La Casa Real avala la teoría protocolaria del “vale todo”

El Rey ha sabido actuar como un buen jefe de Estado al concurrir públicamente con inmediatez ante los medios de comunicación para testimoniar su dolor y condolencia por la muerte del que fuera el primer presidente de la democracia española, Adolfo Suárez, el gobernante entonces joven que nos devolvería constitucionalmente la libertad a los españoles. Pero el Rey, o/y su equipo de asesores –protocolo, comunicación y otros gabinetes- han hecho un triste favor al orden constitucional, a la bandera y al buen protocolo institucional. Fue el primero en comparecer ante los medios de comunicación, a los pocos minutos de anunciarse oficialmente el fallecimiento del abulense, desde su despacho oficial de La Zarzuela. Instantes después lo haría el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, desde La Moncloa. Y siguieron luego otras declaraciones de interés.
Pero la puesta en escena Real me ha apenado y, por qué no decirlo, molestado y enfurecido. Quienes saben de Protocolo, sólo al ver la imagen ya intuirán a qué me voy a referir:
Rey Suárez buena
No había casi ni transcurrido unos segundos cuando las redes sociales de los profesionales de protocolo se llenaron de expresiones como “increíble”, “no me lo puedo creer”, “otra vez”, “¿qué está pasando?”, etc. A mi twiter, en apenas treinta minutos, llegaron más de cien comentarios que no daban crédito a lo que veían sus autores. La bandera española estaba dispuesta incumpliendo la ley, la misma que, por cierto, creó Adolfo Suárez. Hay quien se preguntaba por las razones, argumentando que eso no podía ser un fallo, que algún motivo habría. No sé si hubo razones o no, o si se tuvo en cuenta de nuevo que la enseña nacional debía aparecer junto al monarca (y no la Europea como correspondía). No lo sé. Pero sí sé que las leyes están para cumplirse, y más desde la jefatura del Estado (y sino les vale que cambien la norma). No es un fallo solamente, es saltarse peligrosamente la norma vigente. Se ha dado luz verde al “vale todo en protocolo” y sin querer facilitan argumentos a quien desde ya hacer con las banderas lo que se le antoje. El presidente catalán, por ejemplo, habrá sonreído al ver la imagen. O los que consideran que la verdadera bandera española es la republicana.
Si era necesario que el vexilo nacional estuviera al lado del Jefe del Estado, cosa que suscribo, hubiera bastado con prescindir de la Europea, que por cierto tampoco era necesaria en esta comparecencia de consumo nacional. Ya dijimos lo mismo con ocasión del mensaje de Navidad, en el que se adoptó la misma decisión.  Cuando se anunció que el Rey haría una declaración ya comenté con mis allegados lo peor, incluso presagiaba que podrían aparecer enlutadas cuando aún no se había declarado el luto oficial (menos mal que no fue así).
Hubiera sido más institucional y de Estado que hubiera aparecido solo la bandera de España, pero si su deseo es que lo hiciera también la Europea no quedaba más remedio que ponerla al otro lado del Rey o bien intercambiarla con respecto a la nacional. Pero soluciones mediáticas a la carta cuando hay normas oficiales de obligado cumplimiento no son admisibles. Podrían haberse buscado otras soluciones más televisivas, que las hay sin incumplir.
Comparecencia presidencial
 Los asesores de Mariano Rajoy debieron tener en cuenta el detalle, pues el Presidente compareció –en una inapropiada escenografía- con las dos banderas,  ordenadas correctamente (en una disposición casi ridícula), como puede apreciarse en la imagen que sigue más abajo. Pero nos llamó la atención que aparecieran enlutadas cuando aún no había declarado el luto oficial, que por otra parte solo puede aplicarse legalmente mañana cuando aparezca en el Boletín Oficial del Estado y que durará tres días (desde las 00.00 horas de esta noche hasta las 24.00 horas del miércoles). En este tiempo, todos los organismos oficiales deben hacer ondear la bandera de España a media asta y, por consideración, el resto de las enseñas.  Además, si se fijan los lectores en la imagen, el lazo negro sobre la bandera de España parece más –perdón por el simil- un condón negro que un lazo de luto. ¿No se puede cuidar mejor esta puesta en escena? ¿Y la bandera de Europa? Parece que está, que no está… Una posición rarísima, entre escondida y apartada. Lamentable.
 Rajoy bandera Suárez
El Rey San Pedro
Volviendo a la comparecencia del Rey, nos ha llamado la atención la fotografía elegida por el Monarca (o sus asesores) tomando del hombro a Suárez en los jardines de La Zarzuela, en su último encuentro, ya enfermo el ex presidente. Varias reflexiones salen de inmediato. La más preocupante: la imagen de Suárez dando la espalda a los televidentes. ¿Era lo más idóneo? Pienso que no aunque reconozco que la foto tiene una fuerte carga sentimental y mediática, pero también sabemos que hay otras fotos en La Zarzuela más emotivas del Rey y Suárez juntos y emocionados y dando la cara a la cámara.
Nos viene una segunda reflexión más anecdótica: parece que el Rey asume el papel de “San Pedro” llevándose al cielo al ex presidente. Inevitable pensar en ello. Quizá por esta razón debía haberse evitado.
 Rey abrazo Suárez
El incumplimiento de la bandera daña la imagen del protocolo institucional, ya bastante tocada. Me preocupan estas decisiones que ya se reiteran, porque contribuyen a la ley de la selva –todo vale si lo dicen las televisiones o los comunicadores- y porque consolida la opinión de que las altas instituciones del Estado han dejado de ser referencia protocolaria de quienes trabajamos en esta profesión. No hay razones que justifiquen un incumplimiento así, ni puestas en escena tan desafortunadas. Y menos desde la más alta instancia del país. El tema está en que vale todo pero solo para estas instituciones. Luego obligan a las demás a que se cumplan cuando interesa.
Sospecho que los sustos protocolarios en relación al fallecimiento de mi admirado Adolfo Suárez, sólo acaban de empezar. Al tiempo. No le dejamos ni descansar en paz.

