Soy experto en Protocolo y profesionalmente organizo y dirijo eventos

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Parte de los asistentes al IV Congreso Universitario de Comunicación y Eventos celebrado en Madrid los días 10, 11 y 12 demarzo pasados.

Soy organizador profesional de eventos y para ejercer esta actividad preciso entre otras cosas tener amplios conocimientos de protocolo, pero también de comunicación, derecho, arte, relaciones públicas e institucionales, relaciones internacionales y diplomacia, publicidad, marketing, artes escénicas, restauración, tecnologías aplicadas, creatividad, ingeniería y otras disciplinas transversales. La profesión tradicionalmente conocida como Protocolo se ha quedado corta para definir realmente en la actualidad la profesión de quienes nos dedicamos a estos menesteres.

Esta es al menos una de las principales conclusiones a la que he llegado tras el IV Congreso Universitario de Comunicación y Eventos celebrado los pasados días 10, 11 y 12 de marzo en Madrid. Una conclusión que hemos compartido un buen número de los presentes. Bajo el reclamo #BuildingBrand, medio millar de personas nos reunimos para hablar de experiencias e inquietudes que vistas desde una perspectiva global nos ayude a seguir profundizando en la necesaria identidad de los responsables, técnicos, proveedores y auxiliares que nos dedicados a organizar eventos o a ser parte de la estructura organizativa de los mismos, ya sea en el ámbito oficial, empresarial, social, deportiva, académica, cultural o de la pujante industria del entretenimiento, entre otros sectores.

Este Congreso, más allá de aportar experiencias, nuevos conocimientos, reciclajes y contactos, ha servido para abrir oficial y públicamente el debate sobre lo que somos (que más o menos considero que todos lo tenemos claro, aunque hay resistencias sobre su definición o aceptación a progresar sobre el tradicional apellidos que nos ponemos de protocolo) y cómo presentarnos oficialmente ante la sociedad. Una cuestión ésta que ocupó el protagonismo de la última sesión del encuentro antes citado.

El debate equivocado

Existe una tendencia generalizada a rivalizar por las expresiones soy “técnico de protocolo” o “técnico de organización de eventos” o sencillamente “Técnico de eventos”. En mi modesta opinión estamos ante un debate equivocado porque son dos cuestiones diferentes que no se pueden equiparar. El Protocolo es una cosa y la profesión de quienes nos dedicamos a organizar actos o eventos en formato profesional es otra. Es cierto que existen determinados intereses por confundir al respecto(probablemente sin pretenderlo), liderados fundamental por una parte por estudiosos o investigadores y algunos blogueros, y por otra parte por profesionales del conocido hasta ahora “Protocolo Oficial”. Unos intereses lícitos que no vamos a discutir y cuyos resultados investigadores o divulgadores aportan luces interesantes. Pero insisto que desde mi visión personal, por supuesto siempre abierto al debate y a la discusión civilizada, estamos ante dos escenarios diferentes, aunque relacionados entre sí. Una dualidad que no debe convertirse en una guerra dialéctica y de descalificaciones (desde luego, paso abiertamente de ello).

Siempre que asoma a la actualidad el Congreso Universitario de Comunicación y Eventos, el hasta ahora encuentro de mayor impacto y seguimiento de todos los foros celebrados en España y en el extranjero (a las cifras de asistencia, inscripciones e impactos en redes sociales y blogs especializados, nos remitimos), otras visiones se asoman para reclamar o recordar que lo que allí se habla no es protocolo, y vuelven a la carga acusándonos injustamente de promover la inexistencia como tal del Protocolo. Transmiten la percepción de que defendemos que el “protocolo ha muerto”. No sé por qué, a mí personalmente muchas personas me han colocado la etiqueta de considerar que defiendo esa frase entrecomillada, y quienes lo dejan entrever es porque francamente poco me conocen y nada saben de lo que pienso al respecto (o no quieren saberlo).

Tampoco hay que ser pretenciosos y endogámicos aseverando que el protocolo está de nuevo de moda y que puja con fuerza, porque la realidad es bien distinta, desgraciadamente. Claro está que si lo importante es que se hable de protocolo aunque sea para mal, probablemente algo de moda estaremos. Pero no es positivo para la profesión que eso ocurra y más que algunos se intenten aferrar a él como único instrumento o herramientas de mejoramiento de las relaciones institucionales de nuestros organismos oficiales, cuando el problema tiene un origen claramente distinto a lo profesional.

