Las zapatillas deportivas y los regalos, en el protocolo de Felipe VI.

 

El rey Felipe VI ha dejado de utilizar en las invitaciones protocolarias de sus actos la tradicional expresión “que Dios guarde”, normalmente dispuesta con la abreviatura “q.D.g.”. Al abandonar esta fórmula, da un paso más en su creciente secularización de las actividades oficiales promovidas desde la jefatura del Estado. Ni juró sobre la Biblia, ni colocó el crucifijo junto a los atributos de Rey (corona y cetro), ni se convocó la misa del Espíritu Santo, con ocasión de su proclamación el 19 de junio pasado. Como dice el diario Las Provincias, “Felipe VI profesa la religión católica pero se ha tomado muy en serio su papel como primer Monarca constitucional de la historia de España. La Carta Magna propugna la aconfesionalidad del Estado. Y está dispuesto a que esa aconfesionalidad se cumpla hasta en el mínimo detalle”.

Lo ha hecho ya en varias ocasiones, dos de ellas singulares: para la cena de gala en honor de la presidente de Chile, Michelle Bachelet, el 29 de octubre, celebrada en el Palacio Real, y para la entrega de los Premios Nacionales del Deporte, el pasado 4 de diciembre, en el Palacio del Pardo. Confirma una vez más ese estilo propio al que hemos aludido en diferentes comentarios anteriores y cumple con su compromiso de renovar y adaptar a los tiempos actuales la Corona, más preocupada ahora en el activismo de compromiso que en las formalidades de sus eventos. El Protocolo para Felipe VI se ha convertido en un mero instrumento que, ordenando adecuadamente sus apariciones públicas, facilita su gran apuesta: la cercanía, la proximidad y el contacto con los ciudadanos. Día tras día va dando notables ejemplos de esa nueva forma de practicar un protocolo que en la Casa Real necesitaba de una urgente puesta al día.

Son constantes los guiños a su nuevo estilo, hechos con la sutileza de no provocar cambios bruscos, pero siempre introduciendo novedades. La propia foto de familia de la entrega de los Premios Nacionales del Deporte es otro ejemplo de los cambios, donde se aplica un protocolo que a los expertos no les cuadra de acuerdo a las normativas y tradiciones, pero que tiene su sentido, en cuanto a la ubicación de los cuatro miembros de la Familia Real y del Rey que asistieron. El Rey, entre las dos reinas, Letizia y Sofía, tratando con ello suavizar las diferencias de rango que ahora tienen ahora ambas. Y separados de la Familia Real, la infanta Elena, una más entre los deportistas galardonados. Su presencia tiene sentido, no en vano ha asumido durante mucho tiempo la responsabilidad de asistir y presidir eventos relacionados con el deporte en nombre del Jefe de la Casa Real. Un lujo de detalle protocolario el que nos deja esta foto (por extraño que quede la imagen con los trofeos así dispuestos):

Rey Premios DeporteLos Reyes en la entrega de los premios nacionales del Deporte en el Palacio del Pardo.

Los regalos a la Familia Real

Otra medida singular se refiere al nuevo régimen de regalos a los miembros de la Familia Real, anunciado recientemente por la Casa de S.M. y que recoge de forma clara el diario ABC, el pasado 5 de diciembre:

El Rey ha querido elevar a normativa interna el criterio que él ya venía aplicando a los obsequios que ha recibido. Este nuevo régimen adapta a la Corona la ley 19/2013 que ya regula en materia de regalos a los políticos y altos cargos de todas las Administraciones públicas.

El nuevo régimen establece que los miembros de la Familia Real no aceptarán para sí regalos que superen los usos habituales, sociales o de cortesía, ni aceptarán favores o servicios en condiciones ventajosas que puedan condicionar el desarrollo de sus funciones. También distingue entre regalos personales e institucionales, y establece que los obsequios que tengan carácter institucional se procederá a su incorporación al Patrimonio Nacional.

Además, está normativa prohíbe a los miembros de la Familia Real aceptar regalos que por su alto valor económico, finalidad o interés comercial o publicitario, o por la propia naturaleza del obsequio, puedan comprometer la dignidad de las funciones institucionales que tengan o les sean atribuidas.

Este régimen de regalos afectara exclusivamente a los miembros de la Familia Real, pero no a los familiares del Rey, por lo que las Infantas Doña Elena y Doña Cristina no estarán obligadas a su cumplimiento. No obstante, sí será de aplicación para los miembros de la Familia Real a los que el Rey encargue alguna actividad institucional durante el desarrollo de esta función concreta.

