La renuncia de la Infanta de España y la igualdad de género en la sucesion en la Corona

Viendo el programa de Telecinco “Nada es igual” del día 6 de diciembre sentí vergüenza ajena, y una rabia enorme, por la gran cantidad de tonterías y inexactitudes a propósito de una posible renuncia de la Infanta Cristina, que según la muy dudosa revista Vanitatis vendría negociando con el Rey con su hija desde hace un año. Los comentaristas, que ya no me atrevo a llamar periodistas de nada, decían cosas con una alegría impresentable, como si todo valiera. Muchas veces da la sensación que más que informar juegan a presumir “quién sabe más”, quien tiene más acceso a los entresijos de Palacio, sin que prácticamente alguno de ellos sepan absolutamente nada con la precisión requerida para afirmaciones tan contundentes como las dichas.

En ningún momento del debate, al menos hasta donde pude aguantar tanto disparate, se hizo referencia a la Constitución que es la única norma que regula actualmente la sucesión en la Corona de España, ni al Real Decreto de 6 de diciembre de 1987 por el que se establecen los Tratamientos, Títulos y Honores de la Familia Real y Regentes.

 

El Título II de la Constitución Española, señala en su artículo 57 que “La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica. La sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea, el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado, el varón a la mujer, y en el mismo sexo, la persona de más edad a la de menos”. Si la Infanta Cristina de Borbón renunciase a sus derechos dinásticos -ocupa la séptima posición-, cosa que obviamente puede hacer en cualquier momento -con o sin consentimiento del Jefe de la Casa Real-, acarrearía el apartamiento inmediato de sus hijos dado que la sucesión como dice la máxima norma va por líneas. Si en ese eslabón una pieza se cae, arrastra al resto. Decir como se señaló que no es lo mismo renunciar con hijos que sin hijos es una soberana tontería. A la máxima norma podemos añadir, dado que la fuerza de la costumbre en estos temas se respeta en ocasiones casi como norma, que la renuncia de un heredero supone también la de sus descendientes. A las hermanas del Rey y sus hijos nos remitimos.

 

Por si quedara alguna duda podrían apelar al apartado 4 de ese artículo que afirma: “Aquellas personas que teniendo derecho a la sucesión en el trono contrajeren matrimonio contra la expresa prohibición del Rey y de las Cortes Generales, quedarán excluidas en la sucesión a la Corona por sí y sus descendientes”. No es que la Infanta se hubiera casado contra el criterio de ambas instituciones, Jefatura y Cortes, pero puede interpretarse que al apartamiento de la línea de la sucesión conlleva la de sus descendientes. Soy consciente de que en las cuestiones sucesorias hay lagunas en la Constitución, y ello puede conllevar interpretaciones diferentes. Pero al menos que se haga un debate en torno al texto legal y no sobre consideraciones tan burdas como las que oímos.

 

Ejemplo de estas lagunas es el mismo artículo 57, apartado 5, que remite a una Ley Orgánica -que aún no se ha hecho- todo lo relativo a abdicaciones y renuncias  que de hecho o de derecho ocurrieran en el orden de sucesión a la Corona. Luego esta es una cuestión jurídicamente sin cerrar, en cuyo vacío parecían disfrutar como peces los cuatro ilustres tertulianos televisivos.

 

