El Protocolo en situaciones de crisis toma más relevancia

Sin ánimo de ofender a nadie, por ejemplo, en esta comparecencia de los presidentes de España y Cataluña, ¿cuántas cosas se podrían haber mejorado o cuidado más? Empezando por la muy arrugada bandera de España, ese fondo de escalera, lazo negro en las banderas (ya se estaba de luto) y facilitar el trabajo a los periodistas. Solo por citar alguna cuestión.

He leído a lo largo de estos últimos días numerosos comentarios en las redes sociales hechos por algunos profesionales del Protocolo, “que lo importante es el dolor y lo de menos la forma de exponerlo”. Entiendo que lo diga la ciudadanía en general, ajena o desconocedora de lo que representa la trascendencia protocolaria como manera de expresar adecuadamente, en este caso, el dolor, rabia y solidaridad de un país que ha sufrido en sus carnes la barbarie terrorista en Barcelona y Cambrils. Pero no puedo comprender cómo dichos profesionales, duchos en la materia, puedan afirmar que la forma es lo de menos. En mi modesta opinión, no es así. Tiene mayor relevancia de lo que pensamos pues al fin y al cabo somos de alguna manera el espejo que buscan quienes precisamente desconocen sobre la cuestión y somos los responsables de dar visibilidad a la reacción colectiva como Estado. Y ahí es donde es dónde más se nota al buen profesional.

Si los propios profesionales pensamos así poco aprecio manifestamos por lo que hacemos o restamos trascendencia a algo que verdaderamente lo tiene. No se trata del dolor por lo ocurrido, que eso no lo cura una bandera a media asta, sino de cómo la sociedad colectiva lo expresa, pero no como una voz que grita, sino como una forma de trasladar solidaridad, aportar fortaleza para seguir adelante y conseguir unidad frente a la sinrazón. Si se declara luto nacional, si se organizan actos de homenaje, declaraciones institucionales, comparecencias televisivas, visitas a hospitales, enlutecimiento de banderas, etc. con motivo de lo ocurrido, los profesionales de protocolo estamos más obligados que nunca a hacerlo de la mejor manera posible, de acuerdo a la norma, la costumbre, la efectividad y el sentido comunicacional y expresión colectiva.

No voy a entrar en detalles de determinadas cosas que no se han hecho bien por algunos profesionales (y pseudoprofesionales) porque no tiene sentido la crítica en estos momentos, pero sí llamar la atención de que en situaciones como éstas cualquier decisión no vale, aunque nos quedemos tranquilos colocando un gran lazo negro sobre la fachada de nuestro ayuntamiento. Estamos ante la necesidad de aplicar protocolo en una situación crítica y como tal requiere del máximo esfuerzo para hacerlo bien y con cabeza.

Lo mismo que hay una comunicación de crisis, hay también un protocolo de crisis y me da la sensación de que algunos no han estado a la altura exigida. Muchos han hecho lo correcto o lo que les han dejado hacer (y algunos han dejado la piel desde el primer momento, especialmente en todos los servicios de protocolo de las principales instituciones autonómicas de Cataluña y de Barcelona), pero no puede aceptarse que algunos profesionales digan que el protocolo es lo de menos ante el dolor. Precisamente, el protocolo como instrumento que trata de facilitar, ayudar, potenciar la comunicación, ordenar en una situación compleja, plasmar correctamente las decisiones legales adoptadas, entre otras cosas, sí tiene mucha relevancia.

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