París: el protocolo gana a la guerra

General view of the courtyard during a ceremony where politicians, officals and guests pay a national homage to the victims of the Paris attacks at Les Invalides monument in Paris, France, November 27, 2015. REUTERS/Jacky Naegelen

El presidente francés, François Hollande, presidió este viernes,  en la explanada de Les Invalides, un solemne homenaje nacional a las víctimas de los atentados de París del pasado 13 de noviembre que causaron la muerte de 130 personas y heridas a más de 350. En el acto participaron mil personas (algunas fuentes hablan de dos mil), entre ellas familiares de los fallecidos y algunas de las víctimas que sobrevivieron a la masacre terrorista (cuyas imágenes fueron prohibidas por el Ministerio del Interior a los medios gráficos). Junto a ellos, el equipo de gobierno al completo, miembros de las fuerzas del orden y de los servicios de emergencia que trabajaron en la noche de los hechos y representantes de la sociedad civil. El acto fue un éxito organizativo, de una gran belleza y con una gran fortaleza de mensaje, pero que en mi opinión tuvo algunas cuestiones que podrían haberse evitado.

Los colores azul, blanco y rojo de la bandera nacional marcaron un acto que abrió y cerró el himno de La Marsellesa, en sintonía con los valores “patriotas” (palabra que absurdamente tanto disgusta en España) evocados por el Presidente. La enseña francesa ondeó también en miles de ventanas y, sobre todo, en edificios oficiales, respondiendo así al llamamiento oficial los ciudadanos que no pudieron tener acceso a la Plaza, uniéndose de esta manera al homenaje, convirtiendo a toda la capital en escenario extendido del macro homenaje.

La ceremonia se inició con la entrada solemne del Presidente francés, escoltado por la guardia motorizada presidencial, a la Plaza de Les Invalides, un espacio usado habitualmente para homenajear a los soldados. Pero en esta ocasión, el Estado francés quiso dar el máximo honor nacional a las víctimas de un atentado absurdo: “Son tan héroes como los que fallecen en actos de guerra”, parecía deducirse de la decisión.

French President Francois Hollande sits in front of members of the French government, officials and guests during a ceremony to pay a national homage to the victims of the Paris attacks at Les Invalides monument in Paris, France, November 27, 2015. REUTERS/Charles Platiau

El presidente solitario

Hollande tomó su asiento en un sillón solitario situado por delante de las primeras autoridades. Una soledad presidencial con la que se quería testimoniar la despolitización del evento y remarcar de alguna forma la soledad que nos acompaña cuando un ser querido se nos va. Un sencillo gesto que acrecentaba la solemnidad humanizada de un acto siempre doloroso, pero lleno de orgullo de un país que necesita ahora mismo sentirse fuerte y unido. Por eso, esa soledad presidencial cobraba más sentido pues por detrás de él se sentía la Francia entera, siguiendo el camino que marca “su gran capitán”. Al principio resultaba chocante, pero cuando se analiza uno termina por encontrar en este detalle una belleza excepcional por su significado. Un acierto protocolario. Y es que, precisamente, en los gestos propiciados por esta acertado protocolo francés, residió la fuerza que el país galo trasladó desde el dolor a todo el mundo.

General París

Cuando sólo nos queda el amor

Comenzaba oficialmente la ceremonia con el conocido himno de La Marsellesa, en su versión completa. A continuación tres conocidas cantantes femeninas interpretaron Quand on a que l’amour (“Cuando solo nos queda el amor”), de Jacques Brel, como homenaje a los jóvenes que perdieron la vida en los ataques. Una canción que evoca el poder redentor del amor ante el dolor y la pérdida. Después sonó la chanson más conocida de Barbara, Perlimpinpin, con su rechazo a la violencia. Las palabras “para quién, cómo, cuándo y por qué” significaban en este contexto “basta de violencia”. Una canción que concluía apelando a la alegría de vivir y a un nuevo comienzo.

Ver video resumen de la ceremonia.

El momento más emotivo

El momento más emotivo de la ceremonia se producía cuando dos voces anónimas leían en voz alta los nombres y edades de las 130 víctimas al tiempo que sus rostros se proyectaban sobre una gran pantalla. Los mil invitados, puestos en pie, contribuían a un momento sobrecogedor, en el que la voz y el silencio se aliaban con la memoria, en el más sencillo y personalizado homenaje a quienes aquella noche de viernes 13 disfrutaban de la vida. Unos minutos que pusieron a todos la carne de gallina. Impresionante. Ni el posterior discurso del presidente (ni en un acto religioso la homilía del sacerdote) pudo o hubiera podido con la fuerza de este instante, seguido por las tres acertadas selecciones musicales y una interpretación final del himno francés que llenó de emoción una Plaza que hacía vibrar al mundo, a los que allí estaban y a los que allí quisimos estar.