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Los Reyes y sus hijas el día de la Proclamación de Felipe VI

La nueva normativa considera regalos institucionales los ofrecidos por las autoridades anfitrionas y los organizadores de actos y visitas nacionales o internacionales. Los regalos que no pueden incluirse en la categoría de institucionales tendrán la consideración de personales, que solo se podrán aceptar cuando no pueden los usos sociales y de cortesía. Cuando excedan esos usos, seguirán el mismo tratamiento que los institucionales o serán cedidos a una entidad sin ánimo de lucro que persiga fines de interés general.

La norma incluye supuestos especiales, que prohíben a los miembros de la Familia Real aceptar préstamos sin interés o con interés inferior al normal del mercado, ni regalos de dinero. En este último caso se procederá a su devolución o será donado. Cuando los miembros de la Familia Real reciban premios con dotación económica, el importe se deberá ceder a una entidad sin ánimo de lucro.

El nuevo régimen también establece que en el caso de aniversarios o celebraciones de carácter singular de algún miembro de la Familia Real en los que presuma que darán lugar al ofrecimiento de regalos, se establecerá un régimen propio que será objeto de información pública.

Regalo al Rey por el Papa

El Papa Francisco entrega un obsequio al rey Felipe VI

Zarzuela también anotará en un registro cada regalo recibido por el Rey o la Familia Real. Estos regalos serán valorados por una comisión para clasificarlos como institucionales o personales y con periodicidad anual se publicará en la página web de la Casa del Rey la relación de regalos institucionales que haya recibido la Familia Real durante el año anterior, con una breve descripción del regalo, así como la persona o entidad que lo haya entregado y su destino, uso o afectación.

Zarzuela también ha dado a conocer el código de conducta del personal de la Casa del Rey, que se ha decidido poner en marcha porque los ciudadanos tienen derecho a que el personal de la Casa tenga un comportamiento ejemplar que ayude a preservar la confianza en la Jefatura del Estado.

En la Casa hay funcionarios que proceden de distintos organismos (militares, funcionarios…) y cada uno tiene una normativa propia. A partir de ahora e independientemente de su origen, todos ellos tendrán que cumplir unos principios comunes por el hecho de trabajar en Zarzuela.

El nuevo código establece 20 medidas de obligado cumplimiento. Entre otras, obliga al personal de la Casa a desempeñar sus obligaciones de manera ejemplar y esta ejemplaridad deberá practicarla igualmente en el cumplimiento de las obligaciones que, como ciudadano, le exigen las leyes.

Que Dios guarde

Volvemos a centrarnos ahora en las invitaciones del rey Felipe VI. Haciendo una gracia, al Rey Católico (título que no usa, como tampoco lo hizo su padre) ya no le guarda Dios. Esta expresión, que se conserva desde siglos atrás, era obligada en el trato de cortesía con el Rey, aunque como bien se sabe la frase “dios le guarde” es muy popular y todos en alguna ocasión la hemos pronunciado en relación a otra persona. Más nuestros padres y abuelos que nosotros, pero ha estado muy enraizada en la cultura lingüística de nuestro país.

Diferentes expertos dan por confirmado que la primera referencia escrita en norma legal (por costumbre desde siglos atrás) sobre el uso de esta fórmula de cortesía data de la Novísima Recopilación (editada en 1805), Libro VI, Título XII (De los Tratamientos de palabra y escrito), Ley I, que en lo que afecta a los miembros de la Realeza señala lo siguiente (recopila disposiciones de Felipe II de 1586 y 1593; Felipe III de 1598 y 1611 y de Felipe IV de 1630):

“Orden que debe de observarse en los tratamientos, títulos y cortesías de palabra y por escrito.

Habiendo sido informados, que en los tratamientos, títulos y cortesías de que usan, así por escrito como de palabra, entre sí los Grandes y Caballeros, y otras personas de nuestros Reynos, ha habido y hay mucho desorden, exceso y desigualdad, y seguídose de ello muchos inconvenientes; habemos acordado de proveer y ordenar lo siguiente:

  1. Como quiera que no era necesario en lo que toca a nuestras Reales Personas, innovaren cosa alguna de lo que hasta aquí se ha acostumbrado, todavía para que los demás con mayor obligación y cuidado guarden y cumplan lo que acerca de esto se dirá adelante; queremos y mandamos, que cuando se escribiere, no se ponga en lo alto de la carta o papel otro título algo mas que, Señor, y en el remate de ella no se diga mas que, Dios guarde la Católica Persona de V.M.; y sin poner debaxo otra cortesía alguna, firme la persona que escribiere la tal carta o papel, y en el sobrecito tampoco se pueda poner ni ponga mas que, al Rey nuestro Señor”.