El Protocolo sigue vivo aunque le pese a algunos

El Protocolo, y me refiero con esta palabra a nuestro Protocolo, el que afecta al ámbito de la organización de eventos y actos, a la existencia de reglas y técnicas fijadas por norma o consolidadas por tradición y costumbres inveteradas, ha existido siempre y seguirá existiendo, con independencia de quien gobierne las naciones o mueva los hilos del mundo. Algunos prestigiosos investigadores a quienes admiro por su talento y capacidad de análisis, encuadran el protocolo como “un conjunto de normas, usos y costumbres jurídicas que determinan el orden de celebración de un acto oficial”. En consecuencia lo sitúan en el ámbito estricto de las instituciones públicas, llegando más lejos en sus aseveraciones al decir que en sentido literal protocolo es el Protocolo oficial. Es decir, aquél que se ocupa de determinar la clasificación de los actos, su presidencia, la precedencia entre instituciones, tratamientos, honores y distinciones sociales propios de las instituciones y sus representantes, al igual que todo lo relativo a la simbología oficial. La Real Academia Española, en su última modificación del término (ya ha suprimido la referencia de regla palatina), define protocolo en su tercera acepción como un “conjunto de reglas establecidas por norma y costumbre para ceremonias y actos oficiales o solemnes” (una nueva inexactitud a mi entender, y espero que esto lo compartamos todos).

Creo que esta visión reduccionista del Protocolo a lo estrictamente jurídico o al derecho consuetudinario que afecta a lo oficial es insuficiente e inexacto y no se atiene a la realidad de los tiempos. A estas alturas, nadie duda que existe un protocolo para los eventos deportivos, para los actos empresariales e incluso para los propiamente sociales, y no debe desmerecerse que esas normas o reglas que se fijan o aplican en ámbitos diferentes a lo oficial no es protocolo. El hecho de que las normas puedan conferirse desde el derecho público para las instituciones oficiales, no implica que solo sea cosa de lo oficial. En el sector privado o no estrictamente oficial también hay normas, reglas y costumbres que aunque no vienen señaladas por decisión oficial, sí se determinan por la institución organizadora o por la entidad, asociación u organización nacional o internacional que promueve sus eventos. No son generalistas, por que se ciñen a su propio ámbito, pero no por ello les sitúa fuera del Protocolo.

Negar la existencia de un protocolo no oficial es mirar para otro lado

Negar por ejemplo que el sector deportivo no tiene protocolo en sentido estricto es ponerse de espaldas a la realidad. O afirmar que una empresa no tiene protocolo porque sus normas o procedimientos no emanen de las instituciones públicas es sencillamente mirar para otro lado. Los comités olímpicos, federaciones deportivas, corporaciones empresariales o entidades privadas que promueven espectáculos o entretenimiento general también tienen sus normas protocolarias, concebidas desde el derecho privado, y es tan protocolo como el oficial. La diferencia reside en el ámbito de la aplicación. Pero en ambas situaciones el protocolo existe y para mí tiene la misma legitimidad aunque cada uno, insisto, en su campo.

Es cierto que en el sector oficial la normativa debería ser de obligado cumplimiento en tanto las normas estén vigentes (desgraciadamente se da la incongruencia de que encima no se cumplen en un porcentaje muy alto), mientras que en el no oficial esa obligatoriedad puede acomodarse a lo que convenga en cada momento, aunque no siempre. Hay ámbitos no oficiales donde la norma tiende a la rigidez y a la perdurabilidad (Carta Olímpica por ejemplo, reglamentos de protocolo de federaciones, normas internas de protocolo en empresas, etc.). Es más, hay determinadas reglas no fijadas por derecho público que la sociedad observa como “Protocolo”, que son esas “normas” necesarias de cortesía o relación que se convierten en instrumentos necesarios para garantizar la convivencia (protocolo social).

El protocolo, una parte del evento

El Protocolo en consecuencia no es cosa solo del mundo oficial, sino una parte proporcional de cualquier tipo de evento que conlleve organización, planificación, precedencia, guión/escaleta, ceremonial, etiqueta… Por ejemplo, ¿alguien puede negar que los Premios Princesa de Asturias no tengan Protocolo en su versión más puritana? Pues conviene recordar que están promovidos por una Fundación privada. ¿Alguien puede negar que los juegos olímpicos no tengan Protocolo? Es evidente que sí, pero sin embargo sus promotores no dependen para ello del derecho público. ¿Alguien puede negar que la organización de un macro evento cultural carezca de un protocolo ya lo organice un ayuntamiento o una gran agencia de eventos o comunicación o marketing? Pues claro que lo tiene y no se asienta en el derecho público más allá del cumplimiento de leyes y normas que les pudiera afectar sobre ocupación de espacios, seguridad, etc.

Por lo tanto ese debate sobre el cierre competencial del Protocolo al ámbito estrictamente oficial para mí sí que es un tema muerto. Otra cosa, y eso sí lo defiendo, es que haya un Protocolo Oficial o de Estado, como hay un Protocolo Deportivo, un Protocolo Empresarial, un Protocolo Cultural o un Protocolo Académico –incluso en centros de formación privados-, por poner algunos ejemplos de sectores. Creo y comparto con los defensores de la denominada corriente jurídica, que el Protocolo se basa en reglas y normas, unas de procedencia oficial y otras no, pero igualmente válidas para quien organiza eventos.

