cobertura, o con esa excusa levantarnos de la mesa cada equis tiempo? En este tema es curioso observar en bares de menú del día a personas solitarias con su Ipad abierto sobre la mesa y atender con una mano su facebook mientras con la otra toma su potaje o, sencillamente, viendo la televisión a la carta.
El fumar
La prohibición de fumar en espacios cerrados ha provocado otro cambio en nuestros hábitos sociales. Quienes no han podido liberarse de las ataduras del tabaco, han tenido que tirar de imaginación para aliviar su ansiedad. Saben de determinados rincones del trabajo donde puedes dar rienda a tu cigarro, o tomar la cerveza a la puerta de esos cientos de bares que se han visto obligados a crear otro tipo de terrazas, bajo setas caloríficas y entre repletos ceniceros. Claro, llegan estas épocas y los costipados, a la orden del día. No hay un lugar público que tenga un acceso digno: o te encuentros un par de ceniceros desbordados de colillas o el suelo de las inmediaciones está asolado de tabaco o un grupo de incomprendidos se encuentra compartiendo el humo de sus pitillos. Fumar ya no es cosa social, ni tampoco de hacer de ese hábito algo con estilo y respeto. La ansiedad puede con todo, incluso con la buena educación de lanzarte a la cara el humo con esa mirada muchas veces desafiante.
Asistimos a cambios importantes en las actitudes ante los demás, está claro. Resulta difícil para los estudiosos de esta materia delimitar ahora mismo qué debería ser correcto o qué no, porque lo práctico lo invade todo. El pantalón vaquero roto, las zapatillas roídas, el pantalón mostrando el tanga o el calzoncillo, la clara influencia del vestir dejado de clara influencia norteamericana invade nuestras calles. A veces en la diversión, pero también en las aulas, en los centros de trabajo y cada vez más en determinados eventos sociales. Choca mucho esta circunstancia, por ejemplo, en los jóvenes de hoy –especialmente ellas– cuando dejan en casa el pantalón raído para ponerse su espléndido vestido y maquillaje para asistir al cumpleaños de la amiga o para salir el viernes por la noche. Y no se conforman con una solución de Zara. El pelo largo ha dado paso a la maquinita en ellos, y en el caso de ellas comienzan a hacerse las mechas cuando apenas pasan los doce. No cuestionamos nada, nos limitamos a recoger estos cambios.
Situándonos en el mundo
Nos hemos vuelto todos muy modernos casi de golpe. Salimos de casa y enviamos un twet avisando al mundo de nuestros primeros pasos matinales y vamos dando muestra de nuestra existencia a lo largo de la jornada. Hay quien incluso va dejando rastros con su móvil de la ubicación en que se encuentra. Y todo pese a que decidimos aislarnos con los auriculares. Es como si se quisiera que todo el mundo supiese lo que uno hace pero que no moleste. No preguntamos al transeúnte cuando nos perdemos porque llevamos GPS. Casi no preguntamos por el nombre del hotel donde nos alojaremos, sino la dirección exacta o para ponerla en nuestro GPS, cosa por cierto ésta que ha aportado un gran servicio aunque alguna vez el artilugio nos haga dar más de una vuelta. Antes de ir a algún lugar nos conectamos a Google Map para echar un vistazo a la zona o ya ni preguntamos por qué zona cae la calle o lugar donde hemos quedado porque en menos de un minuto sabremos dónde está, cómo llegar por dónde y en cuánto tiempo. Y si lo hacemos en transporte público, nos apalancamos en el primer asiento libre, abrimos nuestro ibook y nos ponemos a leer olvidándonos del anciano o disminuido que se queda sin asiento y sin que nadie le ofrezca acomodo.
Uno va de camino al trabajo y observa cientos de tipos de todas las edades que caminan a través de sus rumbos parapetados en dos cascos con los que escuchan su música favorita o su emisora. Y adiós a los insomnios de la pareja, que sus auriculares y un Ifone o Ipad se pone a ver su película preferida y deja de dar vueltas en la cama o lanzar suspiros de desesperación. No necesitamos reloj ni despertador, ni agenda, ni libreta. Todo está en el artilugio. Por eso hoy se ha convertido en todo un drama perderlo o que te lo roben. Casi prefieres dar la cartera antes que tu móvil u ordenador.
Tiempos muy importantes de cambios, donde lo práctico se impone. Por eso, quizá entre tanta modernidad la pretendemos equilibrar a través de los programas televisivos glamurosos, mirando los vestidos de nuestras princesitas y artistas del momento o haciendo de la boda de nuestra… un evento por todo lo alto o tomando a veces decisiones increíbles cuando en un acto sencillo te están pidiendo un traje oscuro para ellos y un traje de cóctel para ellas. Es la contradicción de una sociedad que empieza a frivolizar con las relaciones sociales y no es consciente de la importancia que tienen y de saber estar a la altura de la circunstancias. Pero el mundo ha cambiado en muy poco tiempo y hay que reinventar el nuevo protocolo social. Precisamente ahora que el protocolo y la organización de eventos en su conjunto ya es una carrera oficial de Grado, un grupo de especialistas de la Universidad Camilo José Cela ha creado un grupo de investigación en torno a la Catedrá Ferrán Adriá para reinventar el nuevo protocolo que afecta a la conducta social. Ha de reinventarse porque los tiempos han cambiado y ya no podemos decir que es de mala educación dejar los cubiertos usados encima del mantel cuando reposamos para beber porque en el plato donde nos han servido la comida, cuyo fondo aparece iluminado por una bombillita no hay manera de encontrar una forma de dejar la pieza.
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Texto publicado en el periódico asturiano La Hora de Asturias con opcasión de su número 200. Tuve la oportunidad de escribir en su número 1.
http://www.lahoradeasturias.com/pdf_edicion/PDF_EDICIONES/ESPECIAL%20200.pdf
Páginas 18, 19, 20 y 21