El protocolo de la primera “rueda de prensa” de la Casa de S.M. el Rey

 

Conferencia de prensa en La Zarzuela. De izquierda a derecha: Jefe Médico de la Casa del Rey, Doctor Miguel Cabanela, Jefe de la Casa de S.M. el Rey y el doctor Ángel Villamor. Fuente: RTVE.

 

El pasado viernes, día 19 de septiembre, el jefe de la Casa de Su Majestad, Rafael Spottorno, ofrecía una conferencia de prensa ante más de un centenar de periodistas acreditados en el Palacio de La Zarzuela, para dar cuenta de la salud del Rey y de las medidas médicas adoptadas, que pasarán por una nueva intervención quirúrgica (quizá dos), en el Hospital Quirón de Madrid. Era evidente que en las últimas semanas, don Juan Carlos daba claros síntomas de un empeoramiento de su salud, dificultad en su caminar y permanecer de pié, rostro dolorido y ojeras agotadoras. Los medios de comunicación comenzaban a hacer sus vacilaciones acerca del futuro institucional del Monarca, su posible inhabilitación e incluso una posible renuncia o abdicación. De hecho desde que se anunciara la convocatoria hasta su celebración todo eran preguntas y comentarios relacionados con una posible abdicación.
Ante tales ecos de Corte, pienso que el servicio de Relaciones con los Medios de Comunicación de la Casa de Su Majestad (que no Casa Real como muchos equivocan) acertó de pleno en la convocatoria de esta rueda de prensa porque en situaciones de crisis -y ésta lo era- no hay mejor solución que coger el toro por los cuernos. De esta manera, por primera vez en la residencia del Jefe del Estado se convocaba a los Medios, algo que ya es histórico y que no puede pasar desapercibido. El diplomático Spottorno, hombre templado y con gran aplomo, salió al paso y contó la realidad de la situación, las decisiones adoptadas por el Rey y descartó cualquier opción de renuncias o similares. En la rueda de prensa estuvieron
presentes además de Spottorno, el jefe del Servicio Médico del Rey, Miguel Fernández-Tapia, el doctor que operó la cadera de don Juan Carlos las dos primeras veces, Ángel Villamor, y el cirujano Miguel Cabanela, especialista en este tipo de operaciones que se desplazó para reconocer e intervenir al Rey desde la Clínica Mayo de Rochester (EEUU).
Los cuatro se sentaron en un mesa recubierta de tela granate (un color que debieran cambiar), con el fondo de un tapiz (fondo inadecuado), ocupando el centro el doctor Cabanela, que dirigirá la atención médica a don Juan Carlos, y el propio Jefe de la Casa de S.M. Éste -anfitrión- se situó a la izquierda (puesto 2), dejando el lado derecho (puesto 1) a su “invitado de honor” principal, en un ejercicio de cesión de presidencia que saludamos positivamente y que volvemos a insistir esperemos que sirva de ejemplo a muchos denostadores de algo tan elegante como ceder a quien centrará el protagonismo esencial. Era evidente que dos eran las cuestiones que interesaban a los medios: el estado de salud del Rey y su posible tratamiento y la posibilidad de que se anunciara abdicación o inhabilitación. Por ello, ambos en el centro justifica el protocolo. Cerraron los extremos el Jefe Médico de la Casa del Rey y el doctor que operó de la hoy cadera infectada, éste ocupando la última plaza.