El Protocolo Oficial no es obligatorio en el mundo no oficial

No debe confundirse que el Protocolo Oficial sea de obligado cumplimiento en todos los sectores donde participen los representantes de las instituciones públicas, aunque esté presente el mismísimo Rey de España o un jefe de Estado. El Ministro va siempre antes que el Alcalde porque hay un Real Decreto que lo establece. La bandera de España ha de ser la primera. En los eventos oficiales sí, pero en los privados no es obligatorio. No. Quienes defienden que el Protocolo solo es Protocolo Oficial, deberían tener en cuenta que el ámbito de la normativa protocolaria se acaba precisamente en la frontera institucional. Aunque exista un decreto que señale la precedencia del Ministro sobre el Alcalde, en un acto de empresa el presidente de la misma no está obligado a su cumplimiento, porque dicho Real Decreto restringe su aplicación única y exclusivamente al ámbito de los actos promovidos por las instituciones públicas del Estado, y la Ley de la Bandera habla de la precedencia de la enseña nacional en las instituciones oficiales, pero no obliga al resto de las entidades no oficiales. Eso no debe olvidarse.

Tampoco hay que obviar que la solemnidad es cosa solo de los actos oficiales, porque hay eventos muy solemnes en el ámbito privado. ¿No son solemnes los Premios Princesa de Asturias? ¿O la inauguración de los Juegos Olímpicos? ¿O las mismas procesiones de Semana Santa que programan cofradías privadas o dependientes de confesiones religiosas? Y así un sin fin.

Protocolo es un cosa; la profesión otra

Retomando el debate sobre “protocolo sí, eventos no”, o al revés, a la hora de definirnos no deberíamos entrar en esa dialéctica. Definir qué es Protocolo es una cosa y la profesión otra. Es como hablar de un balón de fútbol y de fútbol y quererlo comparar. La pelota es un elemento más del juego, imprescindible incluso, pero para que la competición se celebre es también absolutamente necesario que haya además jugadores, árbitros, porterías, reglas, tarjetas, líneas pintadas en el césped y por qué no público.

Con independencia de si la expresión Protocolo está ya desgastada o desacreditada en los tempos que corren, cuestión en la que ahora no voy a entrar, entre otras cosas porque es injusto que lo estuviera –siempre habrá Protocolo, aunque se vista de otro colorido-, el debate debe centrarse en lo que somos profesionalmente (más allá de lo que nos podamos sentir expertos. Puedo ser un experto en Protocolo, pero eso no indica que sea profesional del mismo. De hecho hay numerosos estudiosos e investigadores que acreditan notables conocimientos en la materia, que incluso han hecho o dirigido investigaciones o tesis muy meritorias, pero nunca han organizado un evento o un acto, ni oficial ni privado. ¿El no organizar eventos les desacredita? Para nada, al contrario. Su aportación es brillante –lo compartamos o no- y necesaria, y hay que felicitarse por ello y animar a que se siga en esa línea de búsqueda de cuerpo académico a una parte de las disciplinas transversales necesarias para organizar actos oficiales y no oficiales. Tenemos que acostumbrarnos a que nuestra profesión de organizadores no es patrimonio exclusiva de Protocolo, sino del conjunto de especialistas que hacen posible con sus conocimientos y experiencia la celebración del mismo.

El técnico de protocolo, un experto más en el organigrama organizador

En un acto oficial, tan importante es el experto en Protocolo como el responsable de Comunicación, o el que se encarga de la producción, o del catering o de las redes sociales, por ejemplo. Si todos estamos reconociendo la transversalidad disciplinaria que rodea la organización de un evento ¿por qué enrocarse que solo es Protocolo lo que hacemos? Miremos: en un acto o evento (utilizo ambas palabras porque hay tendencia a hablar de acto en el mundo oficial y de evento para el resto) el protocolo no supone más del 10 por ciento en término medio (datos de un solvente estudio realizado sobre 98 eventos oficiales y no oficiales de primer orden en España durante el primer semestre de 2015 para un Trabajo Fin de Máster que ahora avanza ya hacia Tesis doctoral). ¿Qué pasa con el 90 por ciento restante? Se lo lleva el resto de disciplinas que son necesarias aplicar y que obedecen a otros códigos diferentes al Protocolo. Todo esto noquiere decir que el experto en Protocolo pueda ser un espléndido director de organización o sencillamente un buen organizador (debería serlo).