(ver Novísima recopilación Libro VI en:

http://books.google.es/books?id=GHBFAAAAcAAJ&pg=PA174&lpg=PA174&dq=Nov%C3%ADsima+recopilaci%C3%B3n,+t%C3%ADtulo+12,+Libro+VI&source=bl&ots=gSUe9G_Bq5&sig=isGYfrvoSRswbKwR8jbtpnYGCYs&hl=es&sa=X&ei=AmuDVK_pGcHuaNz_guAP&ved=0CFUQ6AEwCQ#v=onepage&q=Nov%C3%ADsima%20recopilaci%C3%B3n%2C%20t%C3%ADtulo%2012%2C%20Libro%20VI&f=false.

El texto se refiere posteriormente a que se observe el Dios Guarde para los Príncipes herederos y sucesores, cambiando lo de V.M. (Vuestra Majestad) por V.A. (Vuestra Alteza). Lo mismo para sus consortes las princesas. Para las reinas ordena mantener la misma cortesía que para reyes. Es la misma norma que establece el tratamiento de Alteza para los infantes e infantas, para quienes ordena anteponer a la expresión Señor el término Serenísimo, sin más cortesías que la de referir al final del escrito de nuevo la frase “Dios guarde a V.A.”. Con esta norma se pretendía poner fin a la confusión generada hasta ese momento, de tal forma que las cartas al Príncipe se dirigían a “Su Alteza” y a los infantes como “Serenísimo Señor Infante (nombre)”. Por cierto, en la norma que contempla la Ley VI, en su punto 5, ya fija que a los yernos y cuñados de los reyes se dará el mismo tratamiento que a sus mujeres, y a las nueras y cuñadas el de su marido. En el punto 6 acredita la tradición alseñalar que “no entendemos innovar cosa alguna de lo que hasta agora se ha acostumbrado y se acostumbra”.

Del hecho de que esta fórmula de cortesía es más antigua da cuenta esta “Aclamación del Rey Nuestro Señor D. Felipe V (que Dios Guarde) en la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Cádiz el 19 de diciembre de 1.700”, cuya portada reproducimos (fuente: archivo electrónico Universidad de Sevilla):

Felipe V

Las invitaciones de antes y ahora

Para quienes pudieran desconocer el uso de esta fórmula por la Casa Real española, reproducimos a continuación un modelo de invitación realizado bajo el reinado de Juan Carlos I y la última remitida por el rey Felipe VI. Ambas conservan la tradición de que el Monarca no invite directamente, sino que lo haga a través del Jefe de Su Casa:

Invitación Felipe VI

El detalle de las zapatillas deportivas

Ha llamado mucho la atención, por novedoso y sorprendente, el hecho de que en la nota de protocolo del acto de entrega de los Premios Nacionales del Deporte, así como en la credencial que autoriza el estacionamiento en El Pardo, se haya incorporado por primera vez un detalle -¿pintoresco?- como la silueta de un par de zapatillas deportivas. ¿Se trata de un primer experimento en la necesidad de innovar? No lo sabemos, pero ahí queda la cosa. Personalmente, no me convence este “dibujito”, porque resta seriedad institucional. Abogaría más por un diseño integral atrevido e innovador, pero que combine rigor institucional y creatividad. Reproducimos a continuación estos dos tarjetones:

Nota Protocolo sin Gloria

Credencial coche

La aconfesionalidad no llega al Gobierno

El pasado miércoles el ministro de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Alfonso Alonso Aranegui, juraba ante el jefe del Estado, el rey Felipe VI, el cumplimiento de la Constitución Española. Lo hacía en el Palacio de La Zarzuela en un acto al que asistían igualmente el Presidente y Vicepresidenta del gobierno, así como el Ministro de Justicia, que lo hacía en calidad de Notario Mayor del Reino, encargado de dar fe del cumplimiento de este precepto.

El juramento o promesa de la Constitución Española viene regulado por un Real Decreto de 1979 que obliga a los cargos públicos a formular previamente a su posesión la siguiente frase: “Juro o prometo por mi conciencia y honor cumplir fielmente las obligaciones del cargo de … con lealtad al Rey y guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado?”. En el caso de los miembros del Gobierno de la Nación han de hacerlo ante el Rey y añadiendo a aquella afirmación “así como mantener en secreto las deliberaciones del Consejo de Ministros”.