Algunos se preguntarán si los puestos de estos dos últimos deberían intercambiarse, por eso de la cortesía y no dejar el último lugar al médico Villamor. En mi modesta opinión, la solución adoptada fue brillante e idónea, pues de esta manera el Jefe de la Casa comparecía arropado por los dos doctores protagonistas. De ubicarse el Jefe Médico de la Casa en el puesto cuatro podría ser entendido como una nueva cortesía, pero también generaba dos zonas de mesa que obviamente no era adecuado: a un lado el equipo médico, al otro los miembros de la Casa. Igualmente, quedaba desplazado Villamor con respecto al centro de atención, lo que casi sin querer podría interpretarse de manera negativa. Un acierto insisto.
A la izquierda de la presidencia, desde un atril, el jefe del Servicio de Relaciones con los Medios de Comunicación de la Casa de S.M., Javier Ayuso, quien tras la intervención inicial de los comparecientes, condujo la concesión del turno de preguntas y puso fin a la rueda de prensa cuando más o menos los temas quedaron agotados. En este sentido, todo merece nuestro aplauso, especialmente el protocolo seguido y desde el punto de vista comunicacional la entereza, firmeza y buen hacer del diplomático Spottorno.
Sin embargo, no podemos decir lo mismo de la escenografía final, que una vez más transmite ese aire vetusto y rancio que determinados espacios de La Zarzuela ofrecen cuando se celebran en ellos diferentes actos. Estimamos que era precisa una trasera más en consonancia con los tiempos, favorecedera de la comunicación institucional, pues viendo la imagen francamente uno queda desubicado y resulta plenamente chocamente y antiguo. Estos cambios que tanto cuestan adoptar en determinadas instancias, son necesarios y no le venía mal a La Zarzuela disponer de espacios que transmitan sensaciones que potencien la cercanía entre la institución y los ciudadanos.
Supongo que los cambios en ese sentido irán llegando. De momento nos felicitamos por el hecho de que se haya roto algo que hasta ahora era tabú en la Jefatura del Estado. Nada de ruedas de prensa. ¿Por qué? Estamos acostumbrados a los discursos del Rey, pero esa fórmula parece agotarse sino se complementa con otras acciones. Se intentó variar con la entrevista de Jesús Hermida al Rey, pero el mal planteamiento del periodista, su lenguaje y maneras, así como la puesta en escena y falta de naturalidad de nuestro Monarca, restó autenticidad al mensaje. Algo que no sucedió en la rueda de prensa. De frente, sin tapujos, con naturalidad estudiada, saliendo al paso de temas antes de que te quemen en las manos, se genera más confianza que con los comunicados de prensa.
Llegan tiempos que la comunicación de la Jefatura del Estado debe de adaptarse a las necesidades actuales. Resulta más elegante y próximo que el Rey anuncie personalmente la boda de sus hijos, que un trasnochado comunicado. El Príncipe, con ocasión de su compromiso con doña Letizia Ortiz, dió todo un ejemplo de comunicación eficaz y buen protocolo cuando concurrió por primera vez junto a su prometida en la puerta de su residencia. Aquella imagen dió la vuelta al mundo. El comunicado se ha quedó para estudio de anticuarios y nostálgicos.
Pasos buenos en la comunicación desde La Zarzuela. Esperemos que en el tiempo de tratamiento y curación del Rey se sigan con actuaciones similares,que se comparezca sin miedo, y no estaría de más que no sólo lo hicieran los médicos, sino su más próxima familia, porque todos deseamos saber cómo está el Rey, pero también cómo lo lleva su familia. Y eso no se puede esconder, ni dejarlo a simples comentarios cuando los periodistas coinciden con la Reina o el Príncipe en un evento. La imagen de unidad total es más necesaria que nunca y una buena comunicación puede hacer mucho al respecto.