El error conceptual de la industria de los eventos

No quiero ser injusto tampoco en el tratamiento de esta reflexión y dejar fuera de la misma a los que hoy alardean de la importancia de la industria de los eventos. Esta industria profesional (caso de Agencias de Eventos o de Comunicación o Relaciones Públicas o Marketing) o determinados consultores o freelance, pretenden hacer patrimonio suyo los eventos en general y son los primeros en defender que Protocolo es estrictamente lo que afecta al mundo oficial. El resto de los eventos (que es la gran tarta del negocio) es cosa ajena al Protocolo. Otro grave error conceptual, al igual que equivocar organización con producción.

No son conscientes de que sus eventos también se basan en protocolos (plural porque les afectan varios) y en ocasiones hasta el mismísimo Protocolo Oficial. Y desgraciadamente tienen un gran déficit en sus plantillas de personal capaz de resolver cuestiones protocolarias como tal. Mucho mejor les iría si tuviera en cuenta que en su estructura deberían añadir a su organigrama la expresión protocolo. Es absurdo, que re rivalice entre industria de los eventos y protocolo. Estamos ante sectores que se especializan, unos en eventos oficiales, otros culturales, otros deportivos, otros corporativos, etc. Lo que jamás se debe tolerar y así lo he dicho en foros públicos, es que la denominada industria se ocupe del gran sector productivo de eventos mientras los protocolistas o protocolarios como nos llaman nos tengamos que aferrar a banderas, precedencias y tratamientos. Claro está que a veces nosotros a través de nuestras redes sociales y blogs contribuimos a eso, pues nos limitamos en casi un 85 por ciento (dato calculado sobre 42 blogs entre septiembre de 2015 y febrero de 2016) a hablar de banderas, ordenación de mesas, precedencias, ceremonial…

Hay un claro juego de desprestigio de este interesado sector hacia los profesionales de eventos en las instituciones oficiales, porque saben que hay poco donde rascar (económicamente) y para pocos beneficios no merece la pena lidiar con políticos o instituciones que encima tardan en pagar. Ojo: yerran, porque las instituciones públicas han aumentando la contratación externa y los concursos para la organización de eventos oficiales (8% el pasado año y ya cerca del 16 % en lo que va del presente). Lo que tampoco entiendo es por qué los denominados profesionales de protocolo están ignorando esta tendencia. Estos profesionales ya deberían estar preparándose para convertirse en buenos profesionales capaces de gestionar la ya necesaria relación con proveedores externos (no ya en catering u otros campos que ha atendemos, sino los nuevos del sector de eventos propiamente dicho).

Organizador Profesional de Eventos (OPE)

En consecuencia y después de esta larga reflexión, pero que me parecía necesaria para dejar bien clara mi posición al respecto, debo declarar que la marca que considero propia del tiempo que vivimos en la de “Organizador de Eventos profesionales” (ODE) o si lo profieren Organizador Profesional de Eventos (OPE). Creo que las siglas favorecen la identificación de nuestro campo competencial. Personalmente me siento preparado para enfrentarme a organizaciones oficiales y no oficiales, aunque obviamente dentro de esta variedad hay que tender hacia la especialización (eventos oficiales, corporativos, deportivos, culturales, etc.).

Vamos irremediablemente hacia la especialización y eso es muy positivo. Creo que se acabó eso de pensar que un experto en protocolo es capaz de enfrentarse a cualquier tipo de organización. Otro error. Yo mismo me sentiría como un pulpo en un garaje si me encargan organizar de principio a fin una gran exposición o un evento cultural masivo o sencillamente una gran boda o una gran pasarela de moda. Me creo más especializado en sector oficial, pero también es verdad que como experto en protocolo puedo contribuir en el porcentaje que corresponda en otro tipo de eventos.

Soy experto en Protocolo y me siento orgulloso de ello, pero profesionalmente soy organizador de eventos profesionales. Esa es la frontera que pienso debemos tener todos muy clara. Un técnico de sonido es un experto en sonido, no puede decirse que sea un organizador de eventos, pero su papel es decisivo para que un evento salga exitoso. Y lo mismo diría del restaurador, del productor, del escenógrafo o de la azafata. Soy organizador, y dentro de las categorías profesionales, en mi caso, me considero más un director que coordinador o técnico o auxiliar. Por mi experiencia en organización durante más de 37 años, por mis estudios y formación y por la investigación y docencia que desarrollo me siento plenamente consolidado como un adecuado organizador integral, y ello sin renunciar a que igualmente soy experto en Protocolo.