De acuerdo al protocolo tradicional en estos casos, tras el acto en La Zarzuela, el nuevo responsable acude a la sede ministerial para recibir del anterior titular la cartera que lleva impreso el nombre del ministerio, una puesta en escena que viene a significar el traspaso de los asuntos pendientes del ministro saliente. De esta forma se da visualización al relevo. El 29 de septiembre pasado había hecho lo propio el ministro de Justicia, Rafael Catalá Polo, quien sustituía a Alberto Ruiz Gallardón. Son los dos únicos ministros que hasta ahora han jurado su cargo ante el rey Felipe VI.

Ambos lo hicieron ante un crucifijo, un ejemplar facsímil de la Constitución editado por las Cortes Generales en 1980, abierto por el artículo 100 (que dice: “Los demás miembros del Gobierno serán nombrados y separados por el Rey, a propuesta del Presidente), así como una Biblia editada en Valencia en 1791, propiedad de Carlos IV, abierta por el Antiguo Testamento, Libro de los Números, capítulo 30, del voto de juramento, página 157 (afirma literalmente: “Cuando alguno hiciere voto a Jehová, o hiciere juramento ligando su alma con obligación, no violará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca”).

No deja de sorprender que tras el ejemplo demostrado por el rey Felipe VI de prescindir de cualquier símbolo o alusión religiosa en su proclamación ante Las Cortes Generales el pasado 19 de junio (no se dispuso el crucifijo, ni las Sagradas Escrituras, como en 1975 con su padre el hoy rey honorífico Juan Carlos I), los ministros mantengan dichos símbolos que a nuestro modo de entender rompe con la filosofía del Estado aconfesional de la Constitución que acaba de cumplir sus 36 años de vida, que en su artículo 16.3 señala refiere a que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”.

El Tribunal Constitucional ha dejado claro en una sentencia que “el Estado se prohíbe a sí mismo cualquier concurrencia, junto a los ciudadanos, en calidad de sujeto de actos o de actitudes de signo religioso”, según recoge el experto constitucionalista Rafael Naranjo en su Manuel de Derecho Constitucional. Estamos en consecuencia en un Estado laico que es independiente de cualquier organización o confesión religiosa y en el cual las autoridades políticas no se adhieren públicamente a ninguna religión determinada ni las creencias religiosas influyen sobre la política nacional. Siendo esto así, carece de sentido que siga observándose aquél ceremonial para un cargo que se pone al servicio de todos los españoles (con independencia de las convicciones de unos y de otros).

Puede pensarse que lo hacen los cargos del Partido Popular para garantizarse mediante esta puesta en escena el apoyo de los fieles cristianos, pero hay que recordar que bajo el mismo formato prestaron juramento los presidentes Suárez (éste arrodillado ante la mesa), Calvo Sotelo, González, Aznar, Zapatero y Rajoy, así como todos sus ministros. No tiene sentido en la España plural actual el mantenimiento de estos elementos religiosos. Aludir a otros países democráticos donde se jura ante la Biblia, como Estados Unidos, o declarar ante el juez en otros como el Reino Unido –donde por cierto los propios jueces están instando a no hacer ese tipo de juramento porque “la mayoría de las veces la gente no lo toma en serio”, según recoge en 2013 la publicación Noticia Cristiana-, no es comparable, ni sirve de refutación para acreditar la tradición española.

Juro chiste
Más información sobre regalos y transparencia:

Ley 19/2013, de 9 de diciembre, de transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno.
Noticia regalos en El País.
Noticia en El Mundo. 
Noticia en el Público.
Noticia en el ABC.
–  Los regalos de los Reyes.
Reportaje RTVE sobre los regalos.
Europa Press. La Familia Real no viajará gratis en vuelos comerciales.

La Casa Real avala la teoría protocolaria del “vale todo”

