Imprudente protocolo de Rajoy en la Apertura de la Legislatura

 

Cuatro reflexiones protocolarias sobre el solemne acto en el Congreso de los Diputados

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A la izquierda el secretario general del Congreso (cuyo puesto protocolariamente no cuenta al ser técnico, que ocupa cada vez que hay sesión plenaria); en el centro los reyes; a su derecha la Presidenta del Congreso (leyendo su discurso desde el atril de sobremesa) y el Presidente del Senado; a la izquierda de los monarcas la Princesa de Asturias y su hermana la infanta Sofía.

No pude seguir en directo la Ceremonia solemne de la Apertura de la XII Legislatura de las Cortes Generales (período legislativo que media entre unas elecciones y otras), por estar participando en las XI Jornadas Internacionales de Protocolo que se celebraron esta semana en Lisboa, promovidas por la Asociación Portuguesa de Estudios de Protocolo, cuya presidenta es la reconocida experta Isabel Amaral. Antes que nada, para los curiosos, hay que recordar que la última ceremonia fue con ocasión de la X Legislatura, celebrada en diciembre de 2011 bajo la presidencia de los reyes Juan Carlos y Sofía, junto entonces los príncipes de Asturias, Felipe y Letizia. No hubo lugar a la XI por no haber sido posible la elección de presidente y, por tanto, la constitución de Gobierno. Voy a apuntar un par de detalles que creo se deben corregir y hacer una reflexión sobre el Protocolo que se aplica para el Presidente del Gobierno en esta ceremonia, que creo perjudica claramente la importancia de la independencia de los Poderes del Estado. Continue reading

Soy experto en Protocolo y profesionalmente organizo y dirijo eventos

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Parte de los asistentes al IV Congreso Universitario de Comunicación y Eventos celebrado en Madrid los días 10, 11 y 12 demarzo pasados.

Soy organizador profesional de eventos y para ejercer esta actividad preciso entre otras cosas tener amplios conocimientos de protocolo, pero también de comunicación, derecho, arte, relaciones públicas e institucionales, relaciones internacionales y diplomacia, publicidad, marketing, artes escénicas, restauración, tecnologías aplicadas, creatividad, ingeniería y otras disciplinas transversales. La profesión tradicionalmente conocida como Protocolo se ha quedado corta para definir realmente en la actualidad la profesión de quienes nos dedicamos a estos menesteres.

Esta es al menos una de las principales conclusiones a la que he llegado tras el IV Congreso Universitario de Comunicación y Eventos celebrado los pasados días 10, 11 y 12 de marzo en Madrid. Una conclusión que hemos compartido un buen número de los presentes. Bajo el reclamo #BuildingBrand, medio millar de personas nos reunimos para hablar de experiencias e inquietudes que vistas desde una perspectiva global nos ayude a seguir profundizando en la necesaria identidad de los responsables, técnicos, proveedores y auxiliares que nos dedicados a organizar eventos o a ser parte de la estructura organizativa de los mismos, ya sea en el ámbito oficial, empresarial, social, deportiva, académica, cultural o de la pujante industria del entretenimiento, entre otros sectores.

Este Congreso, más allá de aportar experiencias, nuevos conocimientos, reciclajes y contactos, ha servido para abrir oficial y públicamente el debate sobre lo que somos (que más o menos considero que todos lo tenemos claro, aunque hay resistencias sobre su definición o aceptación a progresar sobre el tradicional apellidos que nos ponemos de protocolo) y cómo presentarnos oficialmente ante la sociedad. Una cuestión ésta que ocupó el protagonismo de la última sesión del encuentro antes citado.

El debate equivocado

Existe una tendencia generalizada a rivalizar por las expresiones soy “técnico de protocolo” o “técnico de organización de eventos” o sencillamente “Técnico de eventos”. En mi modesta opinión estamos ante un debate equivocado porque son dos cuestiones diferentes que no se pueden equiparar. El Protocolo es una cosa y la profesión de quienes nos dedicamos a organizar actos o eventos en formato profesional es otra. Es cierto que existen determinados intereses por confundir al respecto(probablemente sin pretenderlo), liderados fundamental por una parte por estudiosos o investigadores y algunos blogueros, y por otra parte por profesionales del conocido hasta ahora “Protocolo Oficial”. Unos intereses lícitos que no vamos a discutir y cuyos resultados investigadores o divulgadores aportan luces interesantes. Pero insisto que desde mi visión personal, por supuesto siempre abierto al debate y a la discusión civilizada, estamos ante dos escenarios diferentes, aunque relacionados entre sí. Una dualidad que no debe convertirse en una guerra dialéctica y de descalificaciones (desde luego, paso abiertamente de ello).

Siempre que asoma a la actualidad el Congreso Universitario de Comunicación y Eventos, el hasta ahora encuentro de mayor impacto y seguimiento de todos los foros celebrados en España y en el extranjero (a las cifras de asistencia, inscripciones e impactos en redes sociales y blogs especializados, nos remitimos), otras visiones se asoman para reclamar o recordar que lo que allí se habla no es protocolo, y vuelven a la carga acusándonos injustamente de promover la inexistencia como tal del Protocolo. Transmiten la percepción de que defendemos que el “protocolo ha muerto”. No sé por qué, a mí personalmente muchas personas me han colocado la etiqueta de considerar que defiendo esa frase entrecomillada, y quienes lo dejan entrever es porque francamente poco me conocen y nada saben de lo que pienso al respecto (o no quieren saberlo).

Tampoco hay que ser pretenciosos y endogámicos aseverando que el protocolo está de nuevo de moda y que puja con fuerza, porque la realidad es bien distinta, desgraciadamente. Claro está que si lo importante es que se hable de protocolo aunque sea para mal, probablemente algo de moda estaremos. Pero no es positivo para la profesión que eso ocurra y más que algunos se intenten aferrar a él como único instrumento o herramientas de mejoramiento de las relaciones institucionales de nuestros organismos oficiales, cuando el problema tiene un origen claramente distinto a lo profesional.

El Protocolo sigue vivo aunque le pese a algunos

El Protocolo, y me refiero con esta palabra a nuestro Protocolo, el que afecta al ámbito de la organización de eventos y actos, a la existencia de reglas y técnicas fijadas por norma o consolidadas por tradición y costumbres inveteradas, ha existido siempre y seguirá existiendo, con independencia de quien gobierne las naciones o mueva los hilos del mundo. Algunos prestigiosos investigadores a quienes admiro por su talento y capacidad de análisis, encuadran el protocolo como “un conjunto de normas, usos y costumbres jurídicas que determinan el orden de celebración de un acto oficial”. En consecuencia lo sitúan en el ámbito estricto de las instituciones públicas, llegando más lejos en sus aseveraciones al decir que en sentido literal protocolo es el Protocolo oficial. Es decir, aquél que se ocupa de determinar la clasificación de los actos, su presidencia, la precedencia entre instituciones, tratamientos, honores y distinciones sociales propios de las instituciones y sus representantes, al igual que todo lo relativo a la simbología oficial. La Real Academia Española, en su última modificación del término (ya ha suprimido la referencia de regla palatina), define protocolo en su tercera acepción como un “conjunto de reglas establecidas por norma y costumbre para ceremonias y actos oficiales o solemnes” (una nueva inexactitud a mi entender, y espero que esto lo compartamos todos).