El director de Organización es quien domina transversalmente todas las disciplinas y sabe gestionar y liderar

¿Por qué debatir entre Protocolario y Organizador como el más cualificado para dirigir una organización? Ambos pueden serlo, salvo que no acrediten conocimientos o experiencia más allá de una sola especialidad o algunas. Un experto en Protocolo no necesariamente está capacitado para ser director de organización de eventos por sus conocimientos específicos en esa disciplina. Ni tampoco un productor, o un comunicólogo o un relacionista o un marketiniano. Ojo, que aquí hay un injustificado intrusismo del que ni tan siquiera las mismas agencias poderosas son conscientes de que están contribuyendo a ello. Debemos empezar a ampliar nuestras miras y proyección, y creer de verdad que organizar es otra cosa diferente a hacer Protocolo, Marketing, Publicidad, Comunicación o Relaciones Institucionales o Públicas. Aunque evidentemente en la mayoría de los eventos deban tener en cuenta todas esas disciplinas. El director de organización debe tener conocimientos acreditados en estas materias, pero además ha de ser un gran gestor y administrador y un líder nato que sepa manejar adecuadamente sus recursos humanos y materiales. Cuestión que va más allá de ser Protocolista, Comunicador o Relacionista.

Necesidad de la unión y de un gran acuerdo profesional nacional

Debemos ir a un gran acuerdo nacional entre profesionales, no excluyente, y las asociaciones y universidades o centros de investigación y formación acreditados, deberían asumir esa función de integración y de motor. Lo veo difícil todavía, porque mientras sigamos pensando que en el ámbito de protocolo existen varias escuelas o corrientes intelectuales (jurídica, comunicacional y relacionista) no haremos más que aumentar la división. Todas esas corrientes son necesarias, incluso deberían consolidarse otras que están ya en ebullición, pero deben confluir profesionalmente (más allá de la ciencia pura o la investigación especializada como tal) en un mismo camino: somos ODE o OPE.

Esa es la realidad profesional del siglo XXI, y eso es lo que me está llevando a pulir los estudios oficiales de Protocolo y Organización de Eventos que bajo la mano de un equipo estupendo que he venido codirigiendo con la experta Gloria Campos, pusimos en marcha (pese a los recelos de algunas personas cualificadas, que por cierto afortunadamente ahora lo defienden) los estudios oficiales como una disciplina claramente diferenciada del Derecho, la Comunicación como tal y las Relaciones Públicas y el Marketing. Unos estudios que para habilitar profesionalmente deben sujetarse al principio de la transversalidad en las materias que ofrecen, pues queda acreditado que para organizar eventos hay que saber de Protocolo, de Comunicación, de Relaciones Públicas, de Marketing, de Publicidad, de Tecnologías, de Derecho, de Sociología, de Ingeniería, de Artes Escénicas, de Producción, de los idiomas aplicados y, por supuesto de Dirección, Gestión y Administración, solo por citar algunas de las disciplinas.

La oferta de estudios universitaria

Y en ese acuerdo profesional y nacional que nadie piense que hay intereses movidos por supuestos enfrentamientos entre escuelas, universidad o centros especializados. Estas compiten por sus públicos, tarea lícita, pero al margen de ello ¿qué sentido tiene entrar en batallas si en el fondo todos defendemos lo mismo, aunque cada uno le ponga su apellido? Desde luego eso pienso, porque de lo contrario me hubiera ahorrado todo este testamento. Tampoco es necesario que las universidades deban unificar sus titulaciones o denominaciones o programas. La oferta diferenciada enriquece y aporta. El nombre de un título no da nombre a una profesión. ¿O acaso hay alguna carrera de abogado o Procurador o Juez? Sencillamente parten del Derecho o Ciencias Jurídicas o como quiera llamarlo cada universidad y luego terminan profesionalmente llamándose por lo que ejerzan. Eso también algunos deberíamos metérnoslo en la cabeza.

¿De qué Colegio Profesional hablamos?

Vamos a hacer esto primero. Son nuestras tareas iniciales. Sin resolver esto antes, ¿de qué Colegio Profesional estamos hablando? Por cierto, si no somos ni capaces de Federarnos todas las asociaciones que acogen profesionales o aspirantes a serlo en este campo, ¿qué pretendemos hacer? Qué fuerza tiene la profesión, llámese como se llame cuando ni tan siquiera las asociaciones representan no más del 0,0001 de los profesionales?

Enfrentarse a todo lo expuesto en este largo texto, que no me he podido acortar porque me parecía necesario, es precisamente el reto que se propone asumir el reciente proyecto del Observatorio Profesional de Protocolo y Eventos, o como quiera denominarse finalmente, una vez se constituya finalmente con todos los que de verdad creen que pueden contribuir gracias a su experiencia, conocimiento o investigación. Tiendo la mano a todos y cedo el protagonismo al colectivo.

Lo escrito aquí es el compromiso con mi profesión que tanto adoro, aprecio y creo. ¿Y el tuyo? No tiene por qué ser el mismo, pero hay que posicionarse positivamente, con ganas de aportar.