Si renunciara a la sucesión la hija del Rey seguiría siendo igualmente hija, y la normativa vigente que ello acarrea le seguirá siendo de aplicación, luego continuaría con la dignidad de Infanta de España. Que desee renunciar al usa de esa dignidad y al tratamiento de Alteza que acrrea en todo caso sería por decisión personal. El artículo 3 de aquél Real Decreto dice: “Los hijos del Rey que no tengan la condición de Príncipe o Princesa de Asturias y los hijos de este Príncipe o Princesa serán Infantes de España y recibirán el tratamiento de Alteza Real. Sus consortes, mientras lo sean o permanezcan viudos, tendrán el tratamiento y honores que el Rey, por vía de gracia, les conceda en uso de la facultad que le atribuye el apartado f) del artículo 62 de la Constitución”. No hay referencia alguna que señale que el Rey pueda disponer otra cosa distinta salvo la de conceder la dignidad de Infante a las personas que juzgue dignas de esta merced por la concurrencia de circunstancias excepcionales o en términos generales ejercer el derecho de gracia. Por lo tanto desde el punto de vista legal, la Infanta será infanta de por vida, aunque obviamente no quiera utilizarlo. Sí en cambio, el Rey por la misma razón que concede un Título Nobiliario, por lógica podría quitarlo, si obviamente hay razones claras sobre el mal uso del mismo o la posible indignidad de quien lo tenga. Pero una hija del Rey será hija de por vida. No creo que estén negociando como se dice “dejar de ser hija”. La Reina ha dado claros síntomas de ello en sus apariciones públicas con los duques de Palma. Imaginamos que en lo personal la Familia es antetodo, eso, familia.

 

El triste episodio que ha generado la situación de imputado del consorte de la hija del Rey ayudará -es una lástima que sea por razones como éstas- a que se defina claramente cuál es el alcance de la Familia Real, factor éste que corresponde como Jefe de su Casa, al Rey de España. Tradicionalmente, se considera como tal a los reyes, sus hijos y sus nietos. Si nos atenemos a lo visto a la largo de la última década, las hermanas del Rey han sido consideradas como Familia Real al menos en los actos propios de trascendencia pública como las bodas de los tres hijos de don Juan Carlos y doña Sofía. Y quizá todo esto sea bueno para reforzar aún más el papel del Príncipe heredero, que a nuestro juicio debe asumir alguna función constitucional, ya que legalmente ahora mismo es  una persona que espera la llamada. Todos sabemos que en la realidad eso no ocurre porque el compromiso de don Felipe con España y los españoles y con su futuro le ha llevado a asumir notorios y relevantes papeles en la representación que su padre le confiere, y que cada vez se prodiga más.

 

Empezábamos este artículo haciendo referencia a la Constitución, de la que ayer celebramos su 34 cumpleaños, pidiendo de una vez a los políticos que por la vía que legalmente proceda -sn que haya que llegar a un referendum- se modifique ese artículo 57 para eliminar la primacía del varón frente a la mujer, sin que ello tenga efectos retroactivos. Un país que ha firmado la declaración universal de los derechos humanos de la ONU, que confiere la igualdad entre hombres y mujeres,  que tiene un Ministerio para la Igualdad, con una Familia Real que jamás ha dado pruebas de machismo alguno y que además es curiosamente anticonstitucional que esa práctica de siglos siga vigente en el siglo XXI. Una de las penúltimas monarquías que aún conservaba esa supremacía masculina, la Corona Británica, acaba de anunciar que  cambiará la normativa en favor del primer nacido o nacida. Pues es la hora de España, y aunque la situación probablemente no sea la idónea por lo que puede generar de debate social cualquier mecha que se encienda sobre el papel de la monarquía en nuestro país, creemos que nadie vaya a discutir que a nuestros señores diputados y senadores, por los mismos mecanismos que utilizaron para modificar la Carta Fundamental a propósito de cuestiones presupuestarias, tomasen el acuerdo de eliminar esas cinco palabras (“el varón a la mujer”).

 

Artículo 14 de la Constitución Española: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Si no puede haber discriminaciones por sexo que subsane de una vez. Los padres de la Constitución aquí no estuvieron nada finos. Que sus hijos por lo menos lo arreglen y que no haya que esperar a cambiar media Constitución porque entonces pasarán siglos…

Himno nacional en el deporte y el miedo a legislar

Fútbol

Hace pocos días, un medio de comunicación nacional me hacía una entrevista, con ocasión del Europeo de Fútbol, acerca del comportamiento que tanto el público como los jugadores debían observar a la hora de interpretarse los himnos nacionales antes de iniciarse la contienda. Se interesaban acerca de una posible normativa al respecto o costumbre sobre la cuestión. Parece que a raíz de la polémica de los pitidos en la final de la Copa del Rey entre el Barcelona y el Atlético de Bilbao, los periodistas se han interesado por la cuestión. El propio Ministro de Asuntos Exteriores al día siguiente del encuentro hacía referencia al tema. José Manuel García Margallo, manifestaba, y así lo recogía la agencia EFE,  que acciones como éstas no se podían considerar “libertad de expresión” y que, por el contrario, “debilitaba la identidad nacional” y  “perjudicaba no sólo a los intereses de la nación, sino de todos los españoles”.