El Rey ha sabido actuar como un buen jefe de Estado al concurrir públicamente con inmediatez ante los medios de comunicación para testimoniar su dolor y condolencia por la muerte del que fuera el primer presidente de la democracia española, Adolfo Suárez, el gobernante entonces joven que nos devolvería constitucionalmente la libertad a los españoles. Pero el Rey, o/y su equipo de asesores –protocolo, comunicación y otros gabinetes- han hecho un triste favor al orden constitucional, a la bandera y al buen protocolo institucional. Fue el primero en comparecer ante los medios de comunicación, a los pocos minutos de anunciarse oficialmente el fallecimiento del abulense, desde su despacho oficial de La Zarzuela. Instantes después lo haría el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, desde La Moncloa. Y siguieron luego otras declaraciones de interés.
Pero la puesta en escena Real me ha apenado y, por qué no decirlo, molestado y enfurecido. Quienes saben de Protocolo, sólo al ver la imagen ya intuirán a qué me voy a referir:
Rey Suárez buena
No había casi ni transcurrido unos segundos cuando las redes sociales de los profesionales de protocolo se llenaron de expresiones como “increíble”, “no me lo puedo creer”, “otra vez”, “¿qué está pasando?”, etc. A mi twiter, en apenas treinta minutos, llegaron más de cien comentarios que no daban crédito a lo que veían sus autores. La bandera española estaba dispuesta incumpliendo la ley, la misma que, por cierto, creó Adolfo Suárez. Hay quien se preguntaba por las razones, argumentando que eso no podía ser un fallo, que algún motivo habría. No sé si hubo razones o no, o si se tuvo en cuenta de nuevo que la enseña nacional debía aparecer junto al monarca (y no la Europea como correspondía). No lo sé. Pero sí sé que las leyes están para cumplirse, y más desde la jefatura del Estado (y sino les vale que cambien la norma). No es un fallo solamente, es saltarse peligrosamente la norma vigente. Se ha dado luz verde al “vale todo en protocolo” y sin querer facilitan argumentos a quien desde ya hacer con las banderas lo que se le antoje. El presidente catalán, por ejemplo, habrá sonreído al ver la imagen. O los que consideran que la verdadera bandera española es la republicana.
Si era necesario que el vexilo nacional estuviera al lado del Jefe del Estado, cosa que suscribo, hubiera bastado con prescindir de la Europea, que por cierto tampoco era necesaria en esta comparecencia de consumo nacional. Ya dijimos lo mismo con ocasión del mensaje de Navidad, en el que se adoptó la misma decisión.  Cuando se anunció que el Rey haría una declaración ya comenté con mis allegados lo peor, incluso presagiaba que podrían aparecer enlutadas cuando aún no se había declarado el luto oficial (menos mal que no fue así).
Hubiera sido más institucional y de Estado que hubiera aparecido solo la bandera de España, pero si su deseo es que lo hiciera también la Europea no quedaba más remedio que ponerla al otro lado del Rey o bien intercambiarla con respecto a la nacional. Pero soluciones mediáticas a la carta cuando hay normas oficiales de obligado cumplimiento no son admisibles. Podrían haberse buscado otras soluciones más televisivas, que las hay sin incumplir.
Comparecencia presidencial
 Los asesores de Mariano Rajoy debieron tener en cuenta el detalle, pues el Presidente compareció –en una inapropiada escenografía- con las dos banderas,  ordenadas correctamente (en una disposición casi ridícula), como puede apreciarse en la imagen que sigue más abajo. Pero nos llamó la atención que aparecieran enlutadas cuando aún no había declarado el luto oficial, que por otra parte solo puede aplicarse legalmente mañana cuando aparezca en el Boletín Oficial del Estado y que durará tres días (desde las 00.00 horas de esta noche hasta las 24.00 horas del miércoles). En este tiempo, todos los organismos oficiales deben hacer ondear la bandera de España a media asta y, por consideración, el resto de las enseñas.  Además, si se fijan los lectores en la imagen, el lazo negro sobre la bandera de España parece más –perdón por el simil- un condón negro que un lazo de luto. ¿No se puede cuidar mejor esta puesta en escena? ¿Y la bandera de Europa? Parece que está, que no está… Una posición rarísima, entre escondida y apartada. Lamentable.
 Rajoy bandera Suárez
El Rey San Pedro
Volviendo a la comparecencia del Rey, nos ha llamado la atención la fotografía elegida por el Monarca (o sus asesores) tomando del hombro a Suárez en los jardines de La Zarzuela, en su último encuentro, ya enfermo el ex presidente. Varias reflexiones salen de inmediato. La más preocupante: la imagen de Suárez dando la espalda a los televidentes. ¿Era lo más idóneo? Pienso que no aunque reconozco que la foto tiene una fuerte carga sentimental y mediática, pero también sabemos que hay otras fotos en La Zarzuela más emotivas del Rey y Suárez juntos y emocionados y dando la cara a la cámara.
Nos viene una segunda reflexión más anecdótica: parece que el Rey asume el papel de “San Pedro” llevándose al cielo al ex presidente. Inevitable pensar en ello. Quizá por esta razón debía haberse evitado.
 Rey abrazo Suárez
El incumplimiento de la bandera daña la imagen del protocolo institucional, ya bastante tocada. Me preocupan estas decisiones que ya se reiteran, porque contribuyen a la ley de la selva –todo vale si lo dicen las televisiones o los comunicadores- y porque consolida la opinión de que las altas instituciones del Estado han dejado de ser referencia protocolaria de quienes trabajamos en esta profesión. No hay razones que justifiquen un incumplimiento así, ni puestas en escena tan desafortunadas. Y menos desde la más alta instancia del país. El tema está en que vale todo pero solo para estas instituciones. Luego obligan a las demás a que se cumplan cuando interesa.
Sospecho que los sustos protocolarios en relación al fallecimiento de mi admirado Adolfo Suárez, sólo acaban de empezar. Al tiempo. No le dejamos ni descansar en paz.