La corbata indignante

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El verano y la corbata para mí son incompatibles, y especialmente en días como los que estamos viviendo más. Hoy hacia 33 grados cuando traje en ristre y corbata al cuello iba a una grabación televisiva. La verdad es que me sentía totalmente ahogado. Puede que influya que fuera lunes en eso de la falta de aire. Caminaba por la calle y la gente me miraba como un bicho raro. O al menos eso pensaba yo: ¿qué hace este tipo con corbata, sudando la gota gorda?

Es una pregunta que también me hago yo cuando voy más informal y veo a un tipo de estos de corbata arrastrándose por el suelo camino del bonito momento de desaflojar y quitar la soga, porque eso es lo que es, una soga. Soy defensor de ir reduciendo el uso de la corbata en el hombre como prenda obligatoria en las relaciones sociales. Pero tengo mis dudas existenciales de cuándo hay que llevarla y cuándo no. ¿Es conveniente salir en la tele sin corbata, cuando hasta la presentadora me esperaba con alfombra, silla isabelina y tacones? Si aparezco sin corbata les mato el programa. Y sin embargo es probablemente lo que correspondía.
Me recomendaba un amigo que hiciera como él. Chaqueta al hombro, corbata en el bolso y antes de presentarse ponerse la etiqueta. Quizá sea una buena solución en estos días de calor. Pero no sería mejor solución comenzar a hacer la guerra a esta prenda tapabotones de camisas o servilletas encubiertas para comidas de negocios u oficiales. Hombre, bajo un aire acondicionado todo se soporta, hasta estar en un cóctel de pie dos horas.
Precisamente, el otro día en un encuentro de lobby, en un conocido club de la capital, se nos pedía a todos que fuéramos de corbata, y efectivamente todos menos dos cumplimos con la etiqueta. Pero a nadie la pareció raro que el superconocido odontólogo y el apreciado constructor fueran sin corbata. Con el calor que pegaba en aquella terraza seguramente fueron los que más disfrutaron. Y me pregunto: ¿para qué la corbata? Seguro que todos hubiéramos estado mucho mejor sin corbata.
De cualquier forma me consuela que salvo excepciones pocas veces me pondré corbata este verano y también que cada vez veo más amigos incondicionales de la corbata que prescinden de ella en más ocasiones de las que podía imaginar y no sólo en verano. Llevo años prediciendo que la corbata terminará por dejar de ser prenda obligada en actos de protocolo. Al tiempo. Y si alguien se opone, le pongo a pasear por la Puerta del Sol a las 14.00 horas de un buen día de julio. Soy un indignao de la corbata en verano… O lo que es lo mismo es indignante la corbata a 30 grados bajo el sol…

