Su Santidad Papa Emérito

Solideo solo
(Modificaciones al artículo publicado en el blog de Carlos Fuente el día 24 de febrero de 2013,  una vez que se han ido haciendo públicas de forma oficial por el portavoz vaticano algunas cuestiones que eran fruto de la inicial reflexión)
Son muchas ya las personas que han preguntado al respecto. ¿Qué tratamiento tiene desde el 28 de febrero quien ocupara, como Benedicto XVI, la cátedra de Pedro al frente de la Iglesia Católica?  Hace más de setecientos años (la última fue en 1294, Pietro Angeleri di Murrone, que pasaría a la historia de sus cien días de papado como Celestino V[1]) que no vivíamos una situación así: la renuncia voluntaria de un Papa. La primera fue en el año 97, con Clemente I -cuarto Papa de la Iglesia Católica, al ser condenado y mandado al exilio-, la segunda la de Ponciano también enviado al exilio en el año 235, la tercera Benedicto IX en el año 1044, destituido por la vida que llevaba -aunque luego volvió a ser Papa en 1045 durante un mes y de 1047 a 1048 y el último fue Gregorio XII en 1415, en la época del Cisma de Occidente, obligada por el emperador Segismundo. Es por lo tanto casi inédito que un Papa deje de serlo en vida, lo que introduce en los tiempos actuales una nueva situación protocolaria.
Es cierto que no ha de preocuparnos mucho si Benedicto XVI se mantiene apartado del mundo y lejos de la realidad cotidiana. Pero, ¿qué pasaría si un día participara en un evento religioso o de otro tipo? ¿Debemos seguir refiriéndonos a él como Santidad? ¿Hay que seguir llamándole Benedicto XVI? Preguntas difíciles de responder hasta que oficialmente el portavoz vaticano, Federico Lombardi nos disipó las dudas, informando que tendrá el título de Papa Emérito o Romano Pontífice Emérito y que conservaría el tratamiento de Santidad. Algo que ha refutado el cardenal Francesco Coccopalmerio, presidente del Pontificio Consejo de Textos Legislativos, una especie de tribunal constitucional que formula la interpretación auténtica de las normas jurídicas.
La lógica podría hacernos pensar que debería de dejar de llamarse Benedicto XVI, para utilizar la condición anterior a la que tenía antes de su elección como sucesor de San Pedro y Vicario de Cristo por el Sínodo de Obispos, como Cardenal Ratzinger. Sin embargo, los expertos vaticanos consideran que la condición de cardelanato no puede mantenerla, ya que es un dignidad que concede el Papa y Benedicto dejó de serlo cuando fue elegido Pontífice el 19 de abril de 2005. La cuestión se ha resuelto con el nombramiento del título antes señalado algo que personalmente no me cuadra, porque lo de Emérito puede sostenerse pero lo de Papa solo puede llamarse así quien ocupe la cátedra de San Pedro (a la hora de escribir este artículo estamos con la sede vacante).
Seguirá llamándose Benedicto XVI porque aunque no sea Papa desde el 28 de febrero, ha sido el Papa que ha llevado ese nombre, y como tal estará en la historia. Además, el sentido común y la lógica nos dice que le seguiremos llamando Benedicto, y probablemente muchos dirán “Papa Benedicto” o “Pontífice Benedicto”, lo que viene a demostrar que el Protocolo debe ir con la lógica y la cotidianidad. Por eso quizá hubiese sido un poco absurdo pensar en llamarle Obispo Ratzinguer, u Obispo emérito de Roma Ratzinguer, cuando ha sido el representante de Cristo en la tierra. Legalmente debería ser así, de no haberse dispuesto lo anunciado, pero desde el punto de vista protocolario como lo analizamos aquí, sospechamos que la realidad iría por encima de la legalidad.
Mantendrá pues el nombre de Benedicto XVI, aunque advierte no tener respuesta para el título que tendrá. Es de imaginar que el nuevo Papa tratará de darle, además de lo ya fijado, alguna consideración más que aún no se anunciado. Un ejemplo de que las cosas no pueden seguir igual en cuanto al tratamiento, reside en que un Papa cuando muere se le retira el conocido como “Anillo del Pescador” (símbolo del poder Pontificio) y se destruye una vez el Cardenal Camarlengo verifica la muerte, hecho simbólico que certifica que el reinado ha concluido. En este caso, el portavoz vaticano, Federico Lombardi no supo (o quiso) responder con exactitud a esta cuestión, aunque se mostró convencido en público que su anillo sería machacado, “ya que los objetos relacionados con el ministerio petrino tienen que ser destruidos”.
Santidad Benedicto
El caso es que si no es Papa ejerciente no podría ser tratado como Santidad, ya que eso se reserva para el único que puede tener esa responsabilidad: el Papa titular. No es como el caso de un Rey que abdica y conserva el tratamiento de Majestad de por vida, e incluso el nombre oficial, tal y como ocurriera con Felipe V (en sus abdicaciones), Fernando VII (en su exilio francés) o Alfonso XIII (en su exilio romano). Incluso puede haber varias majestades al mismo tiempo destronadas. Sin embargo, se nos hacía duro pensar que alguien que ha sido Su Santidad en tratamiento pase ahora a ser un sencillo Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo o Eminencia si recuperase la condición de Cardenal. E incluso se nos hace duro pensar que un ex papa se coloque entre los obispos por el orden de antigüedad. Supongo que ante estas circunstancias nuevas (las referencias históricas señaladas no nos valen para lo que estamos escribiendo y menos para estos tiempos) el protocolo y ceremonial ha debido de reinventarse en la Iglesia en este aspecto. Un hecho que demuestra que el Protocolo debe estar vivo y sujeto a los cambios y evoluciones que se derivan de las nuevas situaciones. Tema éste del que muchos deberíamos tomar nota en nuestro país.
Sobre el tratamiento (por si alguien quiere enviarle una carta a su residencia) la cosa queda clara para el Pontífice Emérito, será Santidad, Su Santidad. Pero por ahora seguiremos conservando la duda de su precedencia si decidiera estar presente en un acto vaticano o eclesial en cualquier lugar del mundo. Si se diera la circunstancia de que el próximo Papa falleciera antes que Ratzinguer, y éste quisiera asistir a su funeral, ¿dónde se le ubicaría? ¿Un puesto especial? O sencillamente, que quiera asistir a su primera misa. Supongo que como pasa con los Reyes destronados, la solución vendrá por la vía de sugerirle que siga en su encierro eremita.   Bueno, tenemos todas las dudas, pero confiemos que pronto se despejen.
Bueno, pues ahí queda la expresión recogida por la revista infoCatólica: “El papa Benedicto XVI seguirá llamándose Su Santidad Benedicto XVI, tendrá el título de “papa emérito” o “Romano Pontífice emérito”, vestirá sotana blanca, sin esclavina, y calzará zapatos marrones, especialmente los que le regalaron unos artesanos durante su viaje a México del año pasado porque «son cómodos y al Pontífice le gustan mucho». Tendrá que dejar de utilizar las emblemáticas sandalias rojas, conocidas como las Sandalias del Pescador Bueno, al menos los fieles tendrán un Papa Emérito que caminará cómodo, seguramente por algo más que los zapatos de nuestros hermanos mexicanos.
¿Ex vice-Dios?
Paolo Flores D’Arcais, el pasado 24 de febrero escribía en El País una buena reflexión al margen de lo estrictamente protocolario, pero que nos sirve a los estudiosos de esta disciplina como argumentos para otras cuestiones relacionadas con el ceremonial vaticano:
“El Papa, en efecto, no es solo, como se dice a menudo, el último soberano absoluto, porque no han faltado soberanos absolutos que hayan abdicado. El Papa es o, mejor dicho, era hasta ayer, un soberano absoluto dotado para sus creyentes de un carisma radicalmente incomparable, el de ser el vicario de Cristo en la Tierra, el sustituto en el más acá de la segunda persona de la Santísima Trinidad, un vice-Dios, en definitiva. Pero un ex vice-Dios es un contrasentido, y el papa de Roma acabará por convertirse, de forma inevitable, tan solo en el “primado” de una Iglesia, exactamente igual al arzobispo de Canterbury, que es “primus inter pares”, si bien con un número de fieles infinitamente mayor.
Doble paradoja, porque de esta manera viene a dar la razón a su antagonista histórico, Hans Küng, y a los más progresistas de los padres del Concilio Vaticano II, cuyo influjo y recuerdo Ratzinger ha conseguido borrar, pero sobre todo porque con su dimisión ha infundido en el solio de Pedro ese “desencanto del mundo” que caracteriza a la modernidad secularizada y que su pontificado, bien al contrario, se ha esforzado desaforadamente por combatir, y con significativos éxitos oscurantistas incluso (el reconocimiento de un Habermas, por ejemplo).
En definitiva, de ahora en adelante podrán convivir en la Iglesia católica un papa emérito y un papa-papa, este último en la plenitud de sus funciones, desde luego (dando por buena la hipótesis de que el expapa lleve realmente una vida de clausura), pero desprovisto ya de su carisma de entidad sacra, perdida para siempre”.
Y uno añade, si hasta ahora era infalible, ¿de la noche a la mañana ya se puede equivocar? Así titulaba El Mundo el 24 de febrero: “El Papa pierde el máximo poder de no errar en temas de moral y costumbres” y decía su autor, José Manuel Vidal: “Perderá la sotana blanca, conservará el título de Su Santidad Benedicto XVI, su anillo será destruido, pero lo más decisivo es que dejará de ser infalible”. Y aunque la infabilidad prácticamente desde Pío XII no se utilizaba para la doctrina de la Fe, sí en cambio quedaba comprometida con la canonización de santos, nada menos en el caso de Benedicto 44, de ellos cinco españoles.


[1] Ver más sobre este Papa en http://juancarloslopezeisman.blogspot.com.es/2012/09/renuncia-del-papa-celestino-v-13.html.

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