La etiqueta oficial y social del siglo XXI está por llegar

Al pasar por el kiosco para comprar mi periódico diario, los ojos se me fueron enseguida al titular de una revista muy conocida que en grandes caracteres titulaba: “¿Qué es Cool hoy? EL NUEVO PROTOCOLO. Tocados, pelo suelto, colores pastel, brazaletes, algo dorado…y un toque barroco”. Aunque el tema está centrado en el nuevo look que las novias buscan ahora para “The Big Day” (“Es época de cambios; las novias buscan otras fuentes de inspiración y reinventan su estilo”, cita textual del antetítulo del reportaje en páginas anteriores, que precede en grande a “El nuevo protocolo”).

No voy a hablar del cool de las novias, que en su derecho están de sentirse más modernas con su toque personal -por cierto, parece ser que el tocado logra más fácilmente ese propósito que el velo o el peinado a secas-. En el día de su fiesta y compromiso, que lo celebren a su manera y como mejor lo deseen. Nada que decir.

 

Sin embargo, a propósito de lo visto en esta Revista, resurge la necesidad de seguir reflexionando sobre los aspectos de la etiqueta que rodean al mundo del protocolo, ceremonial y los eventos en general. No comparto para nada que a la etiqueta se le llame protocolo, aunque es cierto que ambos comparten espacios y eventos, por lo que no hay que demonizar para nada la etiqueta, ni para actos oficiales, ni empresariales ni sociales. Es un tema del que hay que hablar y reflexionar, porque efectivamente estamos en un mundo sometido a cambios permanentes y la etiqueta no se queda al margen.

 

En muchas ocasiones la etiqueta se utiliza como un factor de distinción, ya sea personal o social.  Cada persona, en su concurrencia pública, allá donde vaya, busca una etiqueta que considere acorde con su propio estilo, o le resulte cómoda o adecuada para su actividad. Esa etiqueta personalizada, esa que cada mañana decidimos tras la dicha despertadora, es cuestión de cada persona y tampoco queremos entrar en ello. Pero en cambio, sí quisiéramos hacer una reflexión general sobre la etiqueta que afecta al mundo de los eventos.

 

Hemos defendido en numerosas ocasiones que indicar en una invitación la etiqueta alivia a muchos invitados a la hora de encontrar la ropa adecuada, la que no desentonaría, a la que cada uno luego puede darle su toque de distinción personal acorde a su identidad o imagen. Sin embargo, creo que en muchas ocasiones se fuerzan mucho etiquetas para eventos donde no sería necesario ser tan rigurosos. Incluso llegan a despersonalizarlo y a perder su propia identidad y objetivo. Parece que un acto sino se pide el traje oscuro para caballeros y el corto o de cóctel o largo para señoras no tiene el empaque que el anfitrión le quiere dar. Algo para nosotros absurdo. Y qué se puede decir cuando se piden etiquetas a las que muchos deben de recurrir a tiendas de alquiler para salir del paso, como el esmoquin, el chaqué o el frac.

 

Insistimos en no demonizar etiqueta alguna, sino solo reflexionar. Por ejemplo, se nos ha hecho muy extraño que en la tradicional cita veraniega en el Palacio de Marivent, en Palma de Mallorca,  el pasado 14 de agosto, del Rey -que pasa allí sus vacaciones- con el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ambos concurrieran con corbata. No digo que sea incorrecto o adecuado, ni mucho menos,  sino que se hace raro que mientras la España estival, entre olas de calor,  hicieran su reunión de trabajo con traje y corbata, como si fiera pleno invierno en La Zarzuela. Soy consciente que con estos atuendos se pretende transmitir una imagen de trabajo, ya que de aparecer en mangas de camisa o sin corbata pudieran entenderse que ambos se han juntado para pasar un día de playa. Pero la gente que ve la imagen no es tan tonta.

 

Personalmente, creo que políticos, empresarios y otras personalidades que dan por hecho que allá donde vayan oficialmente han de hacerlo en corbata, caso de hombres, o su correspondiente en las mujeres, es algo que debiera de irse asumiendo en su no obligatoriedad. Hemos estado unos días de vacaciones en un lugar costero conocido del sur de España, y encontrarnos con algún ministro, conocido empresario o alto directivo, caminando por el paseo marítimo o cenando en una terraza con su pantaloncito corto, sus chanclas y su polo (a cual más divertido). Incluso, ante algún conocido decirle “casi no te reconozco con esta ropa”, a lo que nos respondió: “Lo importante de las vacaciones es olvidarte del traje y la corbata”. La respuesta tiene sentido, pero inmediatamente uno se dice: pero si es la misma persona e incluso va más jovial y elegante.