Perdonadme si he sido largo, pero una cuestión tan seria no se resuelve en un blog serio sobre nuestra profesión en quince líneas. Solo pido que los detractores de esta teoría que sostengo sepan interpretar bien lo que digo, porque luego uno queda muy sorprendido de ver y oir cosas que nunca uno ha dicho. Creo que intento ser positivo y construir al margen de intereses concretos que en estos momentos no tengo más allá de sentirme bien dentro de una profesión claramente definida y aceptada.

Protocolo para los Premios Princesa de Asturias: mirando al futuro

PanorámicaAcceso de los premiados al inicio de la ceremonia de 2015.

Oviedo (Principado de Asturias, España) albergó ayer una nueva edición de los Premios Princesa de Asturias (antes Príncipe de Asturias), en la que se entregaron los ocho galardonados que anualmente concede en el transcurso de una ceremonia que alcanza la perfección organizativa (y por ello hemos de felicitar una vez más a sus organizadores). Pero al margen del éxito incuestionable, es bueno dar un paso más con el ánimo de contribuir a su mejora y plantearse algunos interrogantes y cuestiones técnicas que no buscan desmerecer el éxito de esta edición y anteriores, que sitúan a la capital asturiana en el epicentro mundial de la cultura y la defensa de los valores humanos que fomentan la solidaridad, la convivencia, la justicia y la paz, sino contribuir a su crecimiento (desde las aportaciones dle protocolo). Reflexionamos a través de varias pinceladas. Continue reading

Protocolo equilibrado para un Papa entre Cuba y Estados Unidos

Papa

Las visitas del Papa Francisco a Cuba y Estados Unidos nos recuerda la importancia que tienen las puestas en escena en los objetivos comunicacionales que mueven a realizar eventos como estos. Es lo que periodísticamente solemos llamar “gestos”, detalles o supuestas “rupturas de protocolo” para evidenciar con claridad lo que se pretende manifestar sin palabras. Los discursos, y ha habido bastantes y algunos con mucho fondo humanístico y político (religioso al margen), cumplen su función y gracias a ellos nos llegan a millones de ciudadanos en el mundo frases cortas pero contundentes. Pero esas “voces” se apagarían si no vienen acompañadas de un evento adecuado con un protocolo medido y una alta dosis de calculada espontaneidad, con un exquisito equilibrio entre el estudiado ceremonial de Estado y la acreditada sencillez del protocolo que ha ejercido el Jefe de la Iglesia Católica en una visita entre lo apostólico y lo diplomático, que le ha llevado al agotamiento físico tal y como observamos ayer cuando ascendía al avión camino de Filadelfia ciudad donde finalizará hoy su largo periplo. Continue reading

La Subsecretaría de la Presidencia asume el control de los símbolos nacionales

Bandera Quijote

¿Perseguirá la Subsecretaría de la Presidencia la fabricación de banderas de España que claramente incumplen la normativa constitucional y las leyes que la desarrolla? Alguna empresa habrá fabricado por ejemplo esta bandera que se aprecia en la fotografía. ¿No es demasiada impunidad que en cualquier tienda china o kiosko o bazar de recuerdos o chiringuito de playa se vendan banderas así? Solo es un pequeño ejemplo.

El Consejo de Ministros ha aprobado un Real Decreto por el que se modifica la estructura orgánica básica del Ministerio de la Presidencia, y en el que aporta una nueva cuestión de interés para todos los profesionales del ámbito del protocolo y ceremonial (aunque obviamente lo es también de interés nacional). Entre otros cambios el nuevo Real Decreto 671/2014 de 1 de agosto, de modificación del Real Decreto199/2012, de 23 de enero, por el que se desarrolla la estructura orgánicabásica del Ministerio de la Presidencia y se modifica el Real Decreto1887/2011, de 30 de diciembre, por el que se establece la estructura orgánicabásica de los departamentos ministeriales, dispone que las competencias correspondientes a la autorización para el uso de la bandera, el escudo y otros emblemas nacionales en los supuestos en los que las normas así lo prevean, sea competencia de la Subsecretaría de la Presidencia.

Textualmente, la normativa aprobada introduce una competencia nueva a dicha Subsecretaría, que se lleva al artículo 6.1, apartado j) que dice textualmente (se refiere a las competencias de dicha Subsecretaría): “Las autorizaciones de uso de la bandera, escudo o demás símbolos nacionales, en los casos en que así se prevea normativamente”.