Creo que esta visión reduccionista del Protocolo a lo estrictamente jurídico o al derecho consuetudinario que afecta a lo oficial es insuficiente e inexacto y no se atiene a la realidad de los tiempos. A estas alturas, nadie duda que existe un protocolo para los eventos deportivos, para los actos empresariales e incluso para los propiamente sociales, y no debe desmerecerse que esas normas o reglas que se fijan o aplican en ámbitos diferentes a lo oficial no es protocolo. El hecho de que las normas puedan conferirse desde el derecho público para las instituciones oficiales, no implica que solo sea cosa de lo oficial. En el sector privado o no estrictamente oficial también hay normas, reglas y costumbres que aunque no vienen señaladas por decisión oficial, sí se determinan por la institución organizadora o por la entidad, asociación u organización nacional o internacional que promueve sus eventos. No son generalistas, por que se ciñen a su propio ámbito, pero no por ello les sitúa fuera del Protocolo.

Negar la existencia de un protocolo no oficial es mirar para otro lado

Negar por ejemplo que el sector deportivo no tiene protocolo en sentido estricto es ponerse de espaldas a la realidad. O afirmar que una empresa no tiene protocolo porque sus normas o procedimientos no emanen de las instituciones públicas es sencillamente mirar para otro lado. Los comités olímpicos, federaciones deportivas, corporaciones empresariales o entidades privadas que promueven espectáculos o entretenimiento general también tienen sus normas protocolarias, concebidas desde el derecho privado, y es tan protocolo como el oficial. La diferencia reside en el ámbito de la aplicación. Pero en ambas situaciones el protocolo existe y para mí tiene la misma legitimidad aunque cada uno, insisto, en su campo.

Es cierto que en el sector oficial la normativa debería ser de obligado cumplimiento en tanto las normas estén vigentes (desgraciadamente se da la incongruencia de que encima no se cumplen en un porcentaje muy alto), mientras que en el no oficial esa obligatoriedad puede acomodarse a lo que convenga en cada momento, aunque no siempre. Hay ámbitos no oficiales donde la norma tiende a la rigidez y a la perdurabilidad (Carta Olímpica por ejemplo, reglamentos de protocolo de federaciones, normas internas de protocolo en empresas, etc.). Es más, hay determinadas reglas no fijadas por derecho público que la sociedad observa como “Protocolo”, que son esas “normas” necesarias de cortesía o relación que se convierten en instrumentos necesarios para garantizar la convivencia (protocolo social).

El protocolo, una parte del evento

El Protocolo en consecuencia no es cosa solo del mundo oficial, sino una parte proporcional de cualquier tipo de evento que conlleve organización, planificación, precedencia, guión/escaleta, ceremonial, etiqueta… Por ejemplo, ¿alguien puede negar que los Premios Princesa de Asturias no tengan Protocolo en su versión más puritana? Pues conviene recordar que están promovidos por una Fundación privada. ¿Alguien puede negar que los juegos olímpicos no tengan Protocolo? Es evidente que sí, pero sin embargo sus promotores no dependen para ello del derecho público. ¿Alguien puede negar que la organización de un macro evento cultural carezca de un protocolo ya lo organice un ayuntamiento o una gran agencia de eventos o comunicación o marketing? Pues claro que lo tiene y no se asienta en el derecho público más allá del cumplimiento de leyes y normas que les pudiera afectar sobre ocupación de espacios, seguridad, etc.

Por lo tanto ese debate sobre el cierre competencial del Protocolo al ámbito estrictamente oficial para mí sí que es un tema muerto. Otra cosa, y eso sí lo defiendo, es que haya un Protocolo Oficial o de Estado, como hay un Protocolo Deportivo, un Protocolo Empresarial, un Protocolo Cultural o un Protocolo Académico –incluso en centros de formación privados-, por poner algunos ejemplos de sectores. Creo y comparto con los defensores de la denominada corriente jurídica, que el Protocolo se basa en reglas y normas, unas de procedencia oficial y otras no, pero igualmente válidas para quien organiza eventos.

El Protocolo Oficial no es obligatorio en el mundo no oficial

No debe confundirse que el Protocolo Oficial sea de obligado cumplimiento en todos los sectores donde participen los representantes de las instituciones públicas, aunque esté presente el mismísimo Rey de España o un jefe de Estado. El Ministro va siempre antes que el Alcalde porque hay un Real Decreto que lo establece. La bandera de España ha de ser la primera. En los eventos oficiales sí, pero en los privados no es obligatorio. No. Quienes defienden que el Protocolo solo es Protocolo Oficial, deberían tener en cuenta que el ámbito de la normativa protocolaria se acaba precisamente en la frontera institucional. Aunque exista un decreto que señale la precedencia del Ministro sobre el Alcalde, en un acto de empresa el presidente de la misma no está obligado a su cumplimiento, porque dicho Real Decreto restringe su aplicación única y exclusivamente al ámbito de los actos promovidos por las instituciones públicas del Estado, y la Ley de la Bandera habla de la precedencia de la enseña nacional en las instituciones oficiales, pero no obliga al resto de las entidades no oficiales. Eso no debe olvidarse.

Tampoco hay que obviar que la solemnidad es cosa solo de los actos oficiales, porque hay eventos muy solemnes en el ámbito privado. ¿No son solemnes los Premios Princesa de Asturias? ¿O la inauguración de los Juegos Olímpicos? ¿O las mismas procesiones de Semana Santa que programan cofradías privadas o dependientes de confesiones religiosas? Y así un sin fin.

Protocolo es un cosa; la profesión otra

Retomando el debate sobre “protocolo sí, eventos no”, o al revés, a la hora de definirnos no deberíamos entrar en esa dialéctica. Definir qué es Protocolo es una cosa y la profesión otra. Es como hablar de un balón de fútbol y de fútbol y quererlo comparar. La pelota es un elemento más del juego, imprescindible incluso, pero para que la competición se celebre es también absolutamente necesario que haya además jugadores, árbitros, porterías, reglas, tarjetas, líneas pintadas en el césped y por qué no público.

Con independencia de si la expresión Protocolo está ya desgastada o desacreditada en los tempos que corren, cuestión en la que ahora no voy a entrar, entre otras cosas porque es injusto que lo estuviera –siempre habrá Protocolo, aunque se vista de otro colorido-, el debate debe centrarse en lo que somos profesionalmente (más allá de lo que nos podamos sentir expertos. Puedo ser un experto en Protocolo, pero eso no indica que sea profesional del mismo. De hecho hay numerosos estudiosos e investigadores que acreditan notables conocimientos en la materia, que incluso han hecho o dirigido investigaciones o tesis muy meritorias, pero nunca han organizado un evento o un acto, ni oficial ni privado. ¿El no organizar eventos les desacredita? Para nada, al contrario. Su aportación es brillante –lo compartamos o no- y necesaria, y hay que felicitarse por ello y animar a que se siga en esa línea de búsqueda de cuerpo académico a una parte de las disciplinas transversales necesarias para organizar actos oficiales y no oficiales. Tenemos que acostumbrarnos a que nuestra profesión de organizadores no es patrimonio exclusiva de Protocolo, sino del conjunto de especialistas que hacen posible con sus conocimientos y experiencia la celebración del mismo.