Hemos de situarnos en dos contextos diferentes: el español y el internacional. Analicemos en primer lugar la cuestión doméstica. El Real Decreto 1560/1997, de 10 de octubre, por el que se regula el Himno Nacional, no establece en renglón alguno en qué actitud ha de mantenerse el público civil cuando se interpreta, limitándose en su artículo 4 a señalar que “la actitud de respeto al himno nacional de los asistentes a los actos en los que sea interpretado se expresará, en el caso del personal uniformado de las Fuerzas Armadas y de las Fuerzas de Seguridad, efectuando el saludo reglamentario”. De esta única referencia al tema objeto de análisis deducimos dos cosas: que durante la interpretación de este símbolo nacional hay que mantener una actitud de respeto, que para el personal civil no se matiza (en el borrador de esta norma en su momento había propuestas que no se tomaron en consideración), y sí se especifica para los militares. Evidentemente silbar al Himno no es precisamente una actitud de respeto. Para el que suscribe, tema zanjado, pues evidentemente lo que exhibieron miles de aficionados en el estadio Vicente Calderón no es precisamente respeto. Que cada uno interprete, a falta de definición legal, cómo se debe expresar en nuestro país el respeto, pues tampoco tenemos costumbres civiles que nos ayuden.
La cosa es complicada, porque si en lugar de una sonora pitada, hubiera ocurrido que todo el estadio cantase festivamente la inexistente letra, tal y como lo hacemos los españoles (“chinta,chinta, tariraro…), habría que valorar si tal acción es respetuosa. El diccionario de la Real Academia Española, como ocurre en otras cuestiones protocolarias, tampoco nos ayuda a saber exactamente qué es respeto en este ámbito. De las ocho acepciones que tiene, la más próxima define el término como “Miramiento, consideración, deferencia”. Está claro que ninguna de ellas puede acoger ni a los silbidos, ni al colectivo cachondeo con la letrita. Evidentemente, silbar lleva implícita una manifestación ostentosa de rechazo, luego por tanto no hay consideración, ni deferencia. Cuando se canta, al menos no debería hablarse de falta de consideración, pues hay una intención buena de expresar la identificación de unos aficionados con el símbolo, que en el caso español es más difícil precisamente por la falta de letra.
En las pugnas internacionales, cada afición anima o festeja a su equipo o a su representante desde el inicio o se lo agradece tras la victoria -caso de otras competiciones donde se hace uso del himno tras la entrega del trofeo, como los Juegos Olímpicos- y hacer gritar sus gargantas al son del símbolo musical es una forma de expresar el apoyo a quien representa a su país. Los españoles, por contra, debemos recurrir al ingenio recurrente de hacernos oír de cualquier forma para no ser menos y que nuestros deportistas sepan que ahí estamos. Mientras no se subsane esto, al menos a mí no me parece mal -salvo que algunos recurran a letras no democráticas, o a palabras fuera de lugar-. El “chinta, chinta…”, al menos no tiene traducción, ni intencionalidad política.
Este tema vuelve a poner de manifiesto el miedo que los gobiernos democráticos de nuestro país tienen a enfrentarse a normativas protocolarias. Parece que poner remedio a determinadas deficiencias es que como abrir la caja de pandora y generar conflictos con los partidos o las comunidades. Se prefiere dejar las cosas como están, que si alguna vez se silba se aguanta el chaparrón, y si se canta bendito sea Dios. Lo mismo ocurre con la no aplicación de la normativa de la bandera, al mal uso del escudo,  la actualización de las precedencias,  la puesta del día de la ya insultante y desfasada normativa del derecho premial, o la limitación de la presencia de las Fuerzas Armadas en determinados actos solemnes civiles. Dejar correr es la frase habitual cuando se saca el tema a responsables en esta materia. Pues que corra, pero no enfrentarse a los problemas es sencillamente posponerlos, no resolverlos.