Desgraciadamente no hay mucha normativa que prevea circunstancias de seguimiento y control, pero si al menos la Subsecretaría de la Presidencia que asume ahora estas competencias comienza a velar por el cumplimiento de las disposiciones vigentes en materia de símbolos nacionales daremos un paso de gigante en el respeto a estos símbolos que son de todos y de los que cada día nos encontramos cientos de casos de mal uso, en ocasiones de carácter grave. Y confiemos que sea quien sea el agresor de la norma, la Subsecretaría actúe con eficacia ordenando lo que tenga que mandar para evitar incorrectas disposiciones de banderas, prohibir enseñas no ajustadas a normas, escudos oficiales en lugares donde no se pueden disponer o usar, etc.

En fin, no soy nada optimista al respecto, pero al menos ahora ya tengo claro a quién debo dirigirme para exigir que se persigue los incumplimientos de las normativas en materia de símbolos y espero que empiece por el propio gobierno de la nación donde a diario observamos transgresiones graves a la norma. Claro que este cambio de competencias, una vez, deja muy difusa la competencia y es una pena que no especifique claramente que no solo es autorizar, sino velar por el buen cumplimiento de la normativa. No obstante, al menos quien suscribe, entiende que en el espíritu de lo que se dice se incluye esa vigilancia.

De entrada debería inspeccionar a todos los fabricantes y comercializadores de banderas y otros productos que incorporan símbolos nacionales para ver lo que realmente se está vendiendo y si ese producto cumple con la normativa o no. Si se ponen a ello y se multa con severidad los incumplimientos les aseguro que saldremos de la crisis económica…

Etiqueta para el “estreno” del Rey don Felipe VI

Gran Etiqueta Rey

Uniforme de Capitán General de los tres ejércitos, la denominada Gran Etiqueta. Fotografía oficial de la Casa de S.M.

 

Los medios de comunicación, las redes sociales y los propios expertos hablamos en los últimos días mucho a propósito de la etiqueta que debiera utilizar don Felipe de Borbón en su ceremonia de proclamación como Rey ante las Cortes Generales, el próximo día 19 de junio. El debate está en la calle, además del consabido referéndum si/referéndum no. La cuestión es si el futuro monarca debe acudir al Congreso de los Diputados ataviado de uniforme militar en cualquiera de las versiones a las que tendría derecho o de civil –chaqué/traje-. La cosa tampoco es baladí, ni frívola. Tiene su importancia en el marco de la simbología y su proyección. Es, además, una foto para la historia que permanecerá en el tiempo.

Los defensores de la etiqueta militar se apoyan en dos criterios: el primero y más argumentado es que don Felipe se estrena en ese día, por mandato constitucional, como Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas; y el segundo, porque recoge el testigo de su padre que en el 1975 fue vestido de Capitán General del Ejército. En su contra, los partidarios de la etiqueta civil, como el que suscribe, entienden que el acto de Las Cortes es eminente civil, aunque se rindan en la carrera de San Jerónimo honores antes y haya desfile militar después. Pero esos son actos complementarios, que se dan por la condición de Rey, no porque lo exija la ceremonia. Para ello se puede recurrir a los antecedentes de todas las visitas oficiales realizadas en democracia por don Juan Carlos al Congreso, siempre de civil y siempre recibiendo honores militares. Y si es civil lo que corresponde es la indumentaria civil.

Los argumentos aceptables en democracia a favor de lo militar se agotan ahí. Los criterios favorables a lo civil aportan otros como la conveniencia de que la monarquía que encabezará don Felipe ofrezca desde el minuto cero otro estilo protocolario de Rey acorde con los tiempos. Cuando se apela a este argumento, los defensores de lo militar se ven agraviados al considerar que se deja en entredicho la dignidad de las Fuerzas Armadas como si fueran negativas para España. Tampoco es así.

La sombra del Generalísimo

Sin cuestionar las garantías de normalidad y estabilidad en el relevo que son esenciales en estos momentos, la ceremonia de don Juan Carlos en 1975 se producía en un marco diferente, bajo una normativa distinta, en medio de una decadente dictadura, y con un sentimiento popular importante a favor del general Franco, cuyo cadáver a la misma hora era objeto de homenaje por miles de ciudadanos. Y con los cuarteles en estado de alerta. Durante más de cuarenta años de Generalísimo, era impensable que el nuevo Rey –no constitucional entonces, sino fruto de la Ley de Sucesión creada por Franco “ad hoc” y que posibilitaba la instauración/restauración de la monarquía tras un largo paréntesis- acudiera de otra forma diferente que vestido de militar.

Por otra parte, tampoco, debe argumentarse a favor de la prenda civil el antecedente de la jura de la Constitución por el Príncipe en su mayoría de edad en 1986 que se presentaría en el Congreso vestido de chaqué. No sirve de antecedente sólido porque ni era Rey, ni Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas.