 

Aunque es evidente que en el ámbito institucional y de los negocios no puede uno vestir igual que si estuvieran en la playa, pienso que en el caso masculino nos hemos aferrado excesivamente a la corbata como una prenda obligatoria de la que no se puede prescindir porque  pues vas a considerar que te mirarán raro en ese entorno. No compartimos para nada la obligatoriedad que nos imponemos para utilizar estas prendas clásicas, salvo en los claros casos que lo justifica. Para mí Mariano Rajoy es el mismo que acude a ver al Rey en corbata o que al día siguiente asiste a un mitin sin ella o sencillamente en mangas de camisa (y decimos Rajoy como podríamos decir cualquier político).

 

Es evidente que estamos en un mundo en cambios y que la crisis ha acelerado drásticamente muchas cosas. Los políticos se azaran enseguida en anunciar sus recortes en gastos de protocolo, pero siguen mostrándose distantes con gran parte de la sociedad que les ve en el “club de los corbata”, esos que tienen trabajo, ingresos suficientes, que parecen más poderosos, que se sitúan por encima de los demás. No debe renunciarse insisto a la etiqueta cuando el guión lo exige, pero se abusa mucho de determinadas prendas de las que se podrían desprender en numerosas ocasiones. Parece incluso que la corbata va con el capitalismo, porque en otros países que dicen ser contrarios a él, se han deshecho sus políticos y empresarios de esta prenda, a la que solo recurren -y no todos- cuando conviene en las relaciones internacionales o en los negocios. Y con la crisis hoy los políticos y empresarios deberían pensar en cambiar la estrategia de su vestimenta.

 

Es probable que a muchos se les haga duro pensar que debemos dar pasos hacia una etiqueta nueva, propia del siglo XXI. Creemos que en las comidas o cenas oficiales o similares no oficiales el frac, el chaqué o el esmoquin está ya fuera de lugar en estos momentos. Creemos que la corbata como uniforme permanente de trabajo -en cualquier lugar- no siempre está justificado. Nos alegra ver a personalidades y hombres de negocios con atuendos alternativos, elegantes y apropiados, pero lejos de esa uniformidad que ya es del siglo XX. Vemos una frivolidad que en muchas bodas testigos e invitados tengan que llevar el chaqué y todos los invitados pasarse antes por la boutique de marca para dejarse como mínimo sus trescientos euritos, que unido al regalito sube un pico. Y además, es absurdo. Lástima que incluso en las más jovencitas se haya introducido ese afán de que a las fiestas haya que ir vestidas “de protocolo” o de “glamour”.

 

Esta sociedad sufre permanentes vaivenes en cuestiones de moda y etiqueta. Cuando lo” cool” se pone de moda lo clásico pierde valor. Cuando quieres distinguirte un poco más juegas entre el “cool” y el “retro” o lo clásico. El asunto es marear la perdiz. Sin embargo, en el ámbito de los eventos, de todo tipo, la etiqueta del siglo XXI no termina de encontrar su hueco. En el caso de los hombres la corbata deja de tener valor porque es lo habitual, y aunque las mujeres tienen mayores vías de escape algo parecido está ocurriendo. Por eso el caso de ellas las marcas encuentran su agosto ofreciendo nuevos estilos para ser más “cool” sin renunciar a ciertas cosas clásicas, mientras nuestros políticos y empresarios siguen ahogándose en su corbata o en su chaqueta falta/pantalón. Estamos convencidos de que la etiqueta de este siglo está por llegar, y confío que los inventores de la moda no frivolicen y sepan capaces de sacarnos de un atuendo que estimamos ya antiguo.

 

Somos conscientes de que reflexiones de este tipo tendrán sus defensores y detractores. Nos hemos limitado a trasladar nuestras impresiones y algunos razonamientos, porque es un tema al que hay que empezar ya a coger los toros por los cuernos. Y que los fabricantes de corbatas no se enfaden, pero que potencien alternativas dignas de nuestro tiempo (que ya hay muchas, aunque en este mundo al que nos referimos no ha calado aún). Pero como todo, al tiempo.