El discurso navideño del Rey de España

La puesta en escena del discurso del Rey por Navidad siempre es objeto de comentarios más allá de su contenido. Su comparecencia televisiva ha sido siempre muy meditada por la propia Familia Real y los altos directivos de la Casa de Su Majestad, así como de los responsables de TVE encargados de grabar y distribuir la señal a todos los medios de comunicación. Siempre se ha dicho que nada se deja a la improvisación y que todo se estudia milimétricamente. No cabe la menor duda, que a lo largo de 2012, la Casa de Su Majestad ha venido implantando un estilo mediático diferente -con independencia de los ajustes de agenda necesarios- para llegar de forma más rápida y cercana a los ciudadanos. Se viven tiempos complejos donde todas las instituciones y políticos han perdido la casi total credibilidad por su incapacidad para dar soluciones a una crisis feroz de la que ya veremos cómo se sale. Si hay esa pérdida de confianza es obvio que la Jefatura del Estado se vea salpicada del mismo “virus”, perjudicada además por el ya oficialmente reconocido “mal hacer” de Iñaki Urdangarín y el desgraciado e inoportuno accidente del Rey.

Trabajar pues la recuperación de esa credibilidad es la gran batalla que tienen por delante todas las instituciones. Gobernantes, políticos en general, se afanan una y otra vez en mostrarse eficaces, ahorradores y cercanos, lo que ha salpicado injustamente para mal al Protocolo como concepto y profesión, al que se ha querido culpabilizar en parte de la crisis. El descrédito ha llegado a otras capas poderosas como la Justicia, cuyos jueces incluso han tenido que ir a movilizaciones y huelgas para recordar que ellos sufren la crisis como nadie y protestan por el “tasazo” en aras de una justicia universal y de libre acceso, como si alguna vez les hubiera preocupado -excepciones puntuales al margen- tal circunstancia. Los médicos también se han levantado en armas, como si igualmente les importáramos algo. Los maestros lo mismo, policías, servicios de la limpieza, trabajadores del transporte,etc. Todos esos afanes de recuperación de prestigio o de reputación social, se estudia mucho cuando se hacen acciones públicas, para que la protesta, por ejemplo, no sea valorada negativamente por la Sociedad, sino que ésta sienta en su protesta que se están defendiendo los intereses colectivos del Estado del Bienestar. Ese es un cambio muy importante que se ha producido en este año. Tras las huelgas salvajes de meses atrás del Metro de Madrid y de Iberia, los sindicatos y representantes de los sectores han variado su estrategia con una finalidad: que la protesta es en beneficio de todos.
Así las cosas, la Casa Real no iba a quedar ajena a esta crisis de confianza general, de la que no se libra ningún partido político español, gobierne o no. El Rey, con su equipo de confianza, se vio en la necesidad de adaptar a esta realidad su tradicional discurso -cuyo contenido no es objeto de este análisis-. Pero en mi modesta opinión no ha sido tan radical como se piensa, aunque es evidente que después de las tiernas escenas del Monarca, sentado en su sillón frente al Hogar, el árbol navideño y el artístico belén, dirigirse a la Nación de pie y desde su despacho supone un cambio mediático singular que ha sido muy resaltado por los líderes de opinión (los serios y los otros).
He estado analizando los últimos diez discursos reales y valorando comentarios de especialistas a lo largo de esta semana. Si uno se para a pensar sensatamente el cambio escénico no es tan importante. De un Rey hogareño sentado, hablando a los españoles a pocos minutos de degustar la gamba o la sopa de turno, a un Monarca de pie, apoyado sobre su mesa de despacho el día de Nochebuena, a la espera igualmente los televidentes de hincar el cubierto en las muchas o cortas viandas que cada familia haya podido disfrutar. Al margen de la postura -y sin entrar si obedeció o no a su reciente operación de cadera- he seguido viendo las mismas cosas: el “Misterio navideño” (propiedad de Patrimonio Nacional), el árbol de navidad, y excesivas fotos entrañables de la Familia Real de fondo. La composición gráfica de este año con los pequeños cambios introducidos me ha gustado menos, quizá porque el entorno con ese cuadro ahí (Infante de Felipe de Borbón, 1732, fundador de la dinastía de Borbón-Parma) me resulta distante. El “desorden” calculado de la mesa y el excesivo número de fotos en la estantería lateral me distrae demasiado y recarga la imagen innecesariamente. Por otra parte, es curioso que la indumentaria del Monarca haya sido casi idéntica en 2011 y 2012, traje azul y corbata verde. El cambio ha consistido fundamentalmente en trasmitir una imagen afable de un Rey, postrado sobre la mesa de trabajo y hablando en actitud más cercana.
Comparemos estas dos fotos de sendos discursos -hemos buscado una del pasado donde apareciera también la bandera de Europa- y que cada uno saque sus conclusiones.