El técnico de protocolo, un experto más en el organigrama organizador

En un acto oficial, tan importante es el experto en Protocolo como el responsable de Comunicación, o el que se encarga de la producción, o del catering o de las redes sociales, por ejemplo. Si todos estamos reconociendo la transversalidad disciplinaria que rodea la organización de un evento ¿por qué enrocarse que solo es Protocolo lo que hacemos? Miremos: en un acto o evento (utilizo ambas palabras porque hay tendencia a hablar de acto en el mundo oficial y de evento para el resto) el protocolo no supone más del 10 por ciento en término medio (datos de un solvente estudio realizado sobre 98 eventos oficiales y no oficiales de primer orden en España durante el primer semestre de 2015 para un Trabajo Fin de Máster que ahora avanza ya hacia Tesis doctoral). ¿Qué pasa con el 90 por ciento restante? Se lo lleva el resto de disciplinas que son necesarias aplicar y que obedecen a otros códigos diferentes al Protocolo. Todo esto noquiere decir que el experto en Protocolo pueda ser un espléndido director de organización o sencillamente un buen organizador (debería serlo).

El error conceptual de la industria de los eventos

No quiero ser injusto tampoco en el tratamiento de esta reflexión y dejar fuera de la misma a los que hoy alardean de la importancia de la industria de los eventos. Esta industria profesional (caso de Agencias de Eventos o de Comunicación o Relaciones Públicas o Marketing) o determinados consultores o freelance, pretenden hacer patrimonio suyo los eventos en general y son los primeros en defender que Protocolo es estrictamente lo que afecta al mundo oficial. El resto de los eventos (que es la gran tarta del negocio) es cosa ajena al Protocolo. Otro grave error conceptual, al igual que equivocar organización con producción.

No son conscientes de que sus eventos también se basan en protocolos (plural porque les afectan varios) y en ocasiones hasta el mismísimo Protocolo Oficial. Y desgraciadamente tienen un gran déficit en sus plantillas de personal capaz de resolver cuestiones protocolarias como tal. Mucho mejor les iría si tuviera en cuenta que en su estructura deberían añadir a su organigrama la expresión protocolo. Es absurdo, que re rivalice entre industria de los eventos y protocolo. Estamos ante sectores que se especializan, unos en eventos oficiales, otros culturales, otros deportivos, otros corporativos, etc. Lo que jamás se debe tolerar y así lo he dicho en foros públicos, es que la denominada industria se ocupe del gran sector productivo de eventos mientras los protocolistas o protocolarios como nos llaman nos tengamos que aferrar a banderas, precedencias y tratamientos. Claro está que a veces nosotros a través de nuestras redes sociales y blogs contribuimos a eso, pues nos limitamos en casi un 85 por ciento (dato calculado sobre 42 blogs entre septiembre de 2015 y febrero de 2016) a hablar de banderas, ordenación de mesas, precedencias, ceremonial…

Hay un claro juego de desprestigio de este interesado sector hacia los profesionales de eventos en las instituciones oficiales, porque saben que hay poco donde rascar (económicamente) y para pocos beneficios no merece la pena lidiar con políticos o instituciones que encima tardan en pagar. Ojo: yerran, porque las instituciones públicas han aumentando la contratación externa y los concursos para la organización de eventos oficiales (8% el pasado año y ya cerca del 16 % en lo que va del presente). Lo que tampoco entiendo es por qué los denominados profesionales de protocolo están ignorando esta tendencia. Estos profesionales ya deberían estar preparándose para convertirse en buenos profesionales capaces de gestionar la ya necesaria relación con proveedores externos (no ya en catering u otros campos que ha atendemos, sino los nuevos del sector de eventos propiamente dicho).

Organizador Profesional de Eventos (OPE)

En consecuencia y después de esta larga reflexión, pero que me parecía necesaria para dejar bien clara mi posición al respecto, debo declarar que la marca que considero propia del tiempo que vivimos en la de “Organizador de Eventos profesionales” (ODE) o si lo profieren Organizador Profesional de Eventos (OPE). Creo que las siglas favorecen la identificación de nuestro campo competencial. Personalmente me siento preparado para enfrentarme a organizaciones oficiales y no oficiales, aunque obviamente dentro de esta variedad hay que tender hacia la especialización (eventos oficiales, corporativos, deportivos, culturales, etc.).

Vamos irremediablemente hacia la especialización y eso es muy positivo. Creo que se acabó eso de pensar que un experto en protocolo es capaz de enfrentarse a cualquier tipo de organización. Otro error. Yo mismo me sentiría como un pulpo en un garaje si me encargan organizar de principio a fin una gran exposición o un evento cultural masivo o sencillamente una gran boda o una gran pasarela de moda. Me creo más especializado en sector oficial, pero también es verdad que como experto en protocolo puedo contribuir en el porcentaje que corresponda en otro tipo de eventos.

Soy experto en Protocolo y me siento orgulloso de ello, pero profesionalmente soy organizador de eventos profesionales. Esa es la frontera que pienso debemos tener todos muy clara. Un técnico de sonido es un experto en sonido, no puede decirse que sea un organizador de eventos, pero su papel es decisivo para que un evento salga exitoso. Y lo mismo diría del restaurador, del productor, del escenógrafo o de la azafata. Soy organizador, y dentro de las categorías profesionales, en mi caso, me considero más un director que coordinador o técnico o auxiliar. Por mi experiencia en organización durante más de 37 años, por mis estudios y formación y por la investigación y docencia que desarrollo me siento plenamente consolidado como un adecuado organizador integral, y ello sin renunciar a que igualmente soy experto en Protocolo.

El director de Organización es quien domina transversalmente todas las disciplinas y sabe gestionar y liderar

¿Por qué debatir entre Protocolario y Organizador como el más cualificado para dirigir una organización? Ambos pueden serlo, salvo que no acrediten conocimientos o experiencia más allá de una sola especialidad o algunas. Un experto en Protocolo no necesariamente está capacitado para ser director de organización de eventos por sus conocimientos específicos en esa disciplina. Ni tampoco un productor, o un comunicólogo o un relacionista o un marketiniano. Ojo, que aquí hay un injustificado intrusismo del que ni tan siquiera las mismas agencias poderosas son conscientes de que están contribuyendo a ello. Debemos empezar a ampliar nuestras miras y proyección, y creer de verdad que organizar es otra cosa diferente a hacer Protocolo, Marketing, Publicidad, Comunicación o Relaciones Institucionales o Públicas. Aunque evidentemente en la mayoría de los eventos deban tener en cuenta todas esas disciplinas. El director de organización debe tener conocimientos acreditados en estas materias, pero además ha de ser un gran gestor y administrador y un líder nato que sepa manejar adecuadamente sus recursos humanos y materiales. Cuestión que va más allá de ser Protocolista, Comunicador o Relacionista.