Por lo tanto los antecedentes se nos antojan fuera de lugar y no válidos. Recurrir a siglos atrás tampoco tiene sentido en la España del siglo XXI. Las tradiciones cuando afectan al ceremonial de Estado deben estar sujetas a constantes actualizaciones, sino queremos quedarnos en imágenes trasnochadas y en algunos casos cómicas. No hay una normativa al respecto que obligue a una u otra prenda, siendo facultad única del futuro Rey determinarla, al igual que doña Letizia deberá hacer con su ropa, y ambos padres con respecto a la de sus dos hijas. Pueden recibir consejos, como en todo, pero la última palabra es suya. Por eso cobra más valor la decisión que se tome en un sentido o en otro.

Debe dejarse claro que para recibir honores militares o presidir un desfile tampoco hay que ir uniformado. De hecho tanto don Juan Carlos como don Felipe han presidido ceremonias de este tipo sin traje militar y todas las autoridades civiles a las que se rinden honores, como Presidente del Gobierno, Reina, infantas o el propio Ministro de Defensa no pueden ponerse el uniforme militar (porque no lo son), pero reciben igualmente los honores, tal y como señala el Reglamento que regula este boato.

A partir de estos argumentos y criterios, nada más se puede añadir salvo las opiniones personales que cada cual tenga. Lo idóneo para quien suscribe es que don Felipe VI acuda de civil. Sin embargo, es comprensible que la Casa de S.M. haya aconsejado la opción militar, pues acudir de chaqué podría trasladar una imagen de cierta aristocracia, distanciamiento social o pompa. Rompería esta opción la sobriedad que se pretende y pudiera confundirse la ceremonia con otro tipo de evento más festivo, que no es el caso. La proclamación de un Rey no es un acto festivo, sino sencillamente un solemne relevo que ha de interpretarse como fruto de la estricta aplicación de la normativa vigente, y en consecuencia no tiene sentido alguno más boato que el que se derive del acto institucional en sí. En cambio, recurrir a la prenda uniformada libera de esa aparente imagen de gala que proyecta el chaqué. Se verá socialmente como más normal el uniforme de gala de Capitán General o el de Gran Etiqueta (color azul, que el Rey ya utiliza en determinados actos oficiales como la ceremonia de entrega de Cartas Credenciales), que disimula algo más la imagen militar.

Ni militar, ni chaqué

Desde el punto de vista de protocolo estimo necesario que el nuevo Rey ofrezca una imagen diferente, más joven, más indicativa de su compromiso social con los españoles y la prenda militar no ayudará visualmente a comunicar esa intención. Don Juan Carlos se llevó para la historia la imagen militar de su primera foto oficial como Rey (a la que hubo de recurrir en significativas ocasiones como el 23 de febrero de 1981). Es probable que a los periodistas y consumidores de noticias de glamour y de buena etiqueta agradezcan la uniformidad de gala militar porque obligaría a que doña Letizia deba utilizar vestido largo que da más juego y seguramente recurrir a la diadema real de turno.

La prenda idónea para estos tiempos es en nuestra opinión el traje oscuro y corbata para el Rey, y un vestido corto para la Reina. Ni chaqué, ni uniforme militar, ni vestido largo. La monarquía del siglo XXI pide nuevas formas. El traje oscuro, como usan los representantes democráticos de los poderes del Estado cuando acuden a jurar o prometer su cargo. ¿Por qué ha de ser diferente para un jefe de Estado, aunque sea Rey? Tampoco miremos a las casas reales europeas porque afortunadamente para nosotros en estas cosas de gala y ceremonial son otra historia no comparable.

El debate si queremos una foto de postal o la imagen de un don Felipe que jura la Constitución, aprobada por la ciudadanía en 1978 (acto que le compromete en cada uno de los capítulos y epígrafes de la misma a seguir trabajando por España y los españoles desde su nueva condición) está servido. Cada cual tendrá su postura y sus razones, y todas deben ser respetadas. Pero que nadie diga si lo correcto es esto o aquello, porque no hay regulación, ni tradición admisible al respecto. Es la voluntad del Rey la que se impondrá finalmente en la cuestión y para nosotros, meros observadores, se nos reserva las lecturas y conclusiones que podamos obtener, precisamente en un acto donde todos los gestos y detalles serán examinados con lupa e interpretados libremente. Por lo tanto no es irrelevante la cuestión.

Mi convicción personal pasa por ver a don Felipe por primera vez de Rey con una etiqueta que le sitúe cerca del pueblo, al margen de los cuentos de hadas y alejado de la imagen de jerarquía o poder. Un jefe de Estado monarca moderno tiene hoy más que nunca, y especialmente en España donde no hay una cultura sólida de lo que realmente representa la monarquía, la necesidad de mostrarse cercano a un pueblo muy quemado por la crisis económica y política. Que veamos, de verdad, en don Felipe esa figura que pueda trasladarnos la idea de que aún hay esperanzas para la regeneración de la imagen institucional en su conjunto.