En el ámbito internacional, las federaciones deportivas no tienen definido el respeto -no ya para el público que es inviable, al menos en determinadas modalidades de gran seguimiento- sino para los deportistas a quienes sí se les podía exigir una actitud muy clara de consideración. Normalmente, ésta se produce, porque, salvo casos aislados, los deportistas sienten internamente la emoción de luchar por los colores de un país o de alcanzar la gloria en nombre del mismo. Sin embargo, en la entrevista que me hacían iban más allá y me preguntaban si escuchar el himno nacional los jugadores de fútbol agarrados por el hombro -como hicieron contra Italia- podría interpretarse como actitud de respeto. Seguramente habrá opiniones para todos los tipos, pero a mí personalmente me gusta esa actitud porque representa la unión de unos representantes deportivos bajo el símbolo de todos. Creo que eso sí es respeto, que potencia además la motivación, azuzada además por la intraducible letra que ponen los seguidores.
Obligar a que los jugadores lo escuchen firmes como soldados quizá pudiera ser opinión mayoritaria. Pero no es menos cierto, que el fútbol, como cualquier otro deporte, debe ser ante todo una fiesta que nos una, y ver a los jugadores entrelazados emociona y da sentido el himno. Pero es cuestión de opiniones. Lo que ya parece más fuera de lugar es que mientras se interprete algunos deportistas hagan sus últimos calentamientos o charlen con el de al lado o hagan gestos fuera de lugar.
El himno se interpreta para solemnizar actos oficiales que exigen una actitud de respeto, de silencio en el caso español, de consideración. Y también se utiliza para reafirmar la presencia de un colectivo que se identifica con su selección nacional, momentos en los que obviamente esa actitud silenciosa no tiene mucho sentido cuando quieres que tu himno se oiga y se note, como seguramente habrá ocurrido u ocurrirá cuando suene el del rival. Por ello, una buena letra tendría mucho sentido para estas ocasiones, aunque es cierto que es complejo encontrar un texto que no disguste a alguien. Así somos los españoles, ante los temores no toques las cosas. Y el himno de España sin letra, mientras las comunidades autónomas sin miedo alguno han fijado sus textos. Incoherencias de la vida.
Aprovechando este tema, hay que recordar que según el Real Decreto antes aludido, en su artículo 3, se habla de la versión breve del himno para “los actos deportivos o de cualquier otra naturaleza en los que haya una representación oficial de España”. La versión breve española está fijada en 27 segundos, tiempo muy insuficiente frente a la duración resumida de los himnos de otros países. Ello hace que sea difícil que en muchas competiciones internacionales, como está ocurriendo en el Europeo de fútbol, la duración del himno se prolongue al menos 45-50 segundos, para no quedar mermado en tiempo frente a los demás. Por ello, no estaría de más matizar en la normativa que en las competiciones nacionales donde se requiera la interpretación del símbolo sea la breve, y en las internacionales que se especifique que su duración vendrá determinada por las costumbres o las normativas señaladas por sus organizadores o por los máximos organismos rectores internacionales del Deporte, como el COI.