89657-389-550
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Lo mediático se ha impuesto al Alto Protocolo en este aspecto. El Rey español ha tenido que recurrir a gestos o detalles que han sido valorados de forma desigual. No ha pasado desapercibido el ejemplar usado de la Constitución, por ejemplo. Pero los medios apenas han valorado la presencia de la bandera de Europa, ésta última sólo utilizada en La Zarzuela para esta ocasión cuando España presidía la UE o lo haría el semestre siguiente. No es un detalle intrascendente, tiene mucha lectura doméstica y también más allá de los pirineos. El Protocolo también habla.
Han sido inevitables las comparativas del mensaje de nuestro Rey con el de otros monarcas, especialmente con la Soberana británica, que ha grabado en 3D, un salto simbólico ya que muy pocos ciudadanos de su Reino disponen del aparataje necesario para seguirlo en ese formato. Pero lo han vendido como una innovación. Si eso lo hacemos en España las críticas hubieran sido feroces en tiempos de escaseces. Viendo los videos de uno y otros, la puesta de escena final me ha gustado más la británica, despojada de todo recurso escenográfico que la propia decoración navideña, para que la fuerza de su discurso se centrara solo en la persona. Pero no es menos cierto que Isabel II sigue siendo distante, frente a un don Juan Carlos que pese al poco hospitalario entorno en el que se grabó muestra una actitud de mayor proximidad.
Me ha hecho gracia que en ambos casos las televisiones responsables de la grabación hayan hecho en expresión inglesa su propio Making Of, y por lo que hemos apreciado los recursos británicos han sido más potentes que los españoles. Dejo los enlaces:
No soy experto en Imagen y no quiero ir más allá de mis simples opiniones. Me gustan los cambios, la innovación, el protocolo de cercanía y de sobriedad, gestos que comuniquen, protocolo que exprese sentimientos y mensajes. Somos conscientes que la Comunicación (con mayúscula) se ha apoderado totalmente del Protocolo (también con mayúscula). A lo largo de todo 2012 esta ha sido la máxima: comunicación eficaz y próxima, frente a protocolos distantes. Una mala lectura de analistas y políticos que siguen asociando el Protocolo a lo que no es y también, hemos de ser autocríticos, a que algunos profesionales aún siguen teniendo una concepción del Protocolo que la Sociedad ha superado. Estoy plenamente seguro que de haber habido una mayor asociación entre ambos, desde el concepto nuevo de lo que implica comunicar hoy verbal o no verbalmente, se hubiera sacado más provecho de muchas cosas, tales como el propio discurso del Rey.
Al margen de ello, se ha criticado -incluso periódicos influyentes lo recogían en titulares de portada- la bajada de audiencia, 6.921.000 ciudadanos, 244.000 menos que en 2011. En quince años se ha perdido una audiencia de más de dos millones de españoles. En un país como el nuestro, con una crisis general como ésta y un porcentaje elevadísimo de paro y problemas familiares y personales gravísimos, esos siete millones hayan retrasado cinco minutos su cena para seguir las palabras del Monarca, personalmente me parece una cifra que tiene más valor que la de la máxima audiencia de 2.000, donde se superaron los nueve millones. No es comparable.
Es cierto que la Familia Real ha vivido un año difícil, pues a su responsabilidad como nexo esperanzador de todos los españoles se han unido circunstancias de familia cuyo salto a la opinión pública ha hecho mucho daño. Pero hay que reconocer al mismo tiempo el gran esfuerzo que está haciendo la Casa Real española para que desde su posición constitucional sin competencias de gobierno, puedan al menos mostrarse cerca de la realidad social española. La actividad ha sido muy alta a lo largo de este año, y los príncipes de Asturias han sabido demostrar en estos cruciales momentos que el relevo generacional está listo para cuando toque. Hay que agradecer a la Familia Real y a la Casa de Su Majestad el esfuerzo por hacer más transparente su institución, por actualizar sus canales de comunicación, aparecer en las redes sociales y comparecer públicamente más próximos. Siguen transmitiendo los Reyes y los Príncipes ternura y humanidad -además de la firmeza necesaria en los asuntos de Estado-, y eso es precisamente lo que hemos visto en el discurso del Rey, más allá de puestas en escena, fotos entrañables, árboles o imágenes de la Virgen María con el niño Jesús y San José. Y además traducido su texto a los idiomas oficiales de las comunidades autónomas y al lenguaje de signos.
Pero está claro que la gran Comunicación ha tomado el mando de las apariciones públicas de nuestros mandatarios y representantes. Y los de Protocolo hemos de ser conscientes de esta circunstancia. Debemos adaptarnos, y nos consta que muchos ya lo han hecho o lo han iniciado. Estamos en ese gran equipo, pero debemos adaptar nuestras reglas y técnicas a la ya imprescindible “Comunicación en vivo”.