Los ‘retoques’ políticos

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Venía estaba mañana por el Paseo de la Castellana y en un semáforo me quedé mirando a uno de esos carteles electorales de los que España entera está absurdamente invadida.  Digo absurdamente porque creo que para poco vale y sin embargo vale mucha pasta y encima enfea las ciudades. Pero no entro en ello. Sale al paso este comentario porque la imagen de la mañana se me volvió cuando la fotografía al mediodía en mi ordenador, con una pregunta sugerente: ¿foto o pintura? Claro, se queda uno mirando y piensa que cualquiera de las dos cosas puede ser después de haber visto a un excesivamente retocado por ordenador alcalde en funciones de Madrid y candidato a la alcaldía, Alberto Ruiz Gallardón. Si es que no parece él. Yo que le veo muy a menudo pues es vecino de Plaza/calle, paseando con su perrito y su séquito de seguridad, para nada me parece en el cartel. ¡Qué manía los políticos con eso de dar mejor imagen quitándose las cuatro o cien arrugas! Creo que los ciudadanos no somos tontos para influenciarnos por un retocado informático. A veces pienso que las políticas de imagen se enfocan a lo intrascendente.
El asunto de la foto, por si alguno tiene curiosidad, el pie de la foto decía: “Lo que a simple vista parece un lienzo de intensos colores no es otra cosa que una fotografía con poco o nada de retoque, que debe su anaranjado fondo, al reflejo de los rayos solares al amanecer sobre unas dunas que ensombrecen unas acacias eriolobas del parque Nambi-Naukluft en Namibia. Como cuentan en Gizmodo, todavía hay espacio para la belleza natural sin aditivos, ni colorantes”.
Lo cierto es que con la que está cayendo, da la sensación de que los retoques físicos deberían convertirse en nuevos toques y llamadas de atención a todos nuestros políticos para que recurran a un protocolo y unas técnicas de comunicación que les muestren más cómo son en realidad. Encubrir la verdadera personalidad es el fin de muchos.

Otro ‘isotopazo’

Mira que a algunos les ha entrado la manía de bendecir todo. Si hace unas fechas hacíamos alusión a la bendición del aeropuerto de Castellón, ahora los adjudicatarios de explotación del nuevo Palacio de Congresos de Oviedo, diseñado por el arquitecto Santiago Calatrava, han decidido abrir sus instalaciones a base de isotopazos. Claro, la polémica en la ciudad ya se ha lanzado. Y no es para menos, aunque en honor a la verdad hay que decir que de acuerdo a nuestro posicionamiento en relación al hecho estrictamente religioso han actuado de forma correcta.
Lo curioso es que esta gran obra para Oviedo, promovida por su ayuntamiento, pero con inversión en su mayor parte privada, es que los adjudicatarios decidan bendecir las instalaciones el mismo día que se inicia la campaña electoral. La empresa dice que no es una inauguración oficial, que ésa será más adelante. Pero, digan lo que digan, en el momento en que el señor arzobispo se pasa por el Palacio de Congresos y bendice los mismos ante los medios de comunicación, es normal que muchos piensen que se haya querido hacer un acto al margen de las autoridades, en un edificio que es público. Probablemente a algún político le hubiera gustado estar en esa pseudoinauguración, pero la Ley Electoral impide su protagonismo.
Como señalaba antes, al menos no se ha hecho hiriente para nadie que una instalación reciba la bendición católica. Si ése es el deseo de sus responsables hay que respetarlo. Pero lo cuestionable es que se haga a bombo y platillo, porque aunque no lo quisieran, la realidad acredita que es el Arzobispo quien ha inaugurado el impresionante edificio encajado en la parte alta de la ciudad. Supongo que como el caso de Castellón la divinidad dará larga vida al palacio de Congresos. De momento la Asociación de OPC’s ya ha logrado que en Oviedo no les cobren las tasas por celebrar en él uno de sus congresos anuales.
Claro, lo más indignante es que luego el principal diario asturiano, La Nueva España, recoja con sus páginas frases las siguientes:
“La bendición del arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, sirvió ayer, en un acto en el que participaron apenas cincuenta personas, para dar por inaugurado el espacio, concluido tras nueve años de obras. Las familias Cosmen y Lago, promotoras del proyecto con su empresa Jovellanos XXI, recibieron también la bendición de un arzobispo que reconoció: «Préstame mucho y agradezco la libertad de Jovellanos XXI para organizar este acto». Sanz mandó un aviso para navegantes en la primera jornada de campaña electoral: «Estamos aquí convocados por ellos –los promotores– y la foto no coincide con la que algunos habían dibujado en su cabeza, porque estamos aquí los que estamos y no otros, y estamos para esto y no para otra cosa». Por si alguien quería convertir la «inauguración» en un acto político”.
Me da la sensación de que este Arzobispo quiso ser político durante un día. Dios mío…