Necesidad de la unión y de un gran acuerdo profesional nacional

Debemos ir a un gran acuerdo nacional entre profesionales, no excluyente, y las asociaciones y universidades o centros de investigación y formación acreditados, deberían asumir esa función de integración y de motor. Lo veo difícil todavía, porque mientras sigamos pensando que en el ámbito de protocolo existen varias escuelas o corrientes intelectuales (jurídica, comunicacional y relacionista) no haremos más que aumentar la división. Todas esas corrientes son necesarias, incluso deberían consolidarse otras que están ya en ebullición, pero deben confluir profesionalmente (más allá de la ciencia pura o la investigación especializada como tal) en un mismo camino: somos ODE o OPE.

Esa es la realidad profesional del siglo XXI, y eso es lo que me está llevando a pulir los estudios oficiales de Protocolo y Organización de Eventos que bajo la mano de un equipo estupendo que he venido codirigiendo con la experta Gloria Campos, pusimos en marcha (pese a los recelos de algunas personas cualificadas, que por cierto afortunadamente ahora lo defienden) los estudios oficiales como una disciplina claramente diferenciada del Derecho, la Comunicación como tal y las Relaciones Públicas y el Marketing. Unos estudios que para habilitar profesionalmente deben sujetarse al principio de la transversalidad en las materias que ofrecen, pues queda acreditado que para organizar eventos hay que saber de Protocolo, de Comunicación, de Relaciones Públicas, de Marketing, de Publicidad, de Tecnologías, de Derecho, de Sociología, de Ingeniería, de Artes Escénicas, de Producción, de los idiomas aplicados y, por supuesto de Dirección, Gestión y Administración, solo por citar algunas de las disciplinas.

La oferta de estudios universitaria

Y en ese acuerdo profesional y nacional que nadie piense que hay intereses movidos por supuestos enfrentamientos entre escuelas, universidad o centros especializados. Estas compiten por sus públicos, tarea lícita, pero al margen de ello ¿qué sentido tiene entrar en batallas si en el fondo todos defendemos lo mismo, aunque cada uno le ponga su apellido? Desde luego eso pienso, porque de lo contrario me hubiera ahorrado todo este testamento. Tampoco es necesario que las universidades deban unificar sus titulaciones o denominaciones o programas. La oferta diferenciada enriquece y aporta. El nombre de un título no da nombre a una profesión. ¿O acaso hay alguna carrera de abogado o Procurador o Juez? Sencillamente parten del Derecho o Ciencias Jurídicas o como quiera llamarlo cada universidad y luego terminan profesionalmente llamándose por lo que ejerzan. Eso también algunos deberíamos metérnoslo en la cabeza.

¿De qué Colegio Profesional hablamos?

Vamos a hacer esto primero. Son nuestras tareas iniciales. Sin resolver esto antes, ¿de qué Colegio Profesional estamos hablando? Por cierto, si no somos ni capaces de Federarnos todas las asociaciones que acogen profesionales o aspirantes a serlo en este campo, ¿qué pretendemos hacer? Qué fuerza tiene la profesión, llámese como se llame cuando ni tan siquiera las asociaciones representan no más del 0,0001 de los profesionales?

Enfrentarse a todo lo expuesto en este largo texto, que no me he podido acortar porque me parecía necesario, es precisamente el reto que se propone asumir el reciente proyecto del Observatorio Profesional de Protocolo y Eventos, o como quiera denominarse finalmente, una vez se constituya finalmente con todos los que de verdad creen que pueden contribuir gracias a su experiencia, conocimiento o investigación. Tiendo la mano a todos y cedo el protagonismo al colectivo.

Lo escrito aquí es el compromiso con mi profesión que tanto adoro, aprecio y creo. ¿Y el tuyo? No tiene por qué ser el mismo, pero hay que posicionarse positivamente, con ganas de aportar.

Perdonadme si he sido largo, pero una cuestión tan seria no se resuelve en un blog serio sobre nuestra profesión en quince líneas. Solo pido que los detractores de esta teoría que sostengo sepan interpretar bien lo que digo, porque luego uno queda muy sorprendido de ver y oir cosas que nunca uno ha dicho. Creo que intento ser positivo y construir al margen de intereses concretos que en estos momentos no tengo más allá de sentirme bien dentro de una profesión claramente definida y aceptada.

Día de la Constitución: protocolo para los candidatos

Puestos especiales
Puestos especiales 3A la derecha el lider de Ciudadanos, Rivera. Dis puestos a su derecha, el de Podemos, Iglesias. Ambos en la primera línea frente a la presidencia.

Teníamos algunos profesionales mucha expectación sobre el tratamiento protocolario que se daría en el acto de esta mañana en el Congreso de los Diputados a los candidatos a las próximas elecciones generales del 20 de diciembre y que actualmente no son diputados, ni ostentan un cargo que les otorgue derecho a una precedencia. ¿Dónde se les colocará? Era una pregunta que estos días iba de boca en boca entre nosotros. Especialmente acostumbrados al buen protocolo que se hace en la Cámara baja española, capaz de adaptarlo a las circunstancias lógicas de cada momento, algo esperábamos al respecto. En concreto la expectación se centraba en si se reservaría puesto o no a los cabezas de lista de los partidos Ciudadanos, Albert Rivera, y Podemos, Pablo Iglesias. Continue reading

El Protocolo del Día de la Constitución (sin el Rey)

Buena presidenciaSalón de Conferencias. Presidencia del acto.

Este sábado se celebró el 36 aniversario de la Constitución Española de 6 de diciembre de 1978. Como viene siendo habitual se hizo en el transcurso de un acto institucional en el Congreso de los Diputados, bajo la presidencia conjunta de los presidentes del Congreso, Jesús Posada Moreno, y del Senado, Pío García Escudero. Como seguramente muchos lo habrán seguido a través de los medios de comunicación no voy a extenderme mucho en los detalles protocolarios, pues en este sentido no ha habido especiales novedades con respecto a ediciones anteriores.

Me sigue llamando la atención que un acto tan singular como el de conmemorar el día que se aprobó el texto que garantiza la democracia española y que constituye el acto más solemne y trascendental de las Cortes Generales (después de la ceremonia de apertura de cada Legislatura tras las elecciones generales), no asista el Jefe del Estado, hoy el rey Felipe VI. Tampoco lo hacía anteriormente el rey Juan Carlos I. Es evidente que no es cosa de la Casa Real, sino de una decisión política encaminada a dar el protagonismo a los parlamentarios españoles, acompañados de los poderes del Estado y las representaciones de los diferentes sectores de la sociedad española (quizá haya que abrir algo más este listado, aunque es cierto que la presencia ciudadana se garantiza con los dos días anteriores de puertas abiertas al público). Casi 1.500 invitados que, como sardinas en lata, ocupan los diferentes salones de la casa madre del Legislativo. Afortunadamente, el Congreso y el Senado cuentan con espléndidos profesionales de protocolo que garantizan la correcta organización de esta conmemoración, y a quienes de nuevo hay que felicitar.