Duquesa sí, además de princesa

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Se ha generado una polémica de esas bonitas tras la boda real británica a propósito de cómo dirigirse a Catalina, si como princesa o como duquesa (de Cambrige). Los muy puristas defienden en medios de comunicación de cierto alcance que el hecho de que la Reina haya concedido a su hijo Guillermo y a su nueva esposa el título de Duques de Cambrige es para que lo usen y se evite en la medida de lo posible la expresión Príncipes de Gales o Princesa de Gales. Sea lo que sea lo que la Reina quiera o los periodistas intentar utilizar, hay una cosa cierta: por historia, tradición y normativa, los herederos directos, en este caso Carlos en primer lugar y Guillermo en segundo lugar, llevan como título oficial Príncipes de Gales. Ambos el mismo. Algo que ya de por sí es cuando menos anacrónico. Deberían distinguirse entre uno y otro reservando el Príncipe de Gales exclusivamente para el primer heredero (como en España el Príncipe de Asturias, que sus hijas son infantas y seguirán siéndolo hasta que el padre sea rey). Pero como eso no es así, resulta muy difícil que quien siempre ha sido príncipe y como tal se le trataba se quiera ahora de convertirle en duque. Eso es una majadería. Y si es príncipe, su esposa es princesa, consorte pero princesa. Por supuesto que también son duques y como tales pueden hacer uso del mismo, como en España (volvemos a lo nuestro) hablamos de S.A.R. la Infanta doña Margarita, duquesa de Soria, y el excelentísimo señor D. Carlos Zurita y Delgado, duque de Soria.
Dicen que la Reina quiere evitar con esta medida la existencia de otra princesa (supongo que del pueblo), y que lo mismo que quiere que se llame a la esposa del Príncipe Carlos duquesa de Cornuelles, quiere que sea lo mismo con Catalina. Ésas son claves internas de la Casa Real Británica en la que ni entramos ni salimos. Sencillamente, conviene recordar que a efectos de protocolo, tanto la esposa del Príncipe Carlos como la del Príncipe Guillermo son princesas consortes de Gales a todos los efectos, además de duquesas de lo dicho. Y, por cierto, lo mismo podemos decir del duque de Edimburgo, esposo de la Reina, que aun teniendo ese título cuenta con la dignidad de príncipe (ya nació como  nació Príncipe de Grecia y Dinamarca al ser hijo de Andrés de Grecia y Dinamarca y de Alicia de Battenberg). No hay que olvidar que el tratamiento de Alteza Real solo lo tienen los príncipes y princesas, y en el caso español, los infantes.
Guillermo y Catalina, vayan donde vayan en los actos oficiales tendrán el sitio como príncipes. Eso ya denota lo que son.
Por tanto, una cosa es lo que son y el tratamiento que se les puede dar (que probablemente haya que respetar en la mayoría de los casos), y otra cómo quiere la Casa Real británica y sus miembros que se les trate públicamente. Pero en el caso de Catalina, me parece que los medios no podrán evitar la expresión princesa. Vende más queduquesa. Y es que además todo esto de duques, condes, barones, lores, etc. suena tan antiguo que la mayoría prefiere hablar de nuevos príncipes y princesas que nos alegren los duros días de la crisis actual que vive el mundo.