Duquesa sí, además de princesa

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Se ha generado una polémica de esas bonitas tras la boda real británica a propósito de cómo dirigirse a Catalina, si como princesa o como duquesa (de Cambrige). Los muy puristas defienden en medios de comunicación de cierto alcance que el hecho de que la Reina haya concedido a su hijo Guillermo y a su nueva esposa el título de Duques de Cambrige es para que lo usen y se evite en la medida de lo posible la expresión Príncipes de Gales o Princesa de Gales. Sea lo que sea lo que la Reina quiera o los periodistas intentar utilizar, hay una cosa cierta: por historia, tradición y normativa, los herederos directos, en este caso Carlos en primer lugar y Guillermo en segundo lugar, llevan como título oficial Príncipes de Gales. Ambos el mismo. Algo que ya de por sí es cuando menos anacrónico. Deberían distinguirse entre uno y otro reservando el Príncipe de Gales exclusivamente para el primer heredero (como en España el Príncipe de Asturias, que sus hijas son infantas y seguirán siéndolo hasta que el padre sea rey). Pero como eso no es así, resulta muy difícil que quien siempre ha sido príncipe y como tal se le trataba se quiera ahora de convertirle en duque. Eso es una majadería. Y si es príncipe, su esposa es princesa, consorte pero princesa. Por supuesto que también son duques y como tales pueden hacer uso del mismo, como en España (volvemos a lo nuestro) hablamos de S.A.R. la Infanta doña Margarita, duquesa de Soria, y el excelentísimo señor D. Carlos Zurita y Delgado, duque de Soria.
Dicen que la Reina quiere evitar con esta medida la existencia de otra princesa (supongo que del pueblo), y que lo mismo que quiere que se llame a la esposa del Príncipe Carlos duquesa de Cornuelles, quiere que sea lo mismo con Catalina. Ésas son claves internas de la Casa Real Británica en la que ni entramos ni salimos. Sencillamente, conviene recordar que a efectos de protocolo, tanto la esposa del Príncipe Carlos como la del Príncipe Guillermo son princesas consortes de Gales a todos los efectos, además de duquesas de lo dicho. Y, por cierto, lo mismo podemos decir del duque de Edimburgo, esposo de la Reina, que aun teniendo ese título cuenta con la dignidad de príncipe (ya nació como  nació Príncipe de Grecia y Dinamarca al ser hijo de Andrés de Grecia y Dinamarca y de Alicia de Battenberg). No hay que olvidar que el tratamiento de Alteza Real solo lo tienen los príncipes y princesas, y en el caso español, los infantes.
Guillermo y Catalina, vayan donde vayan en los actos oficiales tendrán el sitio como príncipes. Eso ya denota lo que son.
Por tanto, una cosa es lo que son y el tratamiento que se les puede dar (que probablemente haya que respetar en la mayoría de los casos), y otra cómo quiere la Casa Real británica y sus miembros que se les trate públicamente. Pero en el caso de Catalina, me parece que los medios no podrán evitar la expresión princesa. Vende más queduquesa. Y es que además todo esto de duques, condes, barones, lores, etc. suena tan antiguo que la mayoría prefiere hablar de nuevos príncipes y princesas que nos alegren los duros días de la crisis actual que vive el mundo.