Bandera a la “carta”

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IUComo no es la primera vez que sucede, creo que es bueno hacer algún comentario al respecto. Tampoco es la primera vez que desde diferentes ámbitos de la profesión se viene comentando el incumplimiento de la Ley de Bandera de España en diferentes instituciones oficiales, entidades privadas y otros estamentos. Y no es cosa de izquierdas o de derechas, de nacionalistas o españolistas, de empresas fuertes o no tan poderosas. Se sucede con más frecuencia de lo que es habitual, lo que me lleva a pensar que realmente no estamos ante un fallo sino ante una estrategia forzada probablemente por la necesidad de encuadrar una determinada foto de cara a los medios de comunicación. Hemos recogido estas imágenes del Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy en la sede de la Presidencia (durante una entrevista que emitió Televisión,  de la portavoz del Partido Socialista en el Congreso, Soraya Rodríguez, y al coordinador de Izquierda Unida, Cayo Lara,  compareciendo ante los periodistas en una de las Salas de Prensa de esta alta institución del Estado.

He estado buscando la foto, pero no la he encontrado, pero hace apenas unas semanas veía por el telediario otra imagen similar con el portavoz del Partido Popular en el Congreso, Alfonso Alonso, con idéntica colocación de las banderas. Ya en su momento, la que fuera Vicepresidenta del Gobierno, María Teresa de la Vega, en sus tradicionales comparecencias de los viernes tras el Consejo de Ministros, en calidad de Portavoz del Gobierno, acudía a la Sala de Prensa del Congreso, con una disposición igual de las enseñas, lo que valió una severa crítica por parte de algunos medios, como el diario ABC:
VicepresidentaViceY podríamos decir lo mismo del anterior presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, también en La Moncloa:
11-foto2Por si acaso alguno desconoce la normativa al respecto, la Ley 39/1981, de 28 de octubre, por la que se regula el uso de la bandera de España y el de otras banderas y enseñas, en su artículo 6, dice lo siguiente:

1. Cuando se utilice la bandera de España ocupará siempre lugar destacado, visible y de honor.
2. Si junto a ella se utilizan otras banderas, la bandera de España ocupará lugar preeminente y de máximo honor y las restantes no podrán tener mayor tamaño. Se entenderá como lugar preeminente y de máximo honor:
a.        Cuando el número de banderas que ondeen juntas sea impar, la posición central.
b.        Si el número de banderas que ondeen juntas es par, de las dos posiciones que ocupan el centro, la de la derecha de la presidencia si la hubiere o la izquierda del observador.
Por si acaso alguno quiere apelar a ello, es cierto que el artículo 7 señala que “cuando la bandera de España deba ondear junto a la de otros Estados o naciones lo hará de acuerdo con las normas y usos internacionales que rigen esta materia en las relaciones entre Estados, así como son las disposiciones y reglamentos internos de las organizaciones intergubernamentales y las conferencias internacionales”. Pero es evidente que este artículo no es de aplicación para este caso, pues ni Europa es una nación, ni el acto está promovido por la Unión Europea o cualquiera de sus instituciones.
Es obvio que en función  a esta norma aprobada por el Congreso de los Diputados en el año 1981, si se colocan las banderas de España y Europa, la nacional debe ocupar un lugar de honor y visible y situarse a la derecha, es decir, a la izquierda si se mira de frente. Es curioso que una norma tan sencilla se haya vulnerado de forma tan sistemática en nuestro país. ¿Se hace por desconocimiento? Uno a estas alturas comienza a pensar que no, porque de lo contrario habría que cuestionarse ciertas profesionalidades, porque precisamente esto de las banderas, es la primera lección que se da en cualquier “cursillito” de protocolo. Y pienso que quienes toman la decisión de colocar las banderas así no desconocen la norma (me imagino).
La sana intención de que el compareciente ante los medios quiera salir junto a la bandera de España es lícita, pero no por ello debe vulnerar la norma, porque precisamente los políticos deben ser los primeros que cumplan con la misma. Probablemente, el “Uso Francés” como vengo a denominar esta situación, esté influyendo para mal en nuestros representantes. El Jefe del Estado francés, el actual y los anteriores, en sus comparecencias colocan la bandera de Francia a la izquierda frente a la Europea, para conseguir el efecto de que su Presidente quede junto a la francesa y no quede la de Europa más resaltada. Para ello, han recurrido a un mecanismo loable que es mantener la francesa unos centímetros adelantada con respecto a la comunitaria. De esta forma, al no estar en la misma línea, la más adelantada cobra precedencia, tal y como se puede apreciar en esta imagen:
Sarkozy