La no presencia del Rey

Pero al margen de los detalles técnicos, uno se hace la pregunta: ¿por qué la ausencia del Jefe del Estado en un acto tan simbólico? ¿Resta protagonismo al parlamentarismo? ¿Es suficiente ese criterio para que no acuda la máxima autoridad del estado? Nunca he entendido por qué no entra en la agenda Real este evento que celebra la gran conquista de la democracia (aunque por cierto creo que hay cosas que ya habría que cambiar para amoldarla a la realidad político-social de nuestro país). La Constitución fue redactada y aprobada por las Cortes, luego tanto al Congreso como al Senado le corresponde el protagonismo. No hay duda. Pero hay fórmulas protocolarias para que el Rey esté presente y no quede al margen del evento. ¿No va la Constitución con él? Su no presencia provoca el riesgo de que pueda pensarse que nuestra monarquía nada tiene que ver con la Constitución y es evidente que el Rey es el primer defensor del orden constitucional. Tenemos Rey, además, porque la Constitución que en 1978 votamos quienes teníamos derecho a ello, así lo establece, definiendo nuestro sistema como monarquía parlamentaria. Por mucho que me lo expliquen encuentro un sinsentido que estando todos los poderes del estado y representaciones sociales, el Rey deba quedarse en Palacio siguiendo el acto por televisión. Absurdo.

Acto para el Hemiciclo

También llama la atención que el acto tenga como escenario el Salón de Conferencias (más conocido por el nombre de los Pasos Perdidos) y no el propio Salón de Sesiones o Hemiciclo, aunque en aquél se celebren otros actos solemnes, como las juras de altos cargos dependientes de las Cortes. Un evento de esta solemnidad obliga al uso de los espacios que contribuyan a entender mejor el sentido del acto. Y conmemorar la Constitución en el Hemiciclo, donde fue aprobada, nos parece más adecuado. Desde su habitual sillón, junto al Presidente del Senado, debiera haber pronunciado su discurso el Presidente del Congreso. Para nada, por cierto, hubiera restado protagonismo que el Rey o los Reyes presidieran tan importante acto, aunque no hicieran uso de la palabra. Lo importante es su asistencia, junto a todas las instituciones presentes. Queda chocante que la Jefatura del Estado esté ausente.

Hemiciclo

Es el marco idóneo, porque está presidido por un tapiz con el Escudo de España bajo dosel y a cada lado dos esculturas en mármol de Carrara que representan a Isabel la Católica y Fernando el Católico, obras de José Panucci y Andrés Rodríguez, respectivamente. A derecha e izquierda de cada una de ellas hay dos grandes cuadros: uno sobre las Cortes medievales, en el momento en que la Reina Regente María de Molina presenta a su hijo el Infante don Fernando ante las Cortes de Valladolid, pintado por Antonio Gisbert; otro, de las Cortes de Cádiz, durante la celebración de la Sesión en la que los Diputados juran su cargo en 1810, obra de José María Casado del Alisal.

También, me sorprende que en tan señalada fecha no se interprete el Himno Nacional, primero porque el guión del evento lo demanda, y segundo porque contribuiría no solo a la solemnidad sino a los objetivos del acto. Los símbolos del Estado están precisamente para estas ocasiones.

El marco del hemiciclo es el adecuado, disponiendo a autoridades y diputados y senadores lugar entre las bancadas o buscando lugares especiales, reservando las tribunas para otros invitados, o bien mezclando. Está claro que los 1.500 invitados no entrarían, con lo cual si se estima conveniente su presencia pueden seguir la ceremonia desde los diferentes salones, hasta el momento de mezclarse tras el discurso, momento que parlamentariamente viene a denominarse el de los “corrillos”.

Presidentes entre macerosEl Presidente del Congreso durante su discurso, acompañado por el Presidente del Senado.

Por otra parte, la imagen del Presidente del Congreso durante su intervención quedaría más adecuada a los tiempos actuales, hablando desde la presidencia del Hemiciclo que desde el precioso Salón de los Pasos Perdidos, con los dos maceros de fondo que nos trasladan excesivamente una imagen no muy enlazada precisamente con el texto constitucional (deberían estar en un posición más abierta, para que no copen tanto la imagen principal). Con ello, no quiero decir que deba de prescindirse de la costumbre parlamentaria de la presencia de los maceros en estos actos solemnes. Debe respetarse esta tradición porque su presencia recuerda simbólicamente la autoridad suprema de los parlamentarios y su independencia frente al resto de los poderes.

El protocolo del acto

Banderas autonómicasAcceso al Congreso a través de la carpa.

Protocolariamente el acto ha sido correcto, aunque es difícil “lidiar” con tanta gente para tan poco espacio. En varias ocasiones he tenido la oportunidad de asistir a este acto y es cierto que intentar poner orden es tarea imposible. Por ello, es suficiente atender con más mimo el recibimiento que los dos presidentes dispensan en la puerta de Congreso a todos los invitados y que se reserven los puestos protocolarios en la zona de presidencia a los representantes de las principales instituciones del Estado y de las cámaras legislativas, y que el resto se ubique al libre albedrío. Para el acceso de invitados se habilitó una carpa desde la entrada de la Carrera de San Jerónimo hasta la puerta lateral de la calle de Floridablanca, donde lucía además de tres banderas nacionales, las enseñas de las 17 comunidades autónomas y las dos ciudades autónomas.

Lado Gobierno Los representantes de los poderes y otras autoridades a la derecha de la presidencia.

Lado MesasMiembros de las Mesas del Congreso y Senado.

En el centro de la presidencia se ubicaron los dos presidentes, tomando precedencia (lado derecho) el del Congreso, no solo porque está en su “casa” sino por ser el presidente de las Cortes Generales (cuando concurren conjuntamente Congreso y Senado). A la derecha, en dos filas, los presidentes de los otros poderes (Gobierno, Constitucional y Judicial) y los ministros por su orden, cerrando el Ministro de Sanidad, no por ser el último nombrado, sino porque en el ordenamiento de los ministerios ocupa la última posición. Detrás de ellos, los pocos presidentes autonómicos que acudieron (igualmente por su orden), seguido (porque no asistió ex presidente del Gobierno alguno) del Secretario General del Partido Socialista, que como máximo representante del grupo parlamentario no gobernante con mayor número de diputados, se le reservó el puesto de Jefe de la Oposición que prevé el artículo 10 del Real Decreto 2099/83 sobre Ordenación General de Precedencias en el Estado (de las pocas veces que se hace bien). El lado izquierdo quedó reservado para los vicepresidentes y secretarios que componen las Mesas del Congreso y Senado. Sigue así el Congreso su práctica de distinguir mediante espacios a las autoridades externas, y las internas, en una decisión muy acertada.

Supongo que habrá razones presupuestarias, pero al Congreso le hace falta un atril renovado, acorde con el entorno, más funcional y discreto (y con algo más de gusto). Seguro que cuando la economía lo permita será cambiado. La ceremonia consistió únicamente en el discurso pronunciado por el Presidente del Congreso.

Como recuerdo de este año queda la iluminación de la fachada principal del edificio, que se inauguró la noche anterior, y que fue financiada por la empresa Iberdrola.

Congreso iluminado

Honores a la bandera en la Plaza de Colón

Como también es tradicional, dos horas antes del acto del Congreso, a las 10.00 h, los presidentes del Congreso y Senado presidieron en la plaza de Colón el solemne acto de izado de la bandera de España, una enseña de nada menos 300 metros cuadrados de superficie y que entre numerosos militares fueron izando a los acordes del Himno Nacional.

Revista Presidentes

Compañía buena

Comenzó este homenaje con la formación de la compañía mixta que rendía honores (ejércitos de Tierra, Mar y Aire, más Guardia Civil). Tras la llegada de los presidentes del Congreso y Senado, accedieron al podio para recibir los honores militares que les corresponde, y posteriormente pasaron revista a la tropa. Seguidamente se izó la gran enseña, ya emblema de Madrid, y que periódicamente es cambiada de forma solemne. Hasta no hace mucho, en cuatro ocasiones al año: 15 de mayo (San Isidro), 24 de junio (onomástica del anterior Rey de España), 12 de octubre (Fiesta Nacional) y 6 de diciembre (Día de la Constitución). La del 24 de junio se cambiará por el 19 del mismo mes, aniversario de la proclamación del rey Felipe VI, y la del 12 de octubre se hace días antes de forma más discreta, pues el homenaje a la bandera en ese día se traslada al lugar donde se celebra el desfile.

Ver ceremonia completa:

Protocolo y ceremonial para la Proclamación del Rey Felipe VI

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Rey y el Príncipe de Asturias juntos después de anunciarse la decisión de don Juan Carlos de abdicar la Corona en favor de su hijo. Ambos compartieron agenda en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde el soberano presidió una reunión del capítulo de la Orden de San Hermenegildo, creada hace dos siglos para premiar conductas militares ejemplares

 

Don Felipe de Borbón, como Felipe VI, asumirá, previsiblemente el próximo día 19 de junio, la máxima responsabilidad institucional como jefe del Estado español, en su condición de nuevo Rey. Ha de liderar desde su más alta función a “una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana”, según señaló don Juan Carlos en el mensaje dirigido a la nación al anunciar su abdicación el pasado día 2 de junio.

 

El propio monarca que cesa añadía además: “El Príncipe de Asturias tiene la madurez, la preparación y el sentido de la responsabilidad necesarios para asumir con plenas garantías la jefatura del Estado y abrir una nueva etapa de esperanza en la que se combinen la experiencia adquirida y el impulso de una nueva generación. Contará para ello, estoy seguro, con el apoyo que siempre tendrá de la Princesa Letizia”.

 

Estas palabras del Rey, pronto “rey padre”, intentan marcar las pautas de un necesario nuevo estilo de reinar lo que influye directamente en el protocolo y el ceremonial, formalismos éstos a través de los cuales se da visibilidad a los actos públicos que vaya a desempeñar a partir de ahora y en definitiva a la imagen de la propia monarquía española. Desde esta óptica, y consideraciones políticas e institucionales al margen, tiene don Felipe su primera oportunidad de acreditar los indicios de ese nuevo estilo, en la ceremonia de juramento y proclamación ante las Cortes Generales.

 

Se habla estos días sobre el protocolo a seguir para este acto, el más importante de Estado. Apenas se conocen los detalles y lo poco que ha trascendido es fruto de un inicial briefing que desde el servicio de prensa de La Zarzuela se hizo este jueves con diferentes representantes de los medios de comunicación. Se ha dicho que no habrá la misa conocida como del Espíritu Santo, que en el caso de don Juan Carlos en 1975 se celebró en la Iglesia de los Jerónimos, que no habrá representaciones extranjeras ni de casas reales por problemas de capacidad en el hemiciclo del Congreso (fenomenal evitar toda esa pompa y gasto innecesario) y que el nuevo Rey acudirá de uniforme de Capitán General de las Fuerzas Armadas.

 

Tratamiento para el “Rey padre” y su precedencia

 

Por otra parte el Gobierno, siguiendo los deseos del nuevo Rey, establecerá mediante Real Decreto el tratamiento y dignidad que tendrá don Juan Carlos. Aunque nada ha trascendido de forma fiable, todo parece indicar que tanto el actual monarca como su esposa, la reina doña Sofía conservarán la dignidad de Rey (siempre hay que entenderlo como algo honorífico) y, en consecuencia, el tratamiento de Majestad/Majestades. Nos parece razonable, aunque desde el punto de vista jurídico probablemente discutible. Un Rey que dio a España una constitución democrática e impulsó la modernización de un país atrasado que venía de una aislada dictadura militar, que ha hecho encomiables servicios a la nación en sus 39 años de reinado, creemos que es digno de conservar su estatus de Rey, aunque sea de forma simbólica y no suponga ello la asunción de funciones específicas, más allá de las que el nuevo Jefe de la Casa Real disponga en la distribución de las tareas de representación y presencia pública de la Corona.

 

Es un acierto que don Juan Carlos renuncie al título de Conde de Barcelona, así como a cualquier otro que sea propio de Rey, evitando así confusiones y cerrando la disfunción histórica que, obligada por las circunstancias, se llevó a cabo con la figura del abuelo de don Felipe, don Juan de Borbón y su esposa, al reconocerle el uso de título de Conde de Barcelona. Sería oportuno en su momento establecer un título específico para el Rey abdicado, a los efectos de clarificar verbal y popularmente el estatus de uno y otro. Su tratamiento siempre sería de Majestad y la consideración de Rey a efectos de protocolo, pero se evitaría la duplicidad de nominaciones.

 

No adelantemos acontecimientos a la espera de la norma, pero de confirmarse esa consideración de Rey, ha de entenderse que en las precedencias del Estado tanto el Rey padre como la Reina madre irían por delante de la Princesa de Asturias, salvo que se modificara en sentido contrario en el Real Decreto 2099/1983. Resulta chocante que un rey honorífico y abdicado, tenga mayor precedencia que la heredera, la Princesa de Asturias (la edad actual no debe ser condicionante pues las normas se hacen con la perspectiva del tiempo).

 

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 Jura de don Juan Carlos como Rey de España el 22 de noviembre de 1975.

Antecedentes próximos de la ceremonia

 

La ceremonia de proclamación y juramento es, pues, el primer indicio claro de cuál será el estilo de reinado del nuevo Monarca, si plenamente continuista o apuntará hacia cambios significativos. Sin irnos excesivamente atrás en la historia, donde poco podríamos sacar que sirviera para la España actual, partimos de la base de dos antecedentes. El primero, la propia proclamación de don Juan Carlos el 22 de noviembre de 1975 –estrictamente de Rey- y la segunda, el juramento del Príncipe de Asturias de la Constitución Española al cumplir los 18 años el 30 de enero de 1986. Ambas se celebraron en el mismo escenario, el estrado del Congreso de los Diputados, pero de desigual manera.

 

En el caso del acto de 1975 venía claramente condicionada por un régimen fruto de la dictadura franquista, en la que se impuso el ceremonial propio de una época donde la Regencia tras la muerte del general Franco fue asumida por los tres máximos representantes de Las Cortes, las Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica. En esas circunstancias, ver jurar al Rey “por Dios y ante los Santos Evangelios” y uniformado de Capitán General del Ejército de Tierra no nos sorprendió. Bastante tenía ya con realizar el primer discurso que un monarca pronunciaba ante las Cortes tras su jura y hacerlo, además, reclamando justicia social, respeto a las singularidades territoriales españolas y a los intereses del pueblo y recordando la figura de su padre don Juan.

 

En un ceremonial condicionado y encorsetado, propio de la época, en el que lucieron sobre un cojín la Corona, el Cetro y un crucifijo de plata, don Juan Carlos quiso significarse fundamentalmente con sus palabras y apostar desde el primer momento por la idea de su una España democrática. Y debía hacer claramente visible su autoridad, por lo que acudió vestido de Capitán General, algo que en 1975 era entendible, crucial y necesario. No hubo más discursos que el suyo, entre otras cosas porque después del testamento político de Francisco Franco a ver qué representante de esa dictadura tenías agallas de añadir algo más.

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 Jura del Príncipe de Asturias de la Constitución Española al cumplir la mayoría de edad. 30 de enero de 1986.

 

Diferente fue la jura del príncipe, don Felipe. Muy significativos los cambios. No vamos a extendernos en la cuestión pues tan solo con observar las imágenes cada uno puede extraer sus propias conclusiones. Pero sí al menos quisiera resaltar algunos aspectos relevantes que se produjeron en 1986: la jura del Heredero se hizo con etiqueta civil (chaqué), sin referencia religiosa alguna (ni crucifijo, ni biblia) y hubo un discurso al inicio del acto a cargo del presidente del Congreso, entonces Gregorio Peces Barba. Tres aspectos que desde el punto de vista ceremonial son muy relevantes y que estuvieron acertados.

 

Uniforme militar o civil

 

La ceremonia de proclamación de don Felipe VI debe ser una mezcla de ambas, pero al mismo tiempo consecuente al estilo que ya fijó en su jura como sucesor. De forma rotunda estimo negativo y contradictorio que el nuevo Rey concurra a la Cámara Baja vestido de Capitán General de los Ejércitos. El hecho de que asuma la jefatura suprema de las Fuerzas Armadas no es razón suficiente para utilizar dicha prensa en una ceremonia civil ante los representantes de los ciudadanos. Tiempo tendrá de lucir su nuevo uniforme donde corresponda, que es en los actos militares. Pero en el Congreso no tiene sentido alguno. Sería una magnífica ocasión que prescindir de esta uniformidad para actos civiles de Estado. Creo que ya es hora de que el Rey por encima de todo ejerza como representante de todos los españoles y reduzca al mínimo en su actos habituales su condición de militar y católico.

Honores Rey

El Rey recibió honores (vestido de civil) con ocasión de la ceremonia de inaiguración de la X Legislatura de las Cortes Generales el 27 de diciembre de 2011, última vez que estuvo en el Congreso de los Diputados.

No ha de entenderse esta postura como un rechazo a la importancia que tiene ejercer el mando supremo de las Fuerzas Armadas, ni el papel de las mismas en la sociedad moderna, pero chirría mucho ver al Rey en su primer acto jurando una Constitución y siendo proclamado por la “Soberanía popular” vestido de militar. Un claro error y un inadecuado estilo. En la España del siglo XXI esta imagen supondría una clara contradicción con los tiempos y tampoco creo que refleje el estilo del reinado que ejercerá don Felipe VI. Otra cosa es que se le rinda honores de ordenanza a su llegada al Congreso y presida el ulterior desfile militar con la que se pondrá fin al acto oficial del Congreso. Pero para recibir honores militares no es necesario ir uniformado. De hecho, cuántas veces hemos visto tanto a don Juan Carlos como a don Felipe recibir honores vistiendo traje civil. Por cierto, ha de entenderse que los honores que recibe son los correspondiente a Rey (pues lo es desde el mismo momento de la entrada en vigor de la abdicación), por lo que debería sonar el himno en su versión completa (52 segundos).

Los símbolos reales y el Himno Nacional

Resultaría acertado que el presidente de Las Cortes, en nombre de las dos cámaras y, en definitiva, de todos los españoles, hiciera un discurso breve y sencillo para ensalzar y solemnizar la relevancia del momento. Es necesario y positivo que los símbolos reales se dispongan (Corona y Cetro), porque con ello se simbolizará claramente el significado de este acto. No se entregan porque no es una Coronación (el Rey lo es de forma automática en virtud a la Constitución). Por supuesto, tampoco los lleva porque no es costumbre en nuestro ceremonial histórico (quedaría patético ver a nuestro Rey bajo Corona y con el Cetro en la mano), ni tampoco ha sido utilizado por su padre el Rey don Juan Carlos. Don Felipe debería ser consecuente con lo hecho en 1986 y prescindir del crucifijo y de la biblia, elementos que se contradecirían con el estado laico y aconfesional que establece la Carta Magna.

No ha trascendido aún, pero suponemos que en breve se sepa –de hecho los equipos de protocolo de la Casa de S.M., Presidencia del Gobierno y Congreso están trabajando y coordinando al respecto desde hace varios días-, cuándo se interpretará el Himno Nacional dentro del hemiciclo. Normalmente, cuando los reyes acuden al Congreso –hasta ahora en todas las inauguraciones de la Legislatura- se interpretó a su llegada. En la jura de don Juan Carlos se hizo una vez pronunció las palabras propias de su juramento, pero antes de dirigirse con su discurso a los procuradores y senadores. Se simbolizaría mejor su nueva condición de Rey si ese protocolo de himno aplicado a su padre se mantuviera. Es una forma muy efectiva de solemnizar el momento y tomaría más significado. Sin embargo, hay que advertir que en el caso de don Juan Carlos no llegaba como Rey –no fue una sucesión como tal, sino una instauración de la monarquía- y hasta ese momento a Jefatura del Estado la encarnaba el Consejo de la Regencia. Como se ha apuntado, don Felipe llega ya como Rey, razón que puede aconsejar que se interprete el Himno Nacional al inicio del acto.

El protocolo de asientos

Los nuevos reyes ocuparán dos sitiales de honor en el centro del estrado, situándose a su derecha los presidentes del Congreso y Senado y a su izquierda las dos hijas, la infanta doña Leonor (que en ese momento ya será Princesa de Asturias) y doña Sofía, la segunda en la línea de sucesión. Es probable que los miembros de las Mesas del Congreso y del Senado se ubiquen en una segunda fila tras los citados. A la derecha, la del Congreso; a la izquierda la del Senado. Algunos ha especulado con la posible ubicación del Presidente del Gobierno junto a las infantas (como ocurrió en la jura del Príncipe), pero en esta ocasión carecería de sentido que en un pleno oficial de sesión conjunta de Las Cortes, el máximo representante del Ejecutivo no estuviera en su escaño (primer sillón azul)[i].

La presencia de don Juan Carlos y doña Sofía

Sobre la posible presencia de don Juan Carlos y doña Sofía a la ceremonia pienso que no acudirán con el objetivo de no quitar protagonismo al único que debe tenerlo. Como reyes que fueron sabrán asumir el sacrificio de seguir tan relevante acto por televisión. Acertarían si no concurrieran al igual que sus hermanas por razones obvias o cualquier otro miembro de la familia del Rey y de la Reina. Si los “ex reyes” asistieran ¿dónde se les podría ubicar? ¿En un lado de la presidencia? ¿Tras las infantas? ¿En la tribuna Real? Me pregunto: ¿No es demasiado fuerte escenificar el cambio habitual de sitio de unos monarcas que siempre han ocupado la presidencia del hemiciclo y que ahora se les traslada a la tribunal real, en la planta de invitados? Hay razones a favor y en contra, pero a mí me pesan más las negativas.

Tampoco se trata de un relevo al estilo presidencial de los regímenes sin monarquía. No es necesario escenificar en este momento el “traspaso”, pues el objetivo del acto es otro. El rey don Felipe VI acude a las Cortes a jurar y a ser proclamado, no para simbolizar el relevo. La escenificación del fin de un reinado y el inicio del otro, se hace en esa ceremonia que se anuncia para la víspera en la que el Rey en presencia de la Reina y los príncipes firmará oficialmente la Ley Orgánica aprobada por el Congreso y Senado por la que se oficializa su abdicación y que se publicará en el BOE al día siguiente. A ese momento debe aplicarse toda la carga emocional y simbólica de lo que significa el relevo generacional en la jefatura del Estado. Un sencillo acto de firma, sin más, pero suficiente y ciertamente histórico. Confiemos que ese acto sea televisado para todo el mundo, porque de lo contrario perdería la esencia de su razón de ser.

La Recepción en Palacio Real

Tras el acto del Congreso, se especula –y así será- sobre la posibilidad de que don Felipe VI ofrezca una Recepción en el Palacio Real. Estimo que una sobria y sencilla Recepción es obligada, para que los representantes de las instituciones del Estado y de las comunidades autónomas (deberían estar los alcaldes de los ayuntamientos capitales de provincia), del cuerpo diplomático acreditado en España, los agentes sociales, culturales, etc., tengan la oportunidad de expresar directamente la felicitación al Rey proclamado. Deseamos que esa posible Recepción se abra a más estamentos de la sociedad que los meramente institucionales y que la lista de asistentes sea otro de los indicios de cambio.

Saludo a los ciudadanos

Faltaría solo, para redondear la cuestión, cómo expresar de forma directa la vinculación del nuevo Rey con el pueblo. En la ceremonia de don Juan Carlos en 1975 utilizó un coche descapotable para dirigirse desde el Congreso a La Zarzuela y desde él, a paso lento, saludó a las miles de personas que se dieron cita en las inmediaciones. No sabemos lo que don Felipe hará, pero estamos convencidos que buscará algún gesto directo al pueblo. No soy partidario de asomarse al balcón de Palacio; preferiría más la imagen de unos reyes –don Felipe y doña Letizia- a pie de calle saludando y mezclándose con el público.

Adiós a la monarquía de “hadas”

Este nuevo Rey debe ir desterrando determinadas imágenes que nos recuerdan la idea de una monarquía de “hadas” y de viejos tiempos. Que no miren a otras monarquías. Que se abstraigan de las mismas. Que piensen que en España la cultura monárquica existente es floja y que quizá Felipe VI deba reinventar un nuevo estilo monarquía que se aleje de los estilos de Palacio y le haga ganarse a los ciudadanos.

Ese debe ser el objetivo de su protocolo y ceremonial a partir de ahora: construir una imagen de una representación plástica de la monarquía que se aleje de los estereotipos a los que nos han acostumbrado y que ya han caducado. El pueblo quiera otra cosa, por mucho que luego “devore” todo lo que le den sobre el vestido de doña Letizia o los azules ojos de la rubia infanta doña Leonor o la barba sí, barba no, de nuestro rey Felipe VI. Hay que evolucionar los eventos Reales y socializarlos, aunque nos alejemos de lo que hacen otras monarquías de “cuento” y, así, rejuvenecer la imagen que la Casa Real española tiene que transmitir a través de su actos. Todo en un calculada transición que debe empezar desde su primera ceremonia en el Congreso.

De esta forma daría respuesta don Felipe a las palabras de su padre en el mensaje de abdicación, donde señaló de su hijo que “encarna la estabilidad, que es seña de identidad de la institución monárquica”. Y más adelante afirmaría otra importante frase: “Abrir una etapa de esperanza en la que se combinen la experiencia adquirida y el impulso de una nueva generación”. Como se han apresurado en decir portavoces de la Casa de S.M. no se trata de un “cambio”, sino de una sucesión dentro de una normalidad constitucional. Pero al margen de lo político, es una magnífica oportunidad para que los nuevos reyes abanderen el estilos propio de una monarquía para el siglo XXI. Y no tienen, para ello, buenos referentes en Europa.

Posible estructura del acto

Con todos los riesgos que tiene adelantar una previsión personal sin conocer importantes detalles que se están debatiendo y estudiando ahora, me atrevo a intuir que la ceremonia responderá más o menos a este guión:

  1. Llegada de diputados y senadores, que deberán acudir con etiqueta de traje oscuro y los miembros de las Mesas, al menos, portando la medalla del Congreso y del Senado.
  2. Llegada de las principales autoridades invitadas al acto.
  3. Llegada del nuevo Rey en vehículo del estado portando el banderín guión Real).
  4. Recibimiento por el Presidente del Gobierno y Jefe del Estado Mayor de la Defensa.
  5. Acceso al podio para el inicio de los honores militares ofrecidos por la Guardia Real, con representación de los tres ejércitos. Suena el himno nacional y las salvas de honor.
  6. Revista a la tropa por el nuevo Rey, acompañado por el Jefe del Estado Mayor de la Defensa y el Jefe del Cuarto Militar de la Casa de Su Majestad.
  7. Fin de la Revista.
  8. Saludo al pie de la escalinata del Congreso de los presidentes del Congreso, Senado, Tribunal Constitucional y Consejo General del Poder Judicial.
  9. Saludo en el vestíbulo principal a los miembros de las Mesas del Congreso y del Senado.
  10. Acceso al estrado presidencia del hemiciclo. Himno Nacional.
  11. Intervención del Letrado Mayor de las Cortes para dar lectura a la convocatoria de la sesión extraordinaria.
  12. Posible discurso del Presidente del Congreso.
  13. Toma de juramento por el Presidente del Congreso.
  14. Fórmula de juramento por don Felipe.
  15. Discurso del Rey.
  16. Fin del acto. Abandonan el hemiciclo.
  17. Saludo (besamanos) en el Salón de Pasos perdidos a los representantes institucionales.
  18. Desfile de las unidades militares que le rindieron honores en la Carrera de San Jerónimo. Presidirá desde un podio situado al pie de la escalera principal de la Puerta de los Leones.
  19. Traslado a Palacio Real para la Recepción