12 de Mayo de 2011

Lastres

El pasado domingo no pude evitar ver el primero de los nuevos capítulos de la serie de Antena 3 TV sobre el Doctor Mateo, rodado Lastres, localidad del municipio de Colunga, que está en mi querida tierra asturiana. Aunque el contenido de la misma dista mucho en sí de la realidad de los médicos rurales y de la vida en un pueblo marinero, me alegro de su éxito porque ha multiplicado por mil el número de visitantes que ha acogido este verano la citada localidad. No importa que en la serie el pueblín se llame San Martín del Sella, porque al final Lastres es inconfundible. Uno se sienta ante el televisor el domingo en la noche después de haber relajado unos días en Semana Santa, y si bien desenchufasde protocolo, pronto todas las alarmas te saltan y devuelven a la triste realidad que rodea en algunos aspectos al protocolo. Veo la imagen de la alcaldesa de la serie en su despacho con las banderas de Asturias y de España colocadas al revés, incluso en la fachada municipal. Es una anécdota sin más en la que seguramente solo unos pocos recurramos. Pero, ¿tanto cuesta preguntar por el orden correcto?
Entonces me comprometí a escribir algo sobre la necesidad de que los directores y productores de determinados filmes o series relacionados con el mundo institucional o de los eventos que requieran un protocolo normativizado cuenten con asesores en su nómina de colaboradores. Da más credibilidad, y no sólo porque las banderas estén de una manera o de otra, sino porque hay muchos detalles de protocolo que se ignoran y que de atenderlos adecuadamente añaden rigor. ¿No se cuidan otros aspectos esenciales? Pues el protocolo en muchas películas y episodios es fundamental, y a otras series actuales me remito como La República, La Señora, La Duquesa de Alba,  23 F o sobre los Príncipes de Asturias o el Principito de Gales y su Kate…, en donde se aportan situaciones protocolarias que no se ajustan para nada a la realidad protocolaria.
Queda uno pasmado viendo y oyendo cada cosa… Es como menospreciar continuamente al protocolo. Va siendo hora de que hagamos nuestra cruzada.

De aquí al cielo

La foto, que ya ha dado la vuelta al mundo protocolario, ya lo dice todo. Poco más se puede añadir. Seguramente unos pensarán de una manera y otros de otra, afortunadamente. Pero resulta tremenda, impactante, y personalmente de alguna forma me devuelve al siglo XIX. Ver a un sacerdote bendiciendo unas instalaciones, en concreto el nuevo aeropuerto de Castellón; clama al cielo. Y más en un acto promovido por autoridades oficiales, que son representantes en este caso de la Comunidad Valenciana y de la provincia de Castellón.
Para un aeropuerto por donde van a pasar seguramente personas de todo tipo y condición, católicos, no católicos, ateos, musulmanes, etc., no parece que lo más recomendable sea pedir que en el transcurso del acto oficial un señor vestido de sotana invoque el nombre de Dios para poner en marcha un servicio ciudadano. Creo que demuestra una escasísima sensibilidad hacia la ciudadanía en general y un desprecio a quienes en nombre de las instituciones públicas recurran a determinadas prácticas que la propia Constitución Española no permite. La máxima norma prohíbe radicalmente la discriminación por razones religiosas, y entiendo que en un acto público promovido por una autoridad pública, recurrir a un protocolo que incluye una oración de una determinada confesión religiosa me parece que es discriminatorio y por lo tanto es probable que entre la ilegalidad.
Pero al margen de eso (soy partidario de un protocolo aconfesional), la fotografía nos aporta otras cuestiones que no podemos soslayar. A la imagen casi inquisitorial del cura bendiciendo se une la imagen de una trasera que parece transportarnos a través de un avión al cielo, con la susceptibilidad que aporta todo esto de viajar en avión y el miedo de los pasajeros. Y la imagen de una placa que aquí se muestra tapada por un paño azul, a cuya vera se encuentra una conductora del acto que parece absolutamente aterrada. Y no es para menos. Ella quiere estar con los pies en la tierra ante tan celestial momento. Claro, la cosa chirría.
Chirría tanto que después del suspense, paño fuera y aparece un texto de placa conmemorativa que seguramente cualquier profesional de protocolo cuestionaría inmediatamente. Creo que un evento de estas características no es el mejor ejemplo del buen protocolo que se hace en España y de los magníficos profesionales que hay. Pasemos capítulo y vayamos volando. Pero por Dios… que estas cosas de la España pasada se queden en el lugar que les corresponde y no salgan a la acción de las instituciones públicas. Los profesionales de protocolo tenemos que impedir que se produzcan situaciones como éstas…
Lo cierto es que viendo la secuencia completa y analizando los videos, uno llega a la conclusión siguiente: ¿realmente se ha inaugurado un aeropuerto? ¿O es una lanzadera hacia el cielo? ¿Estaremos ante un aeropuerto divino? No me extraña que Camps, presidente valenciano, haya querido dejar su firma sobre una placa que hasta la Real Academia Española podría decir algo a propósito de las faltas de ortografía que tiene. Por cierto, ¿que habrán hecho con la placa? Alguien la habrá enviado al infierno.