Esta intención por situar la bandera nacional en el caso de España junto al que posa ante los medios, puede resolverse sin vulnerar la Ley. Basta con seguir el ejemplo francés, o bien por prescindir de la Europea (no sé por qué tanta obsesión por ella) o sencillamente por ponerlas separadamente una a cada lado. Probablemente gusten menos estas opciones, pero la ley está para cumplirla, y si la fórmula de la Ley de 1981 no responde a las necesidades mediáticas que buscan los políticos tienen la facultad de llevar una modificación a la norma al Congreso. Si se incumple, caemos en la coherencia de exigir a vascos y a Catalanes que cumplan la Ley de la Bandera de España, que ondee junto a ellas en posición preferente, que haya habido fallos judiciales al respecto, y luego desde las primeras instituciones ocurre lo que ocurre. Y en ambos casos se infringe la Ley.

De no cumplir la norma estaremos desacreditados para denunciar situaciones como esta del Presidente Catalán, que habitualmente comparece con la bandera catalana, ignorando la obligatoriedad de situarla junto a la española y en segundo lugar (artículo 4: “En las Comunidades Autónomas, cuyos Estatutos reconozcan una bandera propia, ésta se utilizará juntamente con la bandera de España en todos los edificios públicos civiles del ámbito territorial de aquélla, en los términos de lo dispuesto en el artículo 6 de la presente Ley”; y el artículo 5 dice lo mismo para diputaciones y ayuntamientos):

Es hora ya de que los responsables de protocolo hagan valer el cumplimiento de la norma y que los políticos y autoridades respeten la misma (o que cambian la Ley). Situaciones como estas desacreditan al Estado Constitucional y le quita argumentos cundo es necesario defender la presencia de la enseña nacional en los actos oficiales que convoquen cualquiera de las instituciones españolas tanto en el interior como en el exterior del país.

Claro está que cualquier cosa menos lo que nos traslada esta imagen de una rueda de prensa del Presidente Vasco con el entonces vicepresidente tercero del Gobierno, Manuel Chaves. Algo que no trascendió mucho, pero que obviamente resulta de una gravedad extraordinaria, pues esa disposición viene a transmitir el mensaje claro de que España y Euskadi son dos naciones de igual a igual unidas por Europa. No creo que haya sido un fallo de Protocolo.
Chaves y Patxi

Puestos a hablar de incumplimientos, deberíamos referirnos igualmente a esa otra circunstancia que tristemente en los duelos se produce: colocar el crespón o lazo negro prendido a la bandera. Algo que por tradición no debe hacerse, ya que la bandera es la que es y nada que esté contemplado en las diferentes normas que la regulen puede colocarse. El artículo 8 habla de la prohibición de colocar cualquier símbolo y aunque se refiere fundamentalmente a partidos políticos, asociaciones o entidades privadas, hemos de entender por extensión que la colocación sobre la enseña de cualquier otro símbolo debe estar prohibida, porque de lo contrario empezaremos a ver (perdón, ya lo vemos) cosidos a la bandera lazos rosas, azules, blancos, quijotes, toros, etc. El crespón, que debe reservarse en el luto solo para la bandera de interior (el luto en las exteriores se hace únicamente poniéndola a media asta, cosa que también se hace habitualmente mal en muchas instituciones de primer nivel), se coloca en la parte superior del mástil, pero sin engancharse a la bandera. Deberíamos evitar situaciones como estas:

Bandera Luto 0Bandera lutoO incluso cuando el mismo Rey de España compareció ante la Televisión tras el trágico atentado del 11-M:
Rey crespònEn fin, que las normas y las tradiciones que terminan por elevarse casi a rango de norma, están para cumplirse. Sabemos que hay situaciones en que el factor mediático hace necesario la visualización de determinados símbolos o mensajes, pero hay otras maneras de conseguir los mismos fines sin que desde las más altas instancias se trate a la bandera de esta forma.