Discurso

La no acertada referencia a la “guerra”

Tras un minuto de silencio, roto por los acordes del violonchelo de Edgar Moreau interpretando a Bach, François Hollande tomó la palabra desde un atril situado frente a la puerta del Museo del Ejército, en clara referencia a la decisión de combatir con las armas el terrorismo yihadista, algo que personalmente no me gustó (porque rompía la magia pacifista de un evento que no necesitaba de gestos guerreros), pero que desde el punto de vista protocolario es acertado si con ello, además de rendir el homenaje a las víctimas de los atentados, se quería transmitir a sus autores que Francia les ha declarado la guerra allá donde estén). Un sencillo atril con la frase “Hommage national aux victimes des attentats du 13 novembre”, seguido por el nombre de la ciudad y la fecha de ayer viernes. A su izquierda, impolutas como siempre, las banderas de Francia y Europa de acuerdo a la costumbre gala. Un discurso que en mi opinión sobraban tantas referencia a la respuesta francesa con las armas y que finalizó con dos solemnes frases, que en este día cobraban especial relevancia: “¡Viva la República!”, “¡Viva Francia!”.

Falta de representación internacional

La oficina presidencial había advertido que este homenaje no iba a ser un acto político, sino un recuerdo dedicado a las víctimas. Se pretendía con ello justificar la ausencia de mandatarios extranjeros, aunque entre las víctimas de los ataques había ciudadanos de 17 nacionalidades. Este factor pudo restarle algo de fuerza a este gran evento, porque la presencia, al menos, de los líderes europeos hubiera contribuido a fortalecer una respuesta pacifista más universal. Lástima que Francia no haya querido compartir un homenaje en el que todos nos sentíamos implicados y con ganas de vernos representados en él. Pero la Francia orgullosa quería ofrecer la imagen al mundo de que ella, incluso sola, se une para defenderse. El orgullo francés. Pero observar a todos los países de Europa juntos en Les Invalides hubiera contribuido a la perfección de un evento que acredita una vez más que los actos de despedida que promueve el Estado (los mal llamados funerales de Estado) tienen mucho más valor y llegan más lejos cuando se convierte en homenajes civiles, bien hechos, en lugares simbólicos y con una exquisita organización. Las cruces y reseñas religiosas, en homenajes de este tipo, no tienen sentido alguno. Eso debe quedar para la intimidad de cada familia.

Banderas

La eficacia del Protocolo

Al margen de ello, durante una hora París, conjugando el silencio y su voz, especialmente a través del himno, lanzó su grito al mundo, trasladó el dolor de un pueblo tocado, y lo hizo con orgullo y la cabeza alta. Y para el mundo, este acto a buen seguro ha contribuido más a la paz que el ejército francés lanzando bombas en Siria. A veces el protocolo con sus eventos son más efectivos en el mensaje que todo un ejército en acción.

La elección del lugar tampoco ha sido casual. Aunque el palacio, construido en 1670 por el rey Luis XIV, fuera planificado para alojar a los soldados heridos en guerra y a los militares retirados para agradecer sus años de servicio, actualmente alberga las tumbas de tan ilustres personajes como Napoleón Bonaparte o Claude Joseph Rouget de Lisle, el compositor de La Marsellesa, himno francés y símbolo nacional que se repite sin cesar desde el día de los atentados.

Aprendamos en España la parte buena que ha tenido este acto. Inevitablemente se me viene ahora a la memoria el “funeral de Estado” por los casi doscientos fallecidos del 11-M madrileño de 2004. Aquél silencio en La Almudena, sobrecogía sí, como el yanto de los reyes saludando a los familiares de las víctimas, pero las palabras del arzobispo de Madrid no me llegaron, ni tampoco sentí el orgullo de español, ni pudo identificarme con el dolor de las víctimas a través del ceremonial, ni tampoco los españoles pudieron de alguna forma sentir el homenaje del Estado. Francia, ayer, con este acto sencillo, pero muy solemne y con una exquisita organización, si logró honrar como debe a sus hijos asesinados.

11 M

Actos como el de ayer ponen de manifiesto la importancia de los símbolos del Estado, porque gracias a ellos una nación se puede unir. Algo que en España aun muchos siguen sin entender, porque siguen viendo en ellos la imagen de un país sin democracia. Quizá a nuestro himno haya que ponerle letra algún día, quizá las autoridades debieran impulsar el uso de la bandera constitucional (la que no lleva escudo alguno, para que se pierda ese miedo a identificarse con visiones del pasado). Tantos quizás… ¿Cuándo en España superaremos el miedo o el repudio a unirnos entorno a los símbolos vigentes en cada momento? No son de un partido, ni de una fase de la historia. Son los símbolos de la nación, la que formamos todos.

 

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