La Subsecretaría de la Presidencia asume el control de los símbolos nacionales

Bandera Quijote

¿Perseguirá la Subsecretaría de la Presidencia la fabricación de banderas de España que claramente incumplen la normativa constitucional y las leyes que la desarrolla? Alguna empresa habrá fabricado por ejemplo esta bandera que se aprecia en la fotografía. ¿No es demasiada impunidad que en cualquier tienda china o kiosko o bazar de recuerdos o chiringuito de playa se vendan banderas así? Solo es un pequeño ejemplo.

El Consejo de Ministros ha aprobado un Real Decreto por el que se modifica la estructura orgánica básica del Ministerio de la Presidencia, y en el que aporta una nueva cuestión de interés para todos los profesionales del ámbito del protocolo y ceremonial (aunque obviamente lo es también de interés nacional). Entre otros cambios el nuevo Real Decreto 671/2014 de 1 de agosto, de modificación del Real Decreto199/2012, de 23 de enero, por el que se desarrolla la estructura orgánicabásica del Ministerio de la Presidencia y se modifica el Real Decreto1887/2011, de 30 de diciembre, por el que se establece la estructura orgánicabásica de los departamentos ministeriales, dispone que las competencias correspondientes a la autorización para el uso de la bandera, el escudo y otros emblemas nacionales en los supuestos en los que las normas así lo prevean, sea competencia de la Subsecretaría de la Presidencia.

Textualmente, la normativa aprobada introduce una competencia nueva a dicha Subsecretaría, que se lleva al artículo 6.1, apartado j) que dice textualmente (se refiere a las competencias de dicha Subsecretaría): “Las autorizaciones de uso de la bandera, escudo o demás símbolos nacionales, en los casos en que así se prevea normativamente”.

Desgraciadamente no hay mucha normativa que prevea circunstancias de seguimiento y control, pero si al menos la Subsecretaría de la Presidencia que asume ahora estas competencias comienza a velar por el cumplimiento de las disposiciones vigentes en materia de símbolos nacionales daremos un paso de gigante en el respeto a estos símbolos que son de todos y de los que cada día nos encontramos cientos de casos de mal uso, en ocasiones de carácter grave. Y confiemos que sea quien sea el agresor de la norma, la Subsecretaría actúe con eficacia ordenando lo que tenga que mandar para evitar incorrectas disposiciones de banderas, prohibir enseñas no ajustadas a normas, escudos oficiales en lugares donde no se pueden disponer o usar, etc.

En fin, no soy nada optimista al respecto, pero al menos ahora ya tengo claro a quién debo dirigirme para exigir que se persigue los incumplimientos de las normativas en materia de símbolos y espero que empiece por el propio gobierno de la nación donde a diario observamos transgresiones graves a la norma. Claro que este cambio de competencias, una vez, deja muy difusa la competencia y es una pena que no especifique claramente que no solo es autorizar, sino velar por el buen cumplimiento de la normativa. No obstante, al menos quien suscribe, entiende que en el espíritu de lo que se dice se incluye esa vigilancia.

De entrada debería inspeccionar a todos los fabricantes y comercializadores de banderas y otros productos que incorporan símbolos nacionales para ver lo que realmente se está vendiendo y si ese producto cumple con la normativa o no. Si se ponen a ello y se multa con severidad los incumplimientos les aseguro que saldremos de la crisis económica…

Etiqueta para el “estreno” del Rey don Felipe VI

Gran Etiqueta Rey

Uniforme de Capitán General de los tres ejércitos, la denominada Gran Etiqueta. Fotografía oficial de la Casa de S.M.

 

Los medios de comunicación, las redes sociales y los propios expertos hablamos en los últimos días mucho a propósito de la etiqueta que debiera utilizar don Felipe de Borbón en su ceremonia de proclamación como Rey ante las Cortes Generales, el próximo día 19 de junio. El debate está en la calle, además del consabido referéndum si/referéndum no. La cuestión es si el futuro monarca debe acudir al Congreso de los Diputados ataviado de uniforme militar en cualquiera de las versiones a las que tendría derecho o de civil –chaqué/traje-. La cosa tampoco es baladí, ni frívola. Tiene su importancia en el marco de la simbología y su proyección. Es, además, una foto para la historia que permanecerá en el tiempo.

Los defensores de la etiqueta militar se apoyan en dos criterios: el primero y más argumentado es que don Felipe se estrena en ese día, por mandato constitucional, como Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas; y el segundo, porque recoge el testigo de su padre que en el 1975 fue vestido de Capitán General del Ejército. En su contra, los partidarios de la etiqueta civil, como el que suscribe, entienden que el acto de Las Cortes es eminente civil, aunque se rindan en la carrera de San Jerónimo honores antes y haya desfile militar después. Pero esos son actos complementarios, que se dan por la condición de Rey, no porque lo exija la ceremonia. Para ello se puede recurrir a los antecedentes de todas las visitas oficiales realizadas en democracia por don Juan Carlos al Congreso, siempre de civil y siempre recibiendo honores militares. Y si es civil lo que corresponde es la indumentaria civil.

Los argumentos aceptables en democracia a favor de lo militar se agotan ahí. Los criterios favorables a lo civil aportan otros como la conveniencia de que la monarquía que encabezará don Felipe ofrezca desde el minuto cero otro estilo protocolario de Rey acorde con los tiempos. Cuando se apela a este argumento, los defensores de lo militar se ven agraviados al considerar que se deja en entredicho la dignidad de las Fuerzas Armadas como si fueran negativas para España. Tampoco es así.

La sombra del Generalísimo

Sin cuestionar las garantías de normalidad y estabilidad en el relevo que son esenciales en estos momentos, la ceremonia de don Juan Carlos en 1975 se producía en un marco diferente, bajo una normativa distinta, en medio de una decadente dictadura, y con un sentimiento popular importante a favor del general Franco, cuyo cadáver a la misma hora era objeto de homenaje por miles de ciudadanos. Y con los cuarteles en estado de alerta. Durante más de cuarenta años de Generalísimo, era impensable que el nuevo Rey –no constitucional entonces, sino fruto de la Ley de Sucesión creada por Franco “ad hoc” y que posibilitaba la instauración/restauración de la monarquía tras un largo paréntesis- acudiera de otra forma diferente que vestido de militar.

Por otra parte, tampoco, debe argumentarse a favor de la prenda civil el antecedente de la jura de la Constitución por el Príncipe en su mayoría de edad en 1986 que se presentaría en el Congreso vestido de chaqué. No sirve de antecedente sólido porque ni era Rey, ni Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas.

Por lo tanto los antecedentes se nos antojan fuera de lugar y no válidos. Recurrir a siglos atrás tampoco tiene sentido en la España del siglo XXI. Las tradiciones cuando afectan al ceremonial de Estado deben estar sujetas a constantes actualizaciones, sino queremos quedarnos en imágenes trasnochadas y en algunos casos cómicas. No hay una normativa al respecto que obligue a una u otra prenda, siendo facultad única del futuro Rey determinarla, al igual que doña Letizia deberá hacer con su ropa, y ambos padres con respecto a la de sus dos hijas. Pueden recibir consejos, como en todo, pero la última palabra es suya. Por eso cobra más valor la decisión que se tome en un sentido o en otro.

Debe dejarse claro que para recibir honores militares o presidir un desfile tampoco hay que ir uniformado. De hecho tanto don Juan Carlos como don Felipe han presidido ceremonias de este tipo sin traje militar y todas las autoridades civiles a las que se rinden honores, como Presidente del Gobierno, Reina, infantas o el propio Ministro de Defensa no pueden ponerse el uniforme militar (porque no lo son), pero reciben igualmente los honores, tal y como señala el Reglamento que regula este boato.

A partir de estos argumentos y criterios, nada más se puede añadir salvo las opiniones personales que cada cual tenga. Lo idóneo para quien suscribe es que don Felipe VI acuda de civil. Sin embargo, es comprensible que la Casa de S.M. haya aconsejado la opción militar, pues acudir de chaqué podría trasladar una imagen de cierta aristocracia, distanciamiento social o pompa. Rompería esta opción la sobriedad que se pretende y pudiera confundirse la ceremonia con otro tipo de evento más festivo, que no es el caso. La proclamación de un Rey no es un acto festivo, sino sencillamente un solemne relevo que ha de interpretarse como fruto de la estricta aplicación de la normativa vigente, y en consecuencia no tiene sentido alguno más boato que el que se derive del acto institucional en sí. En cambio, recurrir a la prenda uniformada libera de esa aparente imagen de gala que proyecta el chaqué. Se verá socialmente como más normal el uniforme de gala de Capitán General o el de Gran Etiqueta (color azul, que el Rey ya utiliza en determinados actos oficiales como la ceremonia de entrega de Cartas Credenciales), que disimula algo más la imagen militar.

Ni militar, ni chaqué

Desde el punto de vista de protocolo estimo necesario que el nuevo Rey ofrezca una imagen diferente, más joven, más indicativa de su compromiso social con los españoles y la prenda militar no ayudará visualmente a comunicar esa intención. Don Juan Carlos se llevó para la historia la imagen militar de su primera foto oficial como Rey (a la que hubo de recurrir en significativas ocasiones como el 23 de febrero de 1981). Es probable que a los periodistas y consumidores de noticias de glamour y de buena etiqueta agradezcan la uniformidad de gala militar porque obligaría a que doña Letizia deba utilizar vestido largo que da más juego y seguramente recurrir a la diadema real de turno.

La prenda idónea para estos tiempos es en nuestra opinión el traje oscuro y corbata para el Rey, y un vestido corto para la Reina. Ni chaqué, ni uniforme militar, ni vestido largo. La monarquía del siglo XXI pide nuevas formas. El traje oscuro, como usan los representantes democráticos de los poderes del Estado cuando acuden a jurar o prometer su cargo. ¿Por qué ha de ser diferente para un jefe de Estado, aunque sea Rey? Tampoco miremos a las casas reales europeas porque afortunadamente para nosotros en estas cosas de gala y ceremonial son otra historia no comparable.

El debate si queremos una foto de postal o la imagen de un don Felipe que jura la Constitución, aprobada por la ciudadanía en 1978 (acto que le compromete en cada uno de los capítulos y epígrafes de la misma a seguir trabajando por España y los españoles desde su nueva condición) está servido. Cada cual tendrá su postura y sus razones, y todas deben ser respetadas. Pero que nadie diga si lo correcto es esto o aquello, porque no hay regulación, ni tradición admisible al respecto. Es la voluntad del Rey la que se impondrá finalmente en la cuestión y para nosotros, meros observadores, se nos reserva las lecturas y conclusiones que podamos obtener, precisamente en un acto donde todos los gestos y detalles serán examinados con lupa e interpretados libremente. Por lo tanto no es irrelevante la cuestión.

Mi convicción personal pasa por ver a don Felipe por primera vez de Rey con una etiqueta que le sitúe cerca del pueblo, al margen de los cuentos de hadas y alejado de la imagen de jerarquía o poder. Un jefe de Estado monarca moderno tiene hoy más que nunca, y especialmente en España donde no hay una cultura sólida de lo que realmente representa la monarquía, la necesidad de mostrarse cercano a un pueblo muy quemado por la crisis económica y política. Que veamos, de verdad, en don Felipe esa figura que pueda trasladarnos la idea de que aún hay esperanzas para la regeneración de la imagen institucional en su conjunto.

Protocolo y ceremonial para la Proclamación del Rey Felipe VI

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Rey y el Príncipe de Asturias juntos después de anunciarse la decisión de don Juan Carlos de abdicar la Corona en favor de su hijo. Ambos compartieron agenda en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde el soberano presidió una reunión del capítulo de la Orden de San Hermenegildo, creada hace dos siglos para premiar conductas militares ejemplares

 

Don Felipe de Borbón, como Felipe VI, asumirá, previsiblemente el próximo día 19 de junio, la máxima responsabilidad institucional como jefe del Estado español, en su condición de nuevo Rey. Ha de liderar desde su más alta función a “una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura actual está demandando y afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana”, según señaló don Juan Carlos en el mensaje dirigido a la nación al anunciar su abdicación el pasado día 2 de junio.

 

El propio monarca que cesa añadía además: “El Príncipe de Asturias tiene la madurez, la preparación y el sentido de la responsabilidad necesarios para asumir con plenas garantías la jefatura del Estado y abrir una nueva etapa de esperanza en la que se combinen la experiencia adquirida y el impulso de una nueva generación. Contará para ello, estoy seguro, con el apoyo que siempre tendrá de la Princesa Letizia”.

 

Estas palabras del Rey, pronto “rey padre”, intentan marcar las pautas de un necesario nuevo estilo de reinar lo que influye directamente en el protocolo y el ceremonial, formalismos éstos a través de los cuales se da visibilidad a los actos públicos que vaya a desempeñar a partir de ahora y en definitiva a la imagen de la propia monarquía española. Desde esta óptica, y consideraciones políticas e institucionales al margen, tiene don Felipe su primera oportunidad de acreditar los indicios de ese nuevo estilo, en la ceremonia de juramento y proclamación ante las Cortes Generales.

 

Se habla estos días sobre el protocolo a seguir para este acto, el más importante de Estado. Apenas se conocen los detalles y lo poco que ha trascendido es fruto de un inicial briefing que desde el servicio de prensa de La Zarzuela se hizo este jueves con diferentes representantes de los medios de comunicación. Se ha dicho que no habrá la misa conocida como del Espíritu Santo, que en el caso de don Juan Carlos en 1975 se celebró en la Iglesia de los Jerónimos, que no habrá representaciones extranjeras ni de casas reales por problemas de capacidad en el hemiciclo del Congreso (fenomenal evitar toda esa pompa y gasto innecesario) y que el nuevo Rey acudirá de uniforme de Capitán General de las Fuerzas Armadas.

 

Tratamiento para el “Rey padre” y su precedencia

 

Por otra parte el Gobierno, siguiendo los deseos del nuevo Rey, establecerá mediante Real Decreto el tratamiento y dignidad que tendrá don Juan Carlos. Aunque nada ha trascendido de forma fiable, todo parece indicar que tanto el actual monarca como su esposa, la reina doña Sofía conservarán la dignidad de Rey (siempre hay que entenderlo como algo honorífico) y, en consecuencia, el tratamiento de Majestad/Majestades. Nos parece razonable, aunque desde el punto de vista jurídico probablemente discutible. Un Rey que dio a España una constitución democrática e impulsó la modernización de un país atrasado que venía de una aislada dictadura militar, que ha hecho encomiables servicios a la nación en sus 39 años de reinado, creemos que es digno de conservar su estatus de Rey, aunque sea de forma simbólica y no suponga ello la asunción de funciones específicas, más allá de las que el nuevo Jefe de la Casa Real disponga en la distribución de las tareas de representación y presencia pública de la Corona.

 

Es un acierto que don Juan Carlos renuncie al título de Conde de Barcelona, así como a cualquier otro que sea propio de Rey, evitando así confusiones y cerrando la disfunción histórica que, obligada por las circunstancias, se llevó a cabo con la figura del abuelo de don Felipe, don Juan de Borbón y su esposa, al reconocerle el uso de título de Conde de Barcelona. Sería oportuno en su momento establecer un título específico para el Rey abdicado, a los efectos de clarificar verbal y popularmente el estatus de uno y otro. Su tratamiento siempre sería de Majestad y la consideración de Rey a efectos de protocolo, pero se evitaría la duplicidad de nominaciones.

 

No adelantemos acontecimientos a la espera de la norma, pero de confirmarse esa consideración de Rey, ha de entenderse que en las precedencias del Estado tanto el Rey padre como la Reina madre irían por delante de la Princesa de Asturias, salvo que se modificara en sentido contrario en el Real Decreto 2099/1983. Resulta chocante que un rey honorífico y abdicado, tenga mayor precedencia que la heredera, la Princesa de Asturias (la edad actual no debe ser condicionante pues las normas se hacen con la perspectiva del tiempo).

 

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 Jura de don Juan Carlos como Rey de España el 22 de noviembre de 1975.

Antecedentes próximos de la ceremonia

 

La ceremonia de proclamación y juramento es, pues, el primer indicio claro de cuál será el estilo de reinado del nuevo Monarca, si plenamente continuista o apuntará hacia cambios significativos. Sin irnos excesivamente atrás en la historia, donde poco podríamos sacar que sirviera para la España actual, partimos de la base de dos antecedentes. El primero, la propia proclamación de don Juan Carlos el 22 de noviembre de 1975 –estrictamente de Rey- y la segunda, el juramento del Príncipe de Asturias de la Constitución Española al cumplir los 18 años el 30 de enero de 1986. Ambas se celebraron en el mismo escenario, el estrado del Congreso de los Diputados, pero de desigual manera.

 

En el caso del acto de 1975 venía claramente condicionada por un régimen fruto de la dictadura franquista, en la que se impuso el ceremonial propio de una época donde la Regencia tras la muerte del general Franco fue asumida por los tres máximos representantes de Las Cortes, las Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica. En esas circunstancias, ver jurar al Rey “por Dios y ante los Santos Evangelios” y uniformado de Capitán General del Ejército de Tierra no nos sorprendió. Bastante tenía ya con realizar el primer discurso que un monarca pronunciaba ante las Cortes tras su jura y hacerlo, además, reclamando justicia social, respeto a las singularidades territoriales españolas y a los intereses del pueblo y recordando la figura de su padre don Juan.

 

En un ceremonial condicionado y encorsetado, propio de la época, en el que lucieron sobre un cojín la Corona, el Cetro y un crucifijo de plata, don Juan Carlos quiso significarse fundamentalmente con sus palabras y apostar desde el primer momento por la idea de su una España democrática. Y debía hacer claramente visible su autoridad, por lo que acudió vestido de Capitán General, algo que en 1975 era entendible, crucial y necesario. No hubo más discursos que el suyo, entre otras cosas porque después del testamento político de Francisco Franco a ver qué representante de esa dictadura tenías agallas de añadir algo más.

Jura Príncipe 1986

 Jura del Príncipe de Asturias de la Constitución Española al cumplir la mayoría de edad. 30 de enero de 1986.

 

Diferente fue la jura del príncipe, don Felipe. Muy significativos los cambios. No vamos a extendernos en la cuestión pues tan solo con observar las imágenes cada uno puede extraer sus propias conclusiones. Pero sí al menos quisiera resaltar algunos aspectos relevantes que se produjeron en 1986: la jura del Heredero se hizo con etiqueta civil (chaqué), sin referencia religiosa alguna (ni crucifijo, ni biblia) y hubo un discurso al inicio del acto a cargo del presidente del Congreso, entonces Gregorio Peces Barba. Tres aspectos que desde el punto de vista ceremonial son muy relevantes y que estuvieron acertados.

 

Uniforme militar o civil

 

La ceremonia de proclamación de don Felipe VI debe ser una mezcla de ambas, pero al mismo tiempo consecuente al estilo que ya fijó en su jura como sucesor. De forma rotunda estimo negativo y contradictorio que el nuevo Rey concurra a la Cámara Baja vestido de Capitán General de los Ejércitos. El hecho de que asuma la jefatura suprema de las Fuerzas Armadas no es razón suficiente para utilizar dicha prensa en una ceremonia civil ante los representantes de los ciudadanos. Tiempo tendrá de lucir su nuevo uniforme donde corresponda, que es en los actos militares. Pero en el Congreso no tiene sentido alguno. Sería una magnífica ocasión que prescindir de esta uniformidad para actos civiles de Estado. Creo que ya es hora de que el Rey por encima de todo ejerza como representante de todos los españoles y reduzca al mínimo en su actos habituales su condición de militar y católico.

Honores Rey

El Rey recibió honores (vestido de civil) con ocasión de la ceremonia de inaiguración de la X Legislatura de las Cortes Generales el 27 de diciembre de 2011, última vez que estuvo en el Congreso de los Diputados.

No ha de entenderse esta postura como un rechazo a la importancia que tiene ejercer el mando supremo de las Fuerzas Armadas, ni el papel de las mismas en la sociedad moderna, pero chirría mucho ver al Rey en su primer acto jurando una Constitución y siendo proclamado por la “Soberanía popular” vestido de militar. Un claro error y un inadecuado estilo. En la España del siglo XXI esta imagen supondría una clara contradicción con los tiempos y tampoco creo que refleje el estilo del reinado que ejercerá don Felipe VI. Otra cosa es que se le rinda honores de ordenanza a su llegada al Congreso y presida el ulterior desfile militar con la que se pondrá fin al acto oficial del Congreso. Pero para recibir honores militares no es necesario ir uniformado. De hecho, cuántas veces hemos visto tanto a don Juan Carlos como a don Felipe recibir honores vistiendo traje civil. Por cierto, ha de entenderse que los honores que recibe son los correspondiente a Rey (pues lo es desde el mismo momento de la entrada en vigor de la abdicación), por lo que debería sonar el himno en su versión completa (52 segundos).

Los símbolos reales y el Himno Nacional

Resultaría acertado que el presidente de Las Cortes, en nombre de las dos cámaras y, en definitiva, de todos los españoles, hiciera un discurso breve y sencillo para ensalzar y solemnizar la relevancia del momento. Es necesario y positivo que los símbolos reales se dispongan (Corona y Cetro), porque con ello se simbolizará claramente el significado de este acto. No se entregan porque no es una Coronación (el Rey lo es de forma automática en virtud a la Constitución). Por supuesto, tampoco los lleva porque no es costumbre en nuestro ceremonial histórico (quedaría patético ver a nuestro Rey bajo Corona y con el Cetro en la mano), ni tampoco ha sido utilizado por su padre el Rey don Juan Carlos. Don Felipe debería ser consecuente con lo hecho en 1986 y prescindir del crucifijo y de la biblia, elementos que se contradecirían con el estado laico y aconfesional que establece la Carta Magna.

No ha trascendido aún, pero suponemos que en breve se sepa –de hecho los equipos de protocolo de la Casa de S.M., Presidencia del Gobierno y Congreso están trabajando y coordinando al respecto desde hace varios días-, cuándo se interpretará el Himno Nacional dentro del hemiciclo. Normalmente, cuando los reyes acuden al Congreso –hasta ahora en todas las inauguraciones de la Legislatura- se interpretó a su llegada. En la jura de don Juan Carlos se hizo una vez pronunció las palabras propias de su juramento, pero antes de dirigirse con su discurso a los procuradores y senadores. Se simbolizaría mejor su nueva condición de Rey si ese protocolo de himno aplicado a su padre se mantuviera. Es una forma muy efectiva de solemnizar el momento y tomaría más significado. Sin embargo, hay que advertir que en el caso de don Juan Carlos no llegaba como Rey –no fue una sucesión como tal, sino una instauración de la monarquía- y hasta ese momento a Jefatura del Estado la encarnaba el Consejo de la Regencia. Como se ha apuntado, don Felipe llega ya como Rey, razón que puede aconsejar que se interprete el Himno Nacional al inicio del acto.

El protocolo de asientos

Los nuevos reyes ocuparán dos sitiales de honor en el centro del estrado, situándose a su derecha los presidentes del Congreso y Senado y a su izquierda las dos hijas, la infanta doña Leonor (que en ese momento ya será Princesa de Asturias) y doña Sofía, la segunda en la línea de sucesión. Es probable que los miembros de las Mesas del Congreso y del Senado se ubiquen en una segunda fila tras los citados. A la derecha, la del Congreso; a la izquierda la del Senado. Algunos ha especulado con la posible ubicación del Presidente del Gobierno junto a las infantas (como ocurrió en la jura del Príncipe), pero en esta ocasión carecería de sentido que en un pleno oficial de sesión conjunta de Las Cortes, el máximo representante del Ejecutivo no estuviera en su escaño (primer sillón azul)[i].

La presencia de don Juan Carlos y doña Sofía

Sobre la posible presencia de don Juan Carlos y doña Sofía a la ceremonia pienso que no acudirán con el objetivo de no quitar protagonismo al único que debe tenerlo. Como reyes que fueron sabrán asumir el sacrificio de seguir tan relevante acto por televisión. Acertarían si no concurrieran al igual que sus hermanas por razones obvias o cualquier otro miembro de la familia del Rey y de la Reina. Si los “ex reyes” asistieran ¿dónde se les podría ubicar? ¿En un lado de la presidencia? ¿Tras las infantas? ¿En la tribuna Real? Me pregunto: ¿No es demasiado fuerte escenificar el cambio habitual de sitio de unos monarcas que siempre han ocupado la presidencia del hemiciclo y que ahora se les traslada a la tribunal real, en la planta de invitados? Hay razones a favor y en contra, pero a mí me pesan más las negativas.

Tampoco se trata de un relevo al estilo presidencial de los regímenes sin monarquía. No es necesario escenificar en este momento el “traspaso”, pues el objetivo del acto es otro. El rey don Felipe VI acude a las Cortes a jurar y a ser proclamado, no para simbolizar el relevo. La escenificación del fin de un reinado y el inicio del otro, se hace en esa ceremonia que se anuncia para la víspera en la que el Rey en presencia de la Reina y los príncipes firmará oficialmente la Ley Orgánica aprobada por el Congreso y Senado por la que se oficializa su abdicación y que se publicará en el BOE al día siguiente. A ese momento debe aplicarse toda la carga emocional y simbólica de lo que significa el relevo generacional en la jefatura del Estado. Un sencillo acto de firma, sin más, pero suficiente y ciertamente histórico. Confiemos que ese acto sea televisado para todo el mundo, porque de lo contrario perdería la esencia de su razón de ser.

La Recepción en Palacio Real

Tras el acto del Congreso, se especula –y así será- sobre la posibilidad de que don Felipe VI ofrezca una Recepción en el Palacio Real. Estimo que una sobria y sencilla Recepción es obligada, para que los representantes de las instituciones del Estado y de las comunidades autónomas (deberían estar los alcaldes de los ayuntamientos capitales de provincia), del cuerpo diplomático acreditado en España, los agentes sociales, culturales, etc., tengan la oportunidad de expresar directamente la felicitación al Rey proclamado. Deseamos que esa posible Recepción se abra a más estamentos de la sociedad que los meramente institucionales y que la lista de asistentes sea otro de los indicios de cambio.

Saludo a los ciudadanos

Faltaría solo, para redondear la cuestión, cómo expresar de forma directa la vinculación del nuevo Rey con el pueblo. En la ceremonia de don Juan Carlos en 1975 utilizó un coche descapotable para dirigirse desde el Congreso a La Zarzuela y desde él, a paso lento, saludó a las miles de personas que se dieron cita en las inmediaciones. No sabemos lo que don Felipe hará, pero estamos convencidos que buscará algún gesto directo al pueblo. No soy partidario de asomarse al balcón de Palacio; preferiría más la imagen de unos reyes –don Felipe y doña Letizia- a pie de calle saludando y mezclándose con el público.

Adiós a la monarquía de “hadas”

Este nuevo Rey debe ir desterrando determinadas imágenes que nos recuerdan la idea de una monarquía de “hadas” y de viejos tiempos. Que no miren a otras monarquías. Que se abstraigan de las mismas. Que piensen que en España la cultura monárquica existente es floja y que quizá Felipe VI deba reinventar un nuevo estilo monarquía que se aleje de los estilos de Palacio y le haga ganarse a los ciudadanos.

Ese debe ser el objetivo de su protocolo y ceremonial a partir de ahora: construir una imagen de una representación plástica de la monarquía que se aleje de los estereotipos a los que nos han acostumbrado y que ya han caducado. El pueblo quiera otra cosa, por mucho que luego “devore” todo lo que le den sobre el vestido de doña Letizia o los azules ojos de la rubia infanta doña Leonor o la barba sí, barba no, de nuestro rey Felipe VI. Hay que evolucionar los eventos Reales y socializarlos, aunque nos alejemos de lo que hacen otras monarquías de “cuento” y, así, rejuvenecer la imagen que la Casa Real española tiene que transmitir a través de su actos. Todo en un calculada transición que debe empezar desde su primera ceremonia en el Congreso.

De esta forma daría respuesta don Felipe a las palabras de su padre en el mensaje de abdicación, donde señaló de su hijo que “encarna la estabilidad, que es seña de identidad de la institución monárquica”. Y más adelante afirmaría otra importante frase: “Abrir una etapa de esperanza en la que se combinen la experiencia adquirida y el impulso de una nueva generación”. Como se han apresurado en decir portavoces de la Casa de S.M. no se trata de un “cambio”, sino de una sucesión dentro de una normalidad constitucional. Pero al margen de lo político, es una magnífica oportunidad para que los nuevos reyes abanderen el estilos propio de una monarquía para el siglo XXI. Y no tienen, para ello, buenos referentes en Europa.

Posible estructura del acto

Con todos los riesgos que tiene adelantar una previsión personal sin conocer importantes detalles que se están debatiendo y estudiando ahora, me atrevo a intuir que la ceremonia responderá más o menos a este guión:

  1. Llegada de diputados y senadores, que deberán acudir con etiqueta de traje oscuro y los miembros de las Mesas, al menos, portando la medalla del Congreso y del Senado.
  2. Llegada de las principales autoridades invitadas al acto.
  3. Llegada del nuevo Rey en vehículo del estado portando el banderín guión Real).
  4. Recibimiento por el Presidente del Gobierno y Jefe del Estado Mayor de la Defensa.
  5. Acceso al podio para el inicio de los honores militares ofrecidos por la Guardia Real, con representación de los tres ejércitos. Suena el himno nacional y las salvas de honor.
  6. Revista a la tropa por el nuevo Rey, acompañado por el Jefe del Estado Mayor de la Defensa y el Jefe del Cuarto Militar de la Casa de Su Majestad.
  7. Fin de la Revista.
  8. Saludo al pie de la escalinata del Congreso de los presidentes del Congreso, Senado, Tribunal Constitucional y Consejo General del Poder Judicial.
  9. Saludo en el vestíbulo principal a los miembros de las Mesas del Congreso y del Senado.
  10. Acceso al estrado presidencia del hemiciclo. Himno Nacional.
  11. Intervención del Letrado Mayor de las Cortes para dar lectura a la convocatoria de la sesión extraordinaria.
  12. Posible discurso del Presidente del Congreso.
  13. Toma de juramento por el Presidente del Congreso.
  14. Fórmula de juramento por don Felipe.
  15. Discurso del Rey.
  16. Fin del acto. Abandonan el hemiciclo.
  17. Saludo (besamanos) en el Salón de Pasos perdidos a los representantes institucionales.
  18. Desfile de las unidades militares que le rindieron honores en la Carrera de San Jerónimo. Presidirá desde un podio situado al pie de la escalera principal de la Puerta de los Leones.
  19. Traslado a Palacio Real para la Recepción

La Casa Real avala la teoría protocolaria del “vale todo”

El Rey ha sabido actuar como un buen jefe de Estado al concurrir públicamente con inmediatez ante los medios de comunicación para testimoniar su dolor y condolencia por la muerte del que fuera el primer presidente de la democracia española, Adolfo Suárez, el gobernante entonces joven que nos devolvería constitucionalmente la libertad a los españoles. Pero el Rey, o/y su equipo de asesores –protocolo, comunicación y otros gabinetes- han hecho un triste favor al orden constitucional, a la bandera y al buen protocolo institucional. Fue el primero en comparecer ante los medios de comunicación, a los pocos minutos de anunciarse oficialmente el fallecimiento del abulense, desde su despacho oficial de La Zarzuela. Instantes después lo haría el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, desde La Moncloa. Y siguieron luego otras declaraciones de interés.
Pero la puesta en escena Real me ha apenado y, por qué no decirlo, molestado y enfurecido. Quienes saben de Protocolo, sólo al ver la imagen ya intuirán a qué me voy a referir:
Rey Suárez buena
No había casi ni transcurrido unos segundos cuando las redes sociales de los profesionales de protocolo se llenaron de expresiones como “increíble”, “no me lo puedo creer”, “otra vez”, “¿qué está pasando?”, etc. A mi twiter, en apenas treinta minutos, llegaron más de cien comentarios que no daban crédito a lo que veían sus autores. La bandera española estaba dispuesta incumpliendo la ley, la misma que, por cierto, creó Adolfo Suárez. Hay quien se preguntaba por las razones, argumentando que eso no podía ser un fallo, que algún motivo habría. No sé si hubo razones o no, o si se tuvo en cuenta de nuevo que la enseña nacional debía aparecer junto al monarca (y no la Europea como correspondía). No lo sé. Pero sí sé que las leyes están para cumplirse, y más desde la jefatura del Estado (y sino les vale que cambien la norma). No es un fallo solamente, es saltarse peligrosamente la norma vigente. Se ha dado luz verde al “vale todo en protocolo” y sin querer facilitan argumentos a quien desde ya hacer con las banderas lo que se le antoje. El presidente catalán, por ejemplo, habrá sonreído al ver la imagen. O los que consideran que la verdadera bandera española es la republicana.
Si era necesario que el vexilo nacional estuviera al lado del Jefe del Estado, cosa que suscribo, hubiera bastado con prescindir de la Europea, que por cierto tampoco era necesaria en esta comparecencia de consumo nacional. Ya dijimos lo mismo con ocasión del mensaje de Navidad, en el que se adoptó la misma decisión.  Cuando se anunció que el Rey haría una declaración ya comenté con mis allegados lo peor, incluso presagiaba que podrían aparecer enlutadas cuando aún no se había declarado el luto oficial (menos mal que no fue así).
Hubiera sido más institucional y de Estado que hubiera aparecido solo la bandera de España, pero si su deseo es que lo hiciera también la Europea no quedaba más remedio que ponerla al otro lado del Rey o bien intercambiarla con respecto a la nacional. Pero soluciones mediáticas a la carta cuando hay normas oficiales de obligado cumplimiento no son admisibles. Podrían haberse buscado otras soluciones más televisivas, que las hay sin incumplir.
Comparecencia presidencial
 Los asesores de Mariano Rajoy debieron tener en cuenta el detalle, pues el Presidente compareció –en una inapropiada escenografía- con las dos banderas,  ordenadas correctamente (en una disposición casi ridícula), como puede apreciarse en la imagen que sigue más abajo. Pero nos llamó la atención que aparecieran enlutadas cuando aún no había declarado el luto oficial, que por otra parte solo puede aplicarse legalmente mañana cuando aparezca en el Boletín Oficial del Estado y que durará tres días (desde las 00.00 horas de esta noche hasta las 24.00 horas del miércoles). En este tiempo, todos los organismos oficiales deben hacer ondear la bandera de España a media asta y, por consideración, el resto de las enseñas.  Además, si se fijan los lectores en la imagen, el lazo negro sobre la bandera de España parece más –perdón por el simil- un condón negro que un lazo de luto. ¿No se puede cuidar mejor esta puesta en escena? ¿Y la bandera de Europa? Parece que está, que no está… Una posición rarísima, entre escondida y apartada. Lamentable.
 Rajoy bandera Suárez
El Rey San Pedro
Volviendo a la comparecencia del Rey, nos ha llamado la atención la fotografía elegida por el Monarca (o sus asesores) tomando del hombro a Suárez en los jardines de La Zarzuela, en su último encuentro, ya enfermo el ex presidente. Varias reflexiones salen de inmediato. La más preocupante: la imagen de Suárez dando la espalda a los televidentes. ¿Era lo más idóneo? Pienso que no aunque reconozco que la foto tiene una fuerte carga sentimental y mediática, pero también sabemos que hay otras fotos en La Zarzuela más emotivas del Rey y Suárez juntos y emocionados y dando la cara a la cámara.
Nos viene una segunda reflexión más anecdótica: parece que el Rey asume el papel de “San Pedro” llevándose al cielo al ex presidente. Inevitable pensar en ello. Quizá por esta razón debía haberse evitado.
 Rey abrazo Suárez
El incumplimiento de la bandera daña la imagen del protocolo institucional, ya bastante tocada. Me preocupan estas decisiones que ya se reiteran, porque contribuyen a la ley de la selva –todo vale si lo dicen las televisiones o los comunicadores- y porque consolida la opinión de que las altas instituciones del Estado han dejado de ser referencia protocolaria de quienes trabajamos en esta profesión. No hay razones que justifiquen un incumplimiento así, ni puestas en escena tan desafortunadas. Y menos desde la más alta instancia del país. El tema está en que vale todo pero solo para estas instituciones. Luego obligan a las demás a que se cumplan cuando interesa.
Sospecho que los sustos protocolarios en relación al fallecimiento de mi admirado Adolfo Suárez, sólo acaban de empezar. Al tiempo. No le dejamos ni descansar en paz.

11-M 2014: ¿Funeral de Estado?, no. ¿Unidad?, tampoco.

140311_funeral_estado_11_m_la_almudenaLos Reyes en la Misa solemne en homenaje a las víctimas del atentado del 11-M. Tras ellos, en primera fila las cuatro presidentas de las asociaciones representantes de las mismas.
Muchas personas me han preguntado si la misa celebrada el pasado 11 de marzo en la Catedral de La Almudena de Madrid, con motivo del décimo aniversario del brutal atentado (conocido como los atentados del 11-M) en el que fallecieron 192 personas y resultaron heridas otras dos mil, si puede decirse que fuera un “Funeral de Estado”. La pregunta tiene su sentido por cuanto que la mayoría de las referencias periodísticas –en el habitual desconocimiento en la materia de nuestros informadores- así lo titulaban. Sin embargo, no lo fue.
La propia Casa de S.M. el Rey ya procuró cuidar al detalle la terminología y en sus comunicados e informaciones institucionales no habla de Funeral de Estado, sino de “Misa Solemne de homenaje y recuerdo a las víctimas de los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004, con motivo del X aniversario”. En nuestra modesta opinión esa es la manera correcta de definir lo que desgraciadamente hubo que recordar.
La presencia de los Reyes, acompañados por la Princesa de Asturias, doña Letizia Ortiz –su esposo se encontraba representado oficialmente a don Juan Carlos y a España en la toma de posesión de la Presidenta de Chile- y la Infanta doña Elena de Borbón, así como de las altas representaciones del Estado y de los partidos políticos con representación parlamentaria, puede incitar a la confusión, pero protocolariamente no es un funeral de estado. Entre otras cosas porque ni tan siquiera fue un funeral.
La Real Academia de la Lengua entiende como funeral a lo “perteneciente o relativo al entierro y a las exequias” y en su segunda acepción a la “pompa o solemnidad con que se hace un entierro o unas exequias”. Es evidente que la ceremonia religiosa del pasado 11 de marzo no responde a ninguna de esas situaciones. Ni tampoco, por otra parte, ninguna autoridad con competencia en ello ha declarado que lo sea. En consecuencia, no fue un funeral de Estado aunque su apariencia fuera como tal e, incluso,  que protocolariamente se le haya dado un tratamiento que incita a la confusión.
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 Llegada de los Reyes a la Catedral de La Almuedna en su coche oficial que portaba el guión de S.M.
Situaciones que confunden
Quizá en ella haya influido el hecho de que los Reyes acudieran a La Almudena en su coche oficial con el guión de S.M., cuestión que el Jefe del Estado español reserva exclusivamente para determinados actos contemplados en el ceremonial de Estado. No es cuestionable que don Juan Carlos haya querido hacer uso de este privilegio porque la normativa no determina cuándo debe usarlo, sino simplemente que tiene su propio guión que puede exhibir cuando lo considere oportuno dentro de las especificaciones técnicas que el Reglamento correspondiente contempla (este tema debería ser objeto de una reflexión aparte porque no hay unidad de criterio al respecto).
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 Tras la llega del Rey fue recibido por el Presidente del Gobierno y esposa, las presidentas de las cuatro asociaciones de víctimas y el Cardenal Arzobispo de Madrid acompañado por el Nuncio Apostólico.
Tampoco debe pensarse que es un funeral de Estado por el hecho de que los monarcas hayan sido recibidos por el Cardenal Arzobispo de Madrid a la puerta de La Almudena, pues esa distinción se hace siempre que un miembro de la Familia Real acude a una ceremonia religiosa, un protocolo previsto por el ceremonial vaticano para jefes de Estado católicos. Que el presidente del Gobierno, acompañado de su esposa, recibiera a pie de coche, tampoco debe entenderse como otro síntoma más de funeral de Estado, sino que obedece al protocolo de recibimiento habitual por las autoridades de turno cuando los Reyes acuden oficialmente a un evento tanto en Madrid como fuera de la capital.
Sí en cambio, en el mal llamado funeral de Estado no se hubiera contemplado que tras el recibimiento por el Presidente del Gobierno, don Juan Carlos y doña Sofía fueran saludados por las cuatro representantes de las asociaciones que por primera vez desde 2007 acudían juntas a un mismo acto (Fundación de Víctimas del Terrorismo, Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), Asociación 11-M Afectados por el Terrorismo y Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M).
De cualquier forma debemos olvidarnos de la cuestión de los funerales de Estado. No existen oficialmente desde que la constitución Española, en su artículo 16 declara la aconfesionalidad  al afirmar en su apartado 3 que “ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. En consecuencia, el Estado como tal no puede convocar un funeral de Estado religioso, sino que como mucho podría celebrar una ceremonia pero de carácter civil (que es lo que debe empezar a hacerse), al que luego podría seguir un acto religioso –católico o de otra confesión- “teniendo en cuenta la voluntad que hubiera expresado el fallecido o, en su caso, la que manifiesten sus familiares”, según señala la disposición adicional cuarta del Reglamento de Honores Militares vigente por el Real Decreto 684/2010. Y aunque esta normativa se circunscribe al ámbito de lo militar, el hecho de que haga referencia a actos oficiales que se celebren con ocasión de honras fúnebres, da legitimidad a la afirmación que realizamos. Además, no hay otra normativa sobre la celebración de funerales de Estado más allá de la referencia señalada.
Por lo tanto hay que dejar de hablar de funerales de Estado religiosos, y a apostar por ceremonias civiles de despedida, a las que (por qué no) se puede añadir un acto religioso de la confesión que sea si ese ha sido el deseado del finado o de sus familiares. Pero es necesario distinguir claramente entre el evento civil y el acto religioso, siendo deber del Estado el civil y cuestión familiar el religioso (aunque asistan a este último autoridades). Esta es todavía una de las asignaturas pendientes del ceremonial de Estado, pero confiemos que no tarde mucho en ponerse las cosas donde legalmente señala la Constitución. Y de nuevo reclamar a los periodistas que no confundan los términos.
La foto de la unidad
Precisamente las víctimas, a través de dichas asociaciones, trasladaron imagen de unidad (siete años después), algo que por supuesto celebramos porque no tiene sentido la desunión, aunque a nadie se le escapan los intereses partidistas que en esta década han estado detrás. Esa foto recibiendo juntas al Jefe del Estado o sentadas en el primer banco más próximo a la posición Real, trasmite buenos valores y dio fuerza al acto. De hecho fue el titular más destacado. Una unidad relativa porque luego cada una recordó a sus seres perdidos a su manera y en diferentes lugares. Esa brecha sigue abierta todavía.
No podemos decir lo mismo de nuestros representantes institucionales y políticos que, aunque participasen juntos en la ceremonia, no consiguieron trasladar la proyección de unidad. Tampoco el protocolo seguido ayudó al respecto. Algunos problemas al margen sobre la precedencia de puestos en La Almudena –especialmente entre los representantes de las Mesas del Congreso y el Senado y los portavoces oficiales de los partidos políticos con representación parlamentaria, cuyo ordenamiento parece cada día más necesario clarificar, pues cada uno interpreta el Real Decreto 2099/1983 a su manera-, nuestros políticos no han conseguido exhibir la unidad una década después de la matanza. ¿Cómo es posible? (quizá porque no la haya, lo que hace que sea más imperdonable el asunto).
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 Acto en el Teatro Real de Madrid de entrega de condecoraciones, la víspera del 11-M.
Es sorprendente que no haya habido un acto oficial civil, promovido por la institución que correspondiera, donde se hubiera podido aplicar un protocolo que pusiera en valor la unidad de quienes nos representan a los ciudadanos ante un hecho que no admite (o debería admitir) fisuras. El día anterior, en el que podríamos denominar único acto oficial, el Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, entregaba en el Teatro Real a 365 víctimas de los atentados la condecoración de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo, ceremonia en la que también estuvieron juntas las cuatro representaciones de las víctimas.
Fue una pérdida de oportunidad que este evento oficial no se hubiera convertido en un verdadero acto de Estado se quedó en un acto de gobierno). Hubiera bastado con la sencilla decisión de incorporar con el protagonismo debido a las principales instituciones y a todos los partidos. ¿Hubiera sido un sinsentido que en la zona de la presidencia del acto hubieran estado los representantes de las diferentes opciones políticas y que cada uno de ellos hubiera tenido la oportunidad de imponer en nombre del Estado dicha condecoración? Pienso que hubiera sido positivo, pues estas distinciones no son del Gobierno, sino del Estado. No era el Ministro (y menos el de Interior, aunque de él dependa la Real Orden) la autoridad idónea para presidir este acto civil, sino el mismísimo Rey, quien junto a los representantes institucionales y políticos hubiera entregado las condecoraciones.
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 Detalle de la presidencia del acto en el Teatro Real.
Hubiera sido una magnífica oportunidad para demostrar, gracias a un nuevo protocolo, la necesaria imagen de unión política. Tampoco me parece acertado que el Ministro, para esta entrega estuviera acompañado en la mesa presidencial de los cuatro representantes de las asociaciones, porque o son ellas quienes las otorgan, sino el estado. Otra cosa es que en el escenario se les hubiera reservado un lugar especial.
Se ha perdido de nuevo otra oportunidad. No voy a entrar en determinar de quién es la responsabilidad, ni las razones, simplemente quiero reflejar la pobreza social que proyecta ver a un ministro del Interior asumiendo el total protagonismo en un acto que es de todos. Algo que vuelve a cuestionar la validez moral y política que el derecho premial oficial tiene en nuestro país (otro campo que requiere de una urgente puesta al día). Pienso que es un error lo que se ha hecho. Las víctimas a través de sus representantes concurrieron unidas, pero no se ha podido apreciar lo mismo en quienes representan al pueblo español que en esta cuestión sí está unido. Probablemente en todo ello, más que cuestiones políticas, haya habido una desacertada visión del protocolo al respecto.
“Los de protocolo”
Soy incapaz de finalizar esta reflexión sin hacer especial mención a algo que sencillamente me parece reprobable profesionalmente hablando. He visto más de veinte videos diferentes del acto de La Almudena y he llegado a contar 41 responsables de protocolo que llegaban a la puerta de La Almudena acompañando a sus “señoritos” (expresión utilizada en la jerga profesional en España para referirnos a los jefes políticos para los que trabajan). No cuestiono que deban estar para cumplir su función y más en actos tan concurridos y delicados como estos. Un técnico de protocolo –aunque tenga rango político- si acude para trabajar no puede llegar a La Almudena paseando junto a su jefe como si fuera su consorte o acompañante. Podría esperarle en algún discreto lugar para atenderle, o caminar  metros por delante, pero ¿al lado? Que mediten todos ellos un poco sobre este protagonismo que toman que está totalmente fuera de lugar y nos perjudica a todos. Como es ya tan habitual creo que hay que empezar a recordar que la discreción en Protocolo es la primera obligación.

“Foto de Estado”, asignatura pendiente

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Hace unos días se me ocurrió subir a mi Facebook (https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10152157476020452&set=a.10150253253230452.371123.551705451&type=1&theater) la foto del Presidente del Gobierno imponiendo la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil al Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Guido Westerwelle, en el transcurso de un sencillo evento celebrado en el Palacio de La Moncloa el pasado 9 de diciembre, en presencia de nuestro ministro de la diplomacia, José Manuel García Margallo.
Subía la imagen porque francamente me llamaba mucho la atención la imagen que había publicitado el propio servicio de prensa de la Presidencia. Es decir, no se trataba de montaje alguno, ni mala intencionalidad por parte de algún gráfico o medio. Era la imagen que esta alta institución española decidió difundir, junto a otras tres más.
Hasta la hora en que se escribe esta crónica ha habido 43 comentarios de personas que conocen bien este mundo y de ninguno de ellos salen comentarios positivos. Falta de sentido del Estado en la escenografía general, simpleza, poca solemnidad, parecido a la entrega de un premio “Míster”, muñecos de cera, comunicación penosa, falta de cortesía en la cesión de la derecha, críticas a la ausencia de criterio por parte de la Jefatura de Protocolo del Estado, poca naturalidad, desacierto con el fondo del árbol… Así una opinión tras otra.
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Había puesto la imagen porque veía a nuestro presidente entregando una alta distinción en mitad de un bosque, en un posado forzado, de esos que transmiten simple compromiso, sin calor alguno y carente de valor significativo. Por otra parte, tampoco estaba muy de acuerdo que el gobierno de España tuviera que dar este tipo de condecoración al Ministro alemán, habiendo otras más propicias. Pero esto quizá ya me importa menos ante la cantidad de desatinos que se cometen con la entrega de estos premios del Estado, que más bien parecen artículos del bazar institucional del que se tira sin criterio alguno para compensar determinados compromisos. Son distinciones que no llegan al ciudadano, en su doble sentido: ni se la dan generalmente a él, ni entiende por qué se las dan a otros.
La necesaria reforma del Derecho Premial.
Comparto plenamente la teoría de algunos expertos, como Fernando García-Mercadal y Alfonso de Ceballos-Escalera, que consideran urgente y necesario renovar todo el Derecho Premial español, en primer lugar porque está muy desfasado y no responde a la realidad actual y, en segundo lugar, porque existe exceso de tipos de condecoraciones que hacen restarse valor unas a otras. Me decanto claramente, a semejanza de otros países democráticos, por ir a una nueva legislación que unifique en una o dos condecoraciones con diferentes grados (conservando el nombre de aquellas más históricas y simbólicas -caso de Isabel la Católica y Carlos III-), definiendo claramente quiénes pueden tener derecho a ellas y abriéndolas a todo tipo de ciudadanos.
Defiendo, además, que se entreguen en una o varias ceremonias solemnes anuales, bajo la presidencia de una autoridad de relieve (en este sentido guardo ejemplos vergonzantes) y dándole mucho más relieve institucional al evento. De esta forma se acabaría por una parte con la dispersión de ceremonias y tipo de cargos que las presiden, el secretismo y falta de transparencia en la burocracia de su concesión, el evidente amiguismo que rodea su otorgamiento y el carácter endógeno que las envuelve. Todo ello quita valor a la concesión de quienes realmente se han hecho merecedoras de la condecoración. Para algunos, de hecho, recibir estas distinciones ya es cuestión de coleccionismo. Hay casos sangrantes al respecto.
Hay que buscar la nueva foto del Estado.
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Sobre la “ceremonia” objeto de la foto y el debate en mi FB, es cierto que carece de sentido institucional, y que su formato no responde a la comunicación pretendida. No soy muy partidario de la excesiva oficialización en la puesta en escena, en consecuencia de recargarla con excesivos símbolos oficiales (banderas, escudos, tapices, etc.), pero sí de que se confiera más solemnidad positiva -ello no significa insisto más aparataje, sino mayor valor al evento-, y se frene esa inevitable tentación de pensar que detrás de la acción hay un evidente compromiso institucional o una mera excusa para decir adiós a alguien o agradecerle que nos haya hecho algún recadillo que otro.
Posar ante un árbol navideño francamente no me parece la imagen más adecuada, con un trasluz de fondo inadecuado (no sé por qué La Moncloa insiste una y otra vez en este marco). Parece un encuentro de amigos donde uno le pone al otro una banda cuyo significado, por otra parte, desconoce la mayoría de los españoles. Parece que quedaron a tomar un té en los jardines de La Moncloa y que en un momento determinado el anfitrión le entregue una banda de “Míster” a su invitado de honor. Los comentarios habidos en el Facebook son bastante benévolos, porque lo cierto es que no es de recibo que se “juegue” de esta forma con unos premios que son del Estado, es decir, de todos los españoles.
Alguien debería explicar al Presidente del Gobierno cuándo debe dar la derecha a sus invitados de honor -por ejemplo en esta ceremonia- porque se confunde demasiadas veces y, al mismo tiempo, cuándo debe dar la razón a quienes se dedican a organizar sus eventos frente a los “mercenarios” comunicadores de La Moncloa que por huir de imágenes muy protocolarias hacen añicos el sentido de Estado. Entre lo “casposo” del desfasado protocolo y la imagen de ternura navideña, donde parece que Papa Noel ha dejado la Gran Cruz para el alemán al pie del árbol, hay un término medio.
Tiene uno la sensación que La Moncloa carece de una estrategia clara de protocolo, que sus altos responsables lo ven como un mal necesario, y que tratan de dulcificarlo recurriendo a formatos donde normalmente el resultado es peor todavía porque termina por decontextualizarse. Veo bien y necesario que el Gobierno busque nuevos formatos para sus eventos, que transmita una imagen más actual y próxima, más natural y menos oficializada. Pero eso no se hace colocando un arbolito junto a un repostero o delante de una puerta que da al campo.
Nuestros gobernantes deberían dejar a los verdaderos técnicos de protocolo que hicieran su labor, si los que tienen están debidamente preparados para encarar la necesaria reforma de la escenografía general de los actos de Estado, harina de otro costal. Sí, porque nuestras instituciones mostrarán más cercanía si saben planificar mejor sus eventos y hacer la adecuada puesta en escena. Y ésta requiere especialistas en la materia, y no diplomáticos, militares o similares que al respecto saben lo que yo de física cuántica.
Invertir en protocolo.
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Está bien invertir en comunicadores, pero que no se olviden que hay que hacer lo mismo con verdaderos expertos en protocolo, capaces de hacer algo más que colocar banderas, tapices, micrófonos o asignar precedencias. El protocolo requiere una adecuada puesta en escena y un sentido comunicacional del significado de un evento. Esa es una de las carencias que tiene nuestro protocolo oficial. Las instituciones del Estado suspenden gravemente en la asignatura de saber transmitir a través de los eventos. Lo hace tan mal, que cuantos menos genere mejor. Lástima, porque debería hacer más, pero bien concebidos. Subyugadas a la tiranía de determinadas políticas de comunicación, se olvidan que a través de los eventos es muy probable que se conecte mucho mejor con ese pueblo que da la espalda a los políticos y a las instituciones. Seguro que en ese desencuentro algo tiene que ver el mal entendido protocolo y la grave ausencia de especialistas reciclados en la cuestión. No basta ya con la experiencia de sus profesionales, sino que éstos deben empezar a convencer de la necesidad de reformar la “foto de Estado” y para ello hay que saber mucho más que el Real Decreto 2099/83.
Al protocolo institucional le queda mucho por avanzar. Está atascado en viejos formatos, y cuando busca nuevas puestas en escena su resultado es malo. Eso me hace pensar que realmente no existe una estrategia clara y definida del protocolo como un instrumento claro y necesario de comunicación.
Todo eso y más me da que pensar cuando veo estas fotos: necesitamos una auténtica “revolución” en la imagen de los eventos de Estado. Hoy nos hemos centrado en este sencillo acto, pero es ya muy preocupante lo que está ocurriendo en otros eventos e instituciones cuyo protocolo se empeña en no contribuir a la imagen de un Estado moderno, sencillo y cercano. Por ejemplo, es sorprendente (para mal) las felicitaciones oficiales de este año de nuestro Rey y su Heredero. Y así sucesivamente. Tema del que hay que seguir hablando.
¡Feliz Navidad para todos los lectores!
¡Feliz creatividad para 2014!

(Fotos Pool Moncloa)

La ceremonia de los Premios Príncipe de Asturias 2013

Presidencia de la Ceremonia, durante la interpretación del Himno Nacional. Fuente: FPA.

 

Los Premios Príncipe de Asturias, celebrados en Oviedo (Asturias, España), el pasado 25 de octubre, han cumplido su 33 edición. Se creó la Fundación Príncipe de Asturias (FPA) en 1980, en el transcurso de un acto presidido por los Reyes, a quienes acompañaba un jovencito don Felipe. Un año más tarde, el 3 de octubre de 1981, se entregarían por primera vez los galardones, entonces en seis modalidades, que se ampliarían a ocho, al crearse los de Concordia (1986) y Deportes (1987). Desde su inicio ha venido celebrándose de año en año la ceremonia de entrega en el Teatro Campoamor de Oviedo, bajo diferentes formatos (en este sentido me he atrevido a clasificarlos en tres*) y han ido creciendo en interés, impacto y repercusión, hasta el punto de que hoy puede decirse claramente que es la más  importante ceremonia universal que en torno al reconocimiento generalista de sus ocho disciplinas se celebra en el mundo.La UNESCO con ocasión de su 25 aniversario reconoció su excepcional aportación al patrimonio cultural de la humanidad. Para quienes trabajamos en el sector de Protocolo es uno de esos actos imprescindibles de seguir porque constituyen referencia obligada y en ocasiones marcador de ciertas tendencias que damos por buenas por cuanto que en su organización tienen responsabilidad protocolaria no sólo los técnicos de la Fundación, sino las dos primeras instituciones del Estado, como la Casa Real y el Gobierno de la Nación.
La ceremonia de este año ha sido brillante, intensa, emocionante y magníficamente bien organizada, por lo que ha de comenzarse esta crónica con una expresa felicitación a todos aquellos que desde sus diferentes ámbitos de responsabilidad juegan un papel decisivo, desde su directora, Teresa Sanjurjo, y su equipo directivo, en especial a su Secretaria General Técnica, Luisa Álvarez, y al jefe de Área de Premiados y Candidaturas de la FPA, Carlos Hernández-Lahoz. Y, por supuesto, a su recién estrenado coordinador de Protocolo, Antonio Sancho. Fue un acto solemne, brillante, ágil y bien ejecutado. Sigue siendo una ceremonia que roza grandes dosis de perfección, aunque como en otras ediciones haya habido pequeños detalles o fallos técnicos, siempre admisibles si como decimos los técnicos en Protocolo no desvirtuan el mensaje principal y la estética del mismo. No obstante, como he venido sosteniendo en los últimos años el Plan de Comunicación sigue teniendo carencias que deberían corregirse en beneficio de un mayor Retorno de la Inversión (ROI) mediático de este evento.
No es amiga la FPA de cambios drásticos, sino de sucesivas variaciones que permitan adaptar esta aún joven ceremonia, a los tiempos, a los objetivos finalistas expresados en los Estatutos de la institución promotora y a los intereses generales que puedan derivarse del posicionamiento de España ante el mundo a través de este acto cultural o fiesta de la convivencia, los valores, la justicia y la paz. Sin embargo, año a año, se van introduciendo diferentes novedades, unas con más acierto que otras, que puntualmente apenas se notan por el gran público, pero que si se analiza progresivamente se percibe la evolución que ha sufrido esta ceremonia, nacida bajo las premisas protocolarias del postfranquismo, y que ha progresado hacia fórmulas más actuales. Una evolución ésta que no debe de pararse, ya que constituye una de las esencias del evento: mantener su frescura y seguir siendo la muchas veces llamada ceremonia del sentimiento, la paz y la solidaridad.

 Imagen general del Teatro Campoamor. Fuente: FPA.
El Protocolo del escenario
En esta 33 edición hemos visto cosas muy interesantes, dignas de destacar  y por lo tanto plausibles desde nuestra modesta opinión. Quizá la más destacable haya sido la reducción de personalidades en el escenario, en el lado izquierdo de la presidencia, un espacio en el que años atrás se venían “refugiendo” diferentes caras sin que hubiera un criterio claramente definido o habiéndolo que no fuera objeto de un estudio severo sobre la conveniencia o no de la presencia de estas personalidades en una zona tan privilegiada. En esta ocasión, se reservó asiento en la primera fila a sólo cinco autoridades (hasta el nivel del Alcalde de la ciudad, anfitrión del municipal Teatro): los dos ministros asistentes (por su orden departamental, Exteriores y Cooperación y Educación, Cultura y Deportes), Presidente del Parlamento Regional, Delegado del Gobierno y el primer edil ovetense. Creo que este criterio debería mantenerse y aunque concurrieran otras autoridades de mayor rango que el Alcalde -a excepción de los más altos representantes de los poderes centrales del Estado-, debería ubicarse en otra zona de honor en la parte de público.
En primera fila, pero mediando una separación se reservó lugar para los presidentes de los jurados, un adecuado tratamiento, ya que después de anfitriones y premiados, son los jurados la tercera parta sobre la que se sustenta el objetivo de premiar. Siempre es lastimoso, y la FPA debería hacer algo al respecto, que siendo ocho los presidentes de los jurados, sólo cuatro hayan asistido a la ceremonia (uno de ellos, el Presidente del Principado de Asturias, ocupaba silla junto al Príncipe en la mesa presidencial, y los otros tres en esta primera línea). Un evento de esta categoría y trascendencia no puede permitir las ausencias de nada menos que el 50 por ciento de los presidentes. Creo que en esto no debe haber excusa. Su ausencia conlleva un cierto desaire.
Es significativo que se haya quitado de la primera fila del escenario a los representantes del Cuerpo Diplomático, en concreto a los jefes de Misión de los países de los premiados acreditados en España. Estamos ante un gran acierto siempre y cuando que el número de autoridades españolas que permanezcan en el escenario sea reducido y respondan al criterio anteriormente reseñado. Somos conscientes de que algunos embajadores se vieron un poco contrariados, lógico después de tener un sitio fijo desde hace más de treinta años. Pero era inevitable si se trataba de “limpiar” esa superpoblada zona. Sencillamente, respetando el papel institucional de estos diplomáticos, en una ceremonia que trasciende a los países, no encontramos razón alguna que obligue a darles tan distinguido honor. Una buena platea para ellos es la mejor opción en beneficio general del acto. En este sentido,aplaudimos la medida.
La segunda línea de esta zona del escenario quedó reservada para los premiados de ediciones anteriores, ordenados de acuerdo a la fecha de concesión del premio. Un emplazamiento correcto que tiene un riesgo: como la mayoría de los que asisten son residentes en España, pierde mucha fuerza su presencia, pero desde el punto de vista protocolario parece obligado reservarles un lugar de honor privilegiado en el escenario -al menos si el número de ellos no es excesivo-.

Croquis del protocolo del Teatro. Fuente: La Nueva España. Sobre lo registrado en la infografía hay que advertir que no fueron cuatro los presidentes de jurados, sino tres, y que la intérprete del lenguaje de signos se colocó finalmente en la otra esquina del escenario, lado de los galardonados.
La presencia protocolaria de la Casa de S.M. también sufrió modificaciones, afortunadas en mi opinión. Sus altos representantes han pasado a un lugar de total discrección, algo que se venía reclamando desde hace años. El Jefe de la Casa y el Jefe de la Secretaría del Príncipe, no ocuparon como venía siendo ya obligado sus dos sillas al lado de la presidencia, algo que quedaba como “un forzado pegote” que tampoco tenía sentido alguno. Han dejado de estar en el escenario porque estando el ayudante militar es más que suficiente. Su traslado conllevó que los responsables de la Fundación (Directora,Secretario General y Director Emérito Vitalicio) también dejaran de estar en este espacio y ocupar asiento en una posición más discreta entre el público. Estando los Príncipes y el Presidente de la FPA, era innecesario tener más representantes en una zona que necesitaba despegarse.
El Ayudante de Campo de la Casa de S.M., integrado en el Cuarto Militar, que acompaña a este evento al Príncipe, mantuvo su excepcional posición, tras la presidencia, aunque en esta ocasión felizmente algo más desplazado (se situó tras la silla 4 de la presidencia, es decir, detrás del Presidente de la Fundación). Es un buen primer paso para que de cara al futuro se pueda ir encontrando posiciones más discretas para esta persona que si bien debe estar próximo a la Reales Personas, puede y debe quedarse en posiciones aún más discretas. Es evidente que este Ayudante cumple un papel importante en el tramo de entrega de los galardones (pasa los diplomas al Heredero que debe entregar a los galardonados), pero durante el resto de la ceremonia puede estar fuera del plano mediático, y a una distancia que le permita cumplir con sus funciones. En mi opinión personal, sigue siendo discutible que la Casa de S.M. siga recurriendo a un Ayudante de Campo (militar) en una ceremonia cultural y universal dirigida al mundo. La misma función e iría en mayor consonancia podría acometerlo un asistente civil. No entiendo el por qué de la presencia de un uniformado, por mucha tradición que tenga, en este tipo de actos. Debería la Casa de S.M. reflexionar al respecto y comenzar a valorar que el protocolo de hoy exige puestas en escenas que se alejen de imágenes antiguas y eviten referencias al “poder”.

 Al fondo el Ayudante de Campo durante la entrega de diplomas. Su posición debería ser algo más discreta en un ángulo de cámara abierto como el de esta imagen. Fuente: FPA.
Los atriles y el teleprompter
Al igual que en la pasada edición, la FPA recurrió a dos atriles. Uno institucional, para los discursos, situado a la derecha de la presidencia, y otro técnico para la Maestra de Ceremonia, Elena Ruiz, ubicado en un discreto plano en la esquina del escenario más próxima al público, a la derecha del observador. La Maestra de Ceremonia conduce los movimientos del evento (anuncia la entrada y salida de los galardonados) y lee una breve reseña del extracto de las actas en el momento de la entrega de diplomas. Dado que los protagonistas en esos movimientos son los premiados, dar una lugar discreto a la Maestra es acertado.
El atril principal tuvo en esta edición dos novedades importantes. Salvo la parte superior, quedó forrado en tela azul similar al resto de la escenografía predominante. No me convenció el resultado final, pero para ello seguro que hay gustos. He defendido muchos años que la FPA debería construir un atril específico, de nuevo diseño, menos aparatoso, más estético, menos llamativo y que no produzca tanta barrera. Pero estamos seguros que este intento de suavizar el impacto del mueble, es el primer paso que llevará a un atril más en consonancia con los tiempos, plenamente integrado en la escenografía general y mucho más discreto, para que no robe protagonismo alguno a quienes hacen uso de la palabra.

Atril principal para la ceremonia. Fuente:La Nueva España.
La segunda novedad ha sido la colocación del denominado teleprompter, un aparato muy utilizado en Estados Unidos, que permite a los oradores leer el discurso a través de dos cristales a través de dos cristales situados a sus lados, sin verse obligados los protagonistas a agachar sus cabezas para leer los folios. La petición vino del propio Príncipe, que quiso con ello recurrir a este sistema que ya había experimentado con éxito el Heredero en la defensa de la candidatura madrileña en la Asamblea del COI en Buenos Aires (ver vídeo en http://www.abc.es/videos-espana/20130907/intervencion-principe-felipe-ante-2656420639001.html). Su intervención entonces fue muy loada, en la que indudablemente en su soltura ayudó el aparato. Pero esta vez, no salió igual, y francamente -fallo técnico al margen- quedó la intervención real deslucida desde el tiro de la cámara de televisión que dio la señal institucional a todos los medios, porque no transmitía naturalidad. Por otra parte, estéticamente, en esa escenografía, no encajó. Riesgos aparte, en un país poco acostumbrado a su uso -más allá del que se hace para los presentadores de televisión-, no consiguió el objetivo propuesto. Viendo las imágenes a través de la pequeña pantalla, la presencia permanente del cristal situado a la izquierda del orador, interponiéndose entre la cámara y la bandera de Asturias, resultaba antiestético y antinatural, y desde la óptica de la cámara se notaba claramente que el Heredero leía el cristal. Es decir, lo que se pretendía no se alcanzó, y si encima el sistema falló y el Príncipe hubo de recurrir de nuevo a los folios peor lo ponemos.
Con independencia de ese revés técnico, el fallo viene del mal encuadre del aparato con respecto a las dos cámaras principales que seguían en primer plano el discurso. Nos parece poco comprensible que este hecho se haya producido y que no se haya reparado al respecto, o de haberse visto que no se adoptaran las soluciones pertinentes. El teleprompter es positivo en determinadas situaciones, pero siempre y cuando que en el tiro de cámara no salga (al menos descaradamente). Pero la imagen que sigue no precisa de más comentarios:
(Fuente: RTVE, medio que sirvió la señal institucional a todas las televisiones del mundo)
La Cruz de la Victoria asturiana queda tras el cristal, con un Príncipe que claramente mira hacia el mismo. Resultado negativo. No hay por qué renunciar al mismo si se considera positivo, pero habrá que mejor la puesta en escena, especialmente en esos primeros planos televisivos. Del teleprompter solo hizo uso, además, el Presidente de la Fundación. Los cuatro premiados que intervinieron recurrieron a sus folios, lo que dejaba más en evidencia el aparato. Resulta tremendo que se produjera el fallo del sistema (por supuesto no imputable a los servicios de Protocolo) y que el Príncipe no pudiera seguir su discurso con normalidad, convirtiendo los 24 segundos de silencio en algo interminable, en un tiempo desesperante para quienes estábamos viendo a un don Felipe sólido, comunicativo y dominador de la escena. TVE se escudó en la imagen del golfista Olazábal, pero cuando abrió el plano general sirvió al mundo la necesaria entrada de un asistente para pasar al Príncipe el discurso por el párrafo que tocaba.
Momento en que un asistente pasa al Príncipe el discurso escrito por el párrafo donde iba tras la interrupción del teleprompter (Fuente: La Nueva España).
Supongo que sintió un gran alivio el Heredero, pero seguro que aún le pesa la rabia de este fallo en su principal discurso anual. Somos conscientes de la importancia que este evento tiene para el hijo del Rey, tanta que incluso la noche anterior, tras un agotador día (viaje desde Madrid, audiencias, almuerzo, más audiencias, concierto en el Auditorio y cena con los miembros del Patronato de la Fundación y Patronato Príncipe de Asturias) se acercó, junto a su esposa, al escenario para ensayar con este sistema hasta altas horas de la madrugada. Ahora queda todo en anécdota y no pasa nada, pero fastidia y mucho, y creo que todos lo sufrimos en carne. Hacía 31 años que el jovencito Príncipe leía en 1982 su segundo discurso en el mismo Teatro y otros 11 segundos de silencio (mientras buscaba la línea perdida) ponía a todos los carne de gallina. Esta vez, ante un Príncipe solvente y maduro, se nos ponía cara de rabia
Al hilo de esta puesta en escena de los Príncipes, numerosas personas expertas en la materia, me han hecho llegar su reflexión acerca de la necesidad de utilizar algún recurso de maquillaje (discreto, pero eficiente) para don Felipe y doña Letizia, objeto permanente de atención televisiva, pues el alto nivel de luz que hay que dar a la zona, ocasionan que los rostros de ambos se vean negativamente afectados, con brillos y excesivamente blanqueados. No tengo opinión al respecto, pues no sé si utilizar este maquillaje ya es disfrazar en exceso a las personas. Pero ahí lo dejo por si alguien quiere ahondar en la cuestión.
La escenografía
La puesta en escena del Teatro continuó un año más en su línea. Telas y moquetas azules y amarillas como colores predominantes, con una sencilla trasera con el escudo institucional de la FPA y la expresión:”Premios Príncipe de Asturias” (sigo echando en falta el año, pues creo que es una información sustancial visto con perspectiva histórica). Doble juego de banderas España, Asturias y Europa, y las mesas que muestran las reproducciones de la escultura original cedida por el escultor Miró para estos premios, y que no se entrega por su excesivo peso. Tela azul para la mesa que hace prolongar visualmente el efecto de la alfombra y resaltar con ello a las cuatro personas de la Presidencia. Quizá los sillones que se utilizan deban cambiarse por otras más sencillas, pero ello llegará en el inevitable cambio que la escenografía ha de tener cuando que se considere el momento idóneo. No perderá identidad la ceremonia con esos cambios si se hace de manera adecuada, introduciendo nuevos materiales y tecnologías que ofrezcan al mundo un marco escenográfico que, sin romper con su identidad, su corta tradición y su solemnidad, proyecte una imagen más comunicacional y moderna. Llegará su momento, estamos seguros. Quizá no haya llegado, aunque nos consta que la FPA lleva ya varios años dando vueltas a la cuestión.
Siendo similar la escenografía en esta denominada por mi tercera fase de puesta en escena (iniciada en 1998 con el gran cambio introducido por el escenógrafo Julio Galán, tristemente fallecido), la novedad cada año se centra en el recurso floral. Hemos sido testigos en estos tiempos del cierto desasosiego que cada año lleva la elección de la decoración y la “sorpresa” que tras su montaje puede ocasionar. Ha habido años francamente muy buenos y otros no tanto. Desde hace cuatro años, la FPA ha minimizado los riesgos al limitar la creatividad del artista floral y agarrarse a la solución de las columnas (redondas o rectangulares) que escoltan ambos lados de la mesa, así como dos discretos centros florales en las esquinas del frontal de la mesa presidencial que permiten además minimizar el impacto visual de las cámaras robotizadas que dispone RTVE en ese punto.El tono de esta decoración predominante en esta edición ha sido el verde, salpicado de flores otoñales. Columnas que hablan de la robustez de la FPA y su ceremonia y flores como explosión del júbilo por el homenaje universal. Pero la combinación de este verde con las telas azules es complejo y de riesgo, con lo cual las opiniones que hemos escuchado son muy contradictorias. Es cierto que rompe la uniformidad del azul y amarillo, pero no estamos muy convencidos de que se haya acertado con la combinación. No hay que descartar el recurso a las flores, pero tampoco hay que pensar que es obligatoria su disposición. En una nueva concepción de la escenografía, la solución floral probablemente no tenga tanto protagonismo como cobra cada año. El escenario debe responder en cada edición a un concepto más minimalista, para resaltar a las personas protagonistas, y estos “adornos” no contribuyen, porque diluyen lo principal y llenan en exceso la vista. Y tampoco le aporta solemnidad, sino mera decoración, obligando al mismo tiempo a tener que extremar excesivamente las banderas y arrinconarlas. Un problema tampoco imputable a Protocolo, sino a la ausencia de un equipo auténtico de Producción, cuestión que hasta el momento la FPA no ha contemplado, pese a que es ya imprescindible en eventos de este tamaño.

 Escenario del Teatro Campoamor en la entrega de 2013. Fuente: FPA.
Las banderas interiores y exteriores
No ha pasado desapercibida tampoco la variación introducida este año en el orden de las banderas correspondientes a los países de los galardonados, situadas a la izquierda del observador, tras aquellos. Desde que se colocan las enseñas de estas naciones, se han dispuesto (porque así lo aconsejó el primer jefe de Protocolo de la FPA y gran maestro e indiscutible profesional clave en esta ceremonia, Felio A. Vilarrubias, que contó para ello con el visto bueno de la Casa de S.M, Presidencia del Gobierno y el Ministerio de Asuntos Exteriores) en orden alfabético en inglés. Un orden habitual en eventos internacionales donde se quiere resaltar la disparidad de países. Una ordenación que entienden mejor los propios galardonados, cosa que he podido comprobar personalmente.
En esta ocasión, se ha optado por la otra opción, también correcta, el orden alfabético en español. Sin embargo, colocar la bandera de España en primer lugar rompe el significado que se quiere dar. Esas enseñas corresponden a los países de los galardonados, y en consecuencia España -como un país galardonado más, el día que no tenga representantes no estará la bandera- debe ocupar el lugar que le correspondiera por la “E”  si es español (opción COI) o por la “S” si es inglés (opción ONU). Tendría sentido su presencia y ese lugar, sino hubiera más banderas de España, pero las oficiales correspondientes a la ceremonia, ya están a ambos lados de la presidencia, ocupando la española la posición central de un juego de tres, tal y como obliga la Ley de la Bandera de España. En consecuencia, el vexilo español correspondiente a los premiados no debe ocupar el primer lugar tras los premiados, sino el que le corresponda en el orden alfabético. Darle prioridad es como dar mayor valencia a los galardonados españoles. Para mí, una inadecuada interpretación. La bandera de España ya está presidiendo en otro lugar de honor y visible, como establece nuestra Ley. Estas son enseñas adicionales para resaltar simbólicamente la procedencia de los premiados. Si no hubiera un premiado español como ocurrió en alguna ocasión ¿se pondría la de España? Si la respuesta es que no, más fuerza tiene lo que aquí se señala.

Banderas de los países de los galardonados tras éstos en el escenario del Teatro Campoamor. Fuente:La Nueva España.
Inaudecuada interpretación se comete con la disposición de las banderas en lo alto de la fachada del Teatro. A an lado se colocó un trío oficial, a la izquierda del observador, España en el centro, Asturias y Oviedo a su derecha e izquierda, respectivamente, y al otro lado de la cornisa, otro trío con España, Asturias y Europa. Entre ambos juegos oficiales, se alzaron las banderas de los países de los premiados. Si hasta ahora se disponían en orden lineal de derecha a izquierda (visto desde atrás), porque eso es lo más correcto en situaciones como éstas, en esta edición se colocaron en alternancia de centro hacia los extremos, comenzando -una vez más de forma impropia- por la de España. Si las oficiales ya están dispuestas, flanqueando al resto, éstas deben de colocarse linealmente (no en alternancia desde el centro) y dando colocación a la rojigualda por el orden del idioma elegido (también en español en esta ocasión).Sin embargo, las banderas situadas en el lateral del edificio, calle de Argüelles, en formación lineal, sí estaban correctas, comenzando por la de España, siguiendo por el resto de los países, para finalizar con la Asturias, Oviedo y Europa, siguiendo así la técnica correcta y el orden habitual.

El mismo error de interpretación se cometió con el doble juego de banderas de países premiados dispuestos en el Salón Covadonga para la foto de familia, celebrada horas antes de la ceremonia (previo al almuerzo-bufé oficial) en el Hotel de la Reconquista.

El protagonista de cada edición El guión y puesta en escena de la ceremonia, lleva necesariamente a que cada año -sustos aparte- sea muy previsible la “foto del acto”. Esa imagen que los organizadores sospechamos servirá de portada o recurso gráfico central de los medios escritos y apertura de los telediarios, como así ocurrió de nuevo en esta edición. La ONCE se llevó la “foto”. Un presidente con algo de visión, una afiliada totalmente ciega con su perro-guía, Brizzy, y una niña también ciega, Liv Parlee Cantin, con su bastón, a quien los medios  calificaron de segunda princesa en esta ceremonia, se llevaron la palma. Hemos visto y analizado más de treinta diarios en España, y todos ellos han recogido la imagen que más adelante reproducimos. Es evidente que es la más tierna, la más fresca y la diferencial de todas las que hemos visto. No siempre un perro conduce a un premiado ante el Príncipe, y no es habitual ver ciegos entre los galardonados (de hecho fueron los primeros, pues el maestro Joaquín Rodrigo no puedo acudir en su momento a recogerlo por razones de salud, haciéndolo en su nombre una de sus hijas), ni tampoco una niña dando brincos sobre la alfombra hasta “chocar” contra la mesa presidencial. La escena es tierna y recoge ese sentimiento que quiere dar la Fundación, y responde al carácter humanista de la ceremonia.

La recogida de este galardón de la Concordia por parte de la ONCE fue necesario ensayarlo en el escenario en dos ocasiones (la víspera y el mismo día por la mañana). Era un movimiento complicado que debía salir ordenado en beneficio de la ceremonia y especialmente por imagen de la propia Organización Nacional de Ciegos que obviamente no quería transmitir torpeza o dificultades. La ONCE supo elegir muy bien a sus representantes y la FPA acertó en asumirlo. Además de merecidísimo reconocimiento, se llevaron la imagen y la mayoría de los aplausos. Lo cierto es que si se mira la foto es muy espectacular y simbólica.

Liv Parlee, Presidente de la ONCE, Miguel Carballeda,  María Cristina Lucchese y el perro guía, Brizzy, saludando al público, tras recibir el galardón. Fuente: Efe.
Este es el riesgo de determinadas elecciones cuando se designan las personas que ha de recoger el galardón. La ONCE hizo bien su estrategia y se llevó la palma. Quizá la ceremonia, como ocurriera en otras ediciones, se llevó por una humanista puesta en escena. Pero para España apenas tuvieron el espacio merecido otros galardonados, entre ellos dos que han recibido nada menos que el Nobel. Son los riesgos de este tipo de situaciones. Para España esa imagen es buena, para el resto del mundo no tanto.
La foto de familiaLa ONCE también protagonizó sin quererlo la foto de familia en el Hotel de la Reconquista. Quizá una no muy bien calculada ubicación de la representación de esta organización, hizo que la pequeña Liv y que la señora Luchesse y su perro-guía quedasen diluidas, junto al presidente de la institución, en una poco mediática segunda fila. Fue el propio Príncipe quien se percató del hecho (entre otras cosas porque los fotógrafos lo advirtieron durante la sesión), y pidió que la niña -la otra princesa- y María Cristina con su fiel Brizzy ocuparan la primera fila, y la pequeña el más digno puesto junto a los príncipes (ver la secuencia de este movimiento en http://www.abc.es/cultura/20131025/abci-principe-teleprompter-premios-discurso-201310251328.html ) . Fue la anécdota de la sesión matinal, y de nuevo la ONCE se llevó la palma.

Ciertamente se podía haber evitado, pero siempre te queda la duda de si una niña -que no es  premiada por sí misma- puede condicionar tan fuertemente el protocolo final. Pero los hechos han demostrado que a veces es mejor adelantarse a lo previsible, aunque sea variando el lógico ordenamiento. La FPA trató de repartir equilibrios, siguiendo criterios anteriores de llevar a filas posteriores los grupos de un mismo premio. Pero no siempre en la foto se da una circunstancia como la señalada. Dado que la FPA siempre ha acreditado flexibilidad, quizá en esta ocasión debiera haberse adelantado a lo previsible, aunque seguimos manteniendo la duda, pero en cualquier caso la actitud del Príncipe dio ese toque humanista y fresco que tanto caracteriza a estos premios. Hay un protocolo, pero también puede variarse con espontaneidad, si ésta es bien entendida, como fue este caso. Así, mírese por donde se mire, los ciegos fueron este año los mejor parados desde el punto de vista gráfico. Bueno, no siempre una niña (además virtuosa del piano) y un perro-guía se hacen dueños del escenario.

Foto Oficial de los premiados antes del cambio pedido por el Príncipe. Fuente: casarealtv.
Foto oficial de los premiados 2013 tras los cambios pedidos por el Príncipe. Fuente: FPA.

*Primera fase (1981-1987): cambios que no se consolidan. Segunda fase (1988-1997): buscando una identidad. Tercera fase (1998-actualidad): consolidación y protagonismo escénico de la decoración floral. Esta clasifcación se realiza en la Tesis doctoral de este autor titulada “Protocolo y Ceremonial en los Premios Príncipe de Asturias” (Universidad Camilo José Cela).

Ceremonia completa en: http://www.rtve.es/alacarta/videos/premios-principe-de-asturias/ceremonia-premios-principe-asturias-2013/2099870/

RTVE: los mejores momentos de la Ceremonia en dos minutos. http://www.rtve.es/alacarta/videos/premios-principe-de-asturias/acto-entrega-premios-principe-asturias-2013/2099771/

La etiqueta oficial y social del siglo XXI está por llegar

Al pasar por el kiosco para comprar mi periódico diario, los ojos se me fueron enseguida al titular de una revista muy conocida que en grandes caracteres titulaba: “¿Qué es Cool hoy? EL NUEVO PROTOCOLO. Tocados, pelo suelto, colores pastel, brazaletes, algo dorado…y un toque barroco”. Aunque el tema está centrado en el nuevo look que las novias buscan ahora para “The Big Day” (“Es época de cambios; las novias buscan otras fuentes de inspiración y reinventan su estilo”, cita textual del antetítulo del reportaje en páginas anteriores, que precede en grande a “El nuevo protocolo”).

No voy a hablar del cool de las novias, que en su derecho están de sentirse más modernas con su toque personal -por cierto, parece ser que el tocado logra más fácilmente ese propósito que el velo o el peinado a secas-. En el día de su fiesta y compromiso, que lo celebren a su manera y como mejor lo deseen. Nada que decir.

 

Sin embargo, a propósito de lo visto en esta Revista, resurge la necesidad de seguir reflexionando sobre los aspectos de la etiqueta que rodean al mundo del protocolo, ceremonial y los eventos en general. No comparto para nada que a la etiqueta se le llame protocolo, aunque es cierto que ambos comparten espacios y eventos, por lo que no hay que demonizar para nada la etiqueta, ni para actos oficiales, ni empresariales ni sociales. Es un tema del que hay que hablar y reflexionar, porque efectivamente estamos en un mundo sometido a cambios permanentes y la etiqueta no se queda al margen.

 

En muchas ocasiones la etiqueta se utiliza como un factor de distinción, ya sea personal o social.  Cada persona, en su concurrencia pública, allá donde vaya, busca una etiqueta que considere acorde con su propio estilo, o le resulte cómoda o adecuada para su actividad. Esa etiqueta personalizada, esa que cada mañana decidimos tras la dicha despertadora, es cuestión de cada persona y tampoco queremos entrar en ello. Pero en cambio, sí quisiéramos hacer una reflexión general sobre la etiqueta que afecta al mundo de los eventos.

 

Hemos defendido en numerosas ocasiones que indicar en una invitación la etiqueta alivia a muchos invitados a la hora de encontrar la ropa adecuada, la que no desentonaría, a la que cada uno luego puede darle su toque de distinción personal acorde a su identidad o imagen. Sin embargo, creo que en muchas ocasiones se fuerzan mucho etiquetas para eventos donde no sería necesario ser tan rigurosos. Incluso llegan a despersonalizarlo y a perder su propia identidad y objetivo. Parece que un acto sino se pide el traje oscuro para caballeros y el corto o de cóctel o largo para señoras no tiene el empaque que el anfitrión le quiere dar. Algo para nosotros absurdo. Y qué se puede decir cuando se piden etiquetas a las que muchos deben de recurrir a tiendas de alquiler para salir del paso, como el esmoquin, el chaqué o el frac.

 

Insistimos en no demonizar etiqueta alguna, sino solo reflexionar. Por ejemplo, se nos ha hecho muy extraño que en la tradicional cita veraniega en el Palacio de Marivent, en Palma de Mallorca,  el pasado 14 de agosto, del Rey -que pasa allí sus vacaciones- con el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ambos concurrieran con corbata. No digo que sea incorrecto o adecuado, ni mucho menos,  sino que se hace raro que mientras la España estival, entre olas de calor,  hicieran su reunión de trabajo con traje y corbata, como si fiera pleno invierno en La Zarzuela. Soy consciente que con estos atuendos se pretende transmitir una imagen de trabajo, ya que de aparecer en mangas de camisa o sin corbata pudieran entenderse que ambos se han juntado para pasar un día de playa. Pero la gente que ve la imagen no es tan tonta.

 

Personalmente, creo que políticos, empresarios y otras personalidades que dan por hecho que allá donde vayan oficialmente han de hacerlo en corbata, caso de hombres, o su correspondiente en las mujeres, es algo que debiera de irse asumiendo en su no obligatoriedad. Hemos estado unos días de vacaciones en un lugar costero conocido del sur de España, y encontrarnos con algún ministro, conocido empresario o alto directivo, caminando por el paseo marítimo o cenando en una terraza con su pantaloncito corto, sus chanclas y su polo (a cual más divertido). Incluso, ante algún conocido decirle “casi no te reconozco con esta ropa”, a lo que nos respondió: “Lo importante de las vacaciones es olvidarte del traje y la corbata”. La respuesta tiene sentido, pero inmediatamente uno se dice: pero si es la misma persona e incluso va más jovial y elegante.

 

Aunque es evidente que en el ámbito institucional y de los negocios no puede uno vestir igual que si estuvieran en la playa, pienso que en el caso masculino nos hemos aferrado excesivamente a la corbata como una prenda obligatoria de la que no se puede prescindir porque  pues vas a considerar que te mirarán raro en ese entorno. No compartimos para nada la obligatoriedad que nos imponemos para utilizar estas prendas clásicas, salvo en los claros casos que lo justifica. Para mí Mariano Rajoy es el mismo que acude a ver al Rey en corbata o que al día siguiente asiste a un mitin sin ella o sencillamente en mangas de camisa (y decimos Rajoy como podríamos decir cualquier político).

 

Es evidente que estamos en un mundo en cambios y que la crisis ha acelerado drásticamente muchas cosas. Los políticos se azaran enseguida en anunciar sus recortes en gastos de protocolo, pero siguen mostrándose distantes con gran parte de la sociedad que les ve en el “club de los corbata”, esos que tienen trabajo, ingresos suficientes, que parecen más poderosos, que se sitúan por encima de los demás. No debe renunciarse insisto a la etiqueta cuando el guión lo exige, pero se abusa mucho de determinadas prendas de las que se podrían desprender en numerosas ocasiones. Parece incluso que la corbata va con el capitalismo, porque en otros países que dicen ser contrarios a él, se han deshecho sus políticos y empresarios de esta prenda, a la que solo recurren -y no todos- cuando conviene en las relaciones internacionales o en los negocios. Y con la crisis hoy los políticos y empresarios deberían pensar en cambiar la estrategia de su vestimenta.

 

Es probable que a muchos se les haga duro pensar que debemos dar pasos hacia una etiqueta nueva, propia del siglo XXI. Creemos que en las comidas o cenas oficiales o similares no oficiales el frac, el chaqué o el esmoquin está ya fuera de lugar en estos momentos. Creemos que la corbata como uniforme permanente de trabajo -en cualquier lugar- no siempre está justificado. Nos alegra ver a personalidades y hombres de negocios con atuendos alternativos, elegantes y apropiados, pero lejos de esa uniformidad que ya es del siglo XX. Vemos una frivolidad que en muchas bodas testigos e invitados tengan que llevar el chaqué y todos los invitados pasarse antes por la boutique de marca para dejarse como mínimo sus trescientos euritos, que unido al regalito sube un pico. Y además, es absurdo. Lástima que incluso en las más jovencitas se haya introducido ese afán de que a las fiestas haya que ir vestidas “de protocolo” o de “glamour”.

 

Esta sociedad sufre permanentes vaivenes en cuestiones de moda y etiqueta. Cuando lo” cool” se pone de moda lo clásico pierde valor. Cuando quieres distinguirte un poco más juegas entre el “cool” y el “retro” o lo clásico. El asunto es marear la perdiz. Sin embargo, en el ámbito de los eventos, de todo tipo, la etiqueta del siglo XXI no termina de encontrar su hueco. En el caso de los hombres la corbata deja de tener valor porque es lo habitual, y aunque las mujeres tienen mayores vías de escape algo parecido está ocurriendo. Por eso el caso de ellas las marcas encuentran su agosto ofreciendo nuevos estilos para ser más “cool” sin renunciar a ciertas cosas clásicas, mientras nuestros políticos y empresarios siguen ahogándose en su corbata o en su chaqueta falta/pantalón. Estamos convencidos de que la etiqueta de este siglo está por llegar, y confío que los inventores de la moda no frivolicen y sepan capaces de sacarnos de un atuendo que estimamos ya antiguo.

 

Somos conscientes de que reflexiones de este tipo tendrán sus defensores y detractores. Nos hemos limitado a trasladar nuestras impresiones y algunos razonamientos, porque es un tema al que hay que empezar ya a coger los toros por los cuernos. Y que los fabricantes de corbatas no se enfaden, pero que potencien alternativas dignas de nuestro tiempo (que ya hay muchas, aunque en este mundo al que nos referimos no ha calado aún). Pero como todo, al tiempo.