La jura del Ministro

El Rey presidió, el pasado jueves, día 8, el acto en el que Román Escolano Olivares juró su cargo como nuevo ministro de Economía, Industria y Competitividad. El nuevo miembro del Ejecutivo juró su cargo ante un facsímil de la Constitución abierta por el Título IV, que trata del Gobierno y la Administración, dispuesto junto a un crucifijo y una Biblia editada en 1791 y dedicada a Carlos IV, abierta en el capítulo 30 del Libro de Números (porque esa fue su decisión). Cada jura o promesa de un miembro del Gobierno salen las mismas preguntas: ¿Juran los ministros ante un crucifijo por tradición o convicción? Si es por tradición, es hora que actualicen. Y si es por convicción deberían pensar que son miembros de un gobierno que ha de gobernar para todos los españoles, con independencia de su pensamiento o confesión religiosa. Aunque respetamos que el Ministro por sus creencias religiosas tenga el “derecho” de hacerlo ante el crucifijo y Biblia, pienso que ya es hora de que en sus actos oficiales se atengan a lo estrictamente legal dejando de lado lo religioso. Empieza a ser hora de que piensen que por no jurar o prometer ante el crucifijo no van a ser mejor o peor ministros, o mejor o peor valorados. Es hora de que estas ceremonias sean estrictamente civiles y la religión quede al margen o se reduzca al ámbito personal. La decisión de Felipe VI de respetar si quieren o no crucifijo es digna de reconocer, pero los ministros ya es hora de que se olviden de mirar fotos atrás y pensar que lo que juran o prometen es cumplir con la Constitución, no con la Biblia o con Dios (que eso queda en su interior).

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Protocolo para el ciudadano

Colau

La elección y toma de posesión de los alcaldes de los 8.115 ayuntamientos que existen en España, con sus 68.230 concejales, que vivimos ayer en España apunta a algo más que un mero cambio político. Cambio donde realmente ha habido vuelco electoral a favor de otras opciones políticas, y cambio necesario en la forma de actuar para quienes han podido mantener el puesto tras la tormenta electoral de mayo. Una cosa ha quedado demostrada más allá de las críticas suscitadas a la nobleza de los pactos o a las críticas de alianzas que a algunos le puedan parecer reprochables: es necesario un nuevo estilo de gobernar. Ese es uno de los mensajes que los españoles hemos trasladado con las urnas. Los pactos son lícitos y no pueden desprestigiarse en tanto no haya segundas vueltas. Electorales o listas abiertas. Si hubiera éstas o aquellas, serían los propios españoles quienes tendrían el derecho a decidir quién quiere que sea su regidor. La idea de la lista más votada se nos antoja como un argumento de escaso peso cuando alguien no ha obtenido la mayoría